
Cuentan por ahí que doña Abril Gordienko se quedó dormida en el Plenario. La fotografía circuló por redes y, como suele suceder, bastaron unos segundos para que aparecieran las burlas, las críticas y las sentencias. Pero resulta que ella ha explicado que no estaba dormida: desde hace algunas semanas enfrenta un problema cervical y, según relató, en aquel momento simplemente apoyó la cabeza sobre el respaldo de la silla para aliviar el dolor en la espalda y el cuello. Una fotografía congeló ese instante y algunos decidieron construir alrededor de él toda una historia.
Pero incluso imaginemos, solo por un momento, que se hubiera quedado dormida. ¿Y qué? No tengo la menor idea del cansancio que pueden acumular los diputados. Y digo los diputados, todos, sin importar partido, posición política o simpatía personal. Hay sesiones, documentos que estudiar, proyectos que analizar, reuniones, traslados, discusiones, consultas, llamadas, entrevistas, conversaciones interminables y una exposición pública permanente. Después uno ve una fotografía de una fracción de segundo y se siente autorizado para dictar sentencia sobre la ética laboral, la capacidad o incluso el carácter de una persona.
Yo no tengo muchas de esas obligaciones y puedo confesar algo sin demasiada vergüenza: si alguien pusiera una cámara frente a mi escritorio durante todo el día, descubriría que algunas veces llegan las cuatro de la tarde y todavía estoy en pijamas trabajando en Apacigua. También descubriría que hay días en los que apoyo la cabeza sobre el escritorio porque estoy agotado y que alguna vez hasta me he quedado dormido por unos minutos. Si alguien tomara justamente esa fotografía y la publicara sin explicar las diez horas anteriores de trabajo, probablemente podría construir también una historia bastante diferente de la realidad.
Ese es uno de los grandes problemas de las redes sociales: nos han convertido en jueces de fotografías. Vemos un gesto, una postura, una expresión, cinco segundos de video, y creemos conocer lo ocurrido antes, durante y después. No preguntamos. No verificamos. No concedemos siquiera la posibilidad de que exista una explicación. Simplemente escogemos la interpretación que mejor alimenta lo que ya queríamos pensar de aquella persona.
Criticar el trabajo de un diputado es absolutamente válido. Fiscalizarlo también. Revisar cómo vota, qué propone, cuánto asiste, qué dice y qué hace forma parte de una democracia sana. Pero burlarse de una persona porque aparece durante un instante con los ojos cerrados es otra cosa. Y cuando además existe una explicación sobre una condición física que podría justificar exactamente esa postura, quizá lo mínimo sea detenernos antes de utilizar la fotografía como arma política.
Es muy fácil ser implacable cuando uno está sentado frente a un teclado. Mucho más difícil es recordar que al otro lado hay seres humanos que se cansan, sienten dolor, tienen malos días y, de vez en cuando, necesitan apoyar la cabeza durante unos segundos.
La compasión no significa dejar de fiscalizar. Significa fiscalizar sin perder humanidad.
Y cada uno decide qué quiere mostrar cuando entra a las redes: criterio y sensibilidad, o insensibilidad acompañada de una buena dosis de ignorancia.