
Hoy recibí un mensaje que me hizo detenerme. Una señora que no conozco personalmente, pero que me sigue en redes sociales, me escribió después de haber estado en Cartago durante las actividades del 14 de setiembre. Me dijo que necesitaba que la ayudara a apaciguar el alma. Había regresado a su casa después de una experiencia que para ella fue muy dolorosa y, al día siguiente, hizo algo que probablemente muchos estamos haciendo: volvió a vivirlo todo a través de las redes sociales. Leyó comentarios, respuestas, insultos y discusiones hasta llegar a una conclusión que me preocupó mucho más que cualquier diferencia política: me dijo que estaba perdiendo la fe y la esperanza de que Costa Rica pudiera volver a ser un país de respeto, libertad y paz. No voy a reproducir sus palabras completas porque me las confió en un mensaje personal, pero hubo algo que particularmente le dolió: haber visto niños gritando improperios junto a adultos que también gritaban e insultaban. No era solamente la confrontación política lo que la había afectado. Era preguntarse qué estamos aprendiendo los adultos y, sobre todo, qué estamos enseñando. Y puedo comprender por qué eso puede partirle el alma a alguien que salió de su casa llevando un farol y terminó encontrándose con una Costa Rica que, al menos durante algunas horas, no reconoció.
Pero quiero decirle a ella, y a todos los que hoy puedan sentirse como ella: esa no es toda Costa Rica. Lo que ocurrió en Cartago existe y no debemos esconderlo, minimizarlo ni fingir que no sucedió. Tendrá que discutirse, analizarse y, donde corresponda, investigarse. Pero una noche difícil tampoco puede convertirse en la fotografía completa de un país. Costa Rica es mucho más grande que una plaza, que un grupo, que un gobierno, que una oposición, que una discusión y hasta que una generación. También hubo familias que caminaron tranquilamente con sus faroles. Hubo niños que cantaron. Hubo comunidades enteras celebrando sin confrontaciones. Hubo personas que, pensando diferente, pudieron estar unas junto a otras. Esa Costa Rica hace menos ruido. Ese es precisamente uno de nuestros problemas actuales: el insulto grita mientras la convivencia habla bajito. Diez personas peleando pueden ocupar nuestra pantalla durante horas, mientras miles cenando tranquilamente con sus familias jamás serán noticia.
Por eso quiero pedirles algo especialmente a quienes están angustiados por lo que está sucediendo en el país: no entreguen su paz a las redes sociales. No tienen que leer quinientos comentarios. No tienen que responder cada provocación. No tienen que convencer a quien no quiere escuchar. No tienen que mirar veinte veces el mismo video que les produjo indignación la primera vez. Y no tienen que acostarse cada noche llevando en la cabeza toda la rabia de Costa Rica. Apagar el teléfono no significa abandonar la democracia. Dejar Facebook por unas horas no significa rendirse. Salir a caminar, escuchar música, conversar con alguien querido, abrazar a los hijos, jugar con el perro, tomarse un café o simplemente dormir no significa que dejaron de preocuparse por el país. Hay una diferencia enorme entre estar informado y estar intoxicado. Hay una diferencia entre participar y vivir permanentemente alterado. Y existe también una diferencia entre defender una causa y permitir que esa causa se convierta en el único espacio emocional de nuestra existencia.
Podemos cuestionar, denunciar, fiscalizar, manifestarnos y exigir explicaciones sin permitir que la confrontación nos robe la capacidad de disfrutar una cena, una canción, una conversación, un cumpleaños o una tarde cualquiera. Porque si para defender la Costa Rica que amamos terminamos perdiendo nuestra propia paz, nuestras relaciones y nuestra capacidad de sentir alegría, algo salió terriblemente mal. Y esto también es Apacigua. Nunca hemos dicho que apaciguar sea quedarse sentado mientras las cosas suceden. Apaciguar es poder mirar una situación difícil sin permitir que la rabia nos gobierne. Es conservar suficiente serenidad para decidir qué hacer mañana. Es saber cuándo hablar, cuándo denunciar, cuándo preguntar, cuándo actuar y también cuándo detenerse. Una persona exhausta, furiosa y desesperanzada no necesariamente piensa mejor ni actúa mejor. A veces defender aquello que amamos requiere también descansar de aquello que nos duele.
No sé cómo terminará este capítulo de nuestra historia. Tampoco sé cuánto tardaremos en recuperar una convivencia en la que las diferencias políticas no conviertan al vecino en enemigo. Pero sí sé algo: Costa Rica no desapareció en Cartago el 14 de setiembre. Sigue aquí. Está en millones de personas que esta mañana se levantaron a trabajar, en quienes llevaron a sus hijos a estudiar, en quienes ayudaron a alguien, en quienes saludaron al vecino que piensa diferente y en quienes todavía creen que podemos discutir sin destruirnos. Y mientras haya una señora que me escriba llorando porque desea recuperar el respeto, la libertad y la paz de su país, yo no puedo pensar que todo está perdido. Al contrario. Su tristeza demuestra que todavía reconoce esos valores y los desea. El día verdaderamente preocupante será aquel en que dejemos de extrañarlos.
Por eso, a ella y a quienes esta noche estén sintiendo algo parecido, quiero decirles simplemente esto: por hoy, no trate de resolver Costa Rica. Apague un rato las noticias. Cierre los comentarios. Deje el teléfono sobre la mesa. Respire. Mire alrededor. Hable con alguien que quiera. Recuerde algún momento hermoso vivido en este país. Si tiene un jardín, salga a verlo. Si tiene una mascota, acaríciela. Si cree en Dios, converse un rato con Él. Si tiene ganas de llorar, llore. Y después descanse. Costa Rica seguirá aquí mañana. Y usted también necesita estar aquí para ayudar a cuidarla.