El niño de las empanadas argentinas

Muchas veces, cuando voy al Fresh Market de La Geroma, en Rohrmoser, me encuentro con un muchacho de veintitantos años, de rostro muy agraciado, que permanece por ahí ofreciendo empanadas argentinas. Se llama Coco. Lo hace con una suavidad particular, sin perseguir a nadie, sin esa insistencia que a veces hace que uno quiera salir corriendo cuando alguien intenta venderle algo. Simplemente las ofrece, con educación, con paciencia y con una manera muy tranquila de acercarse a la gente. Y yo, muchas veces, le he dicho que no. Hasta hoy. Hoy tenía un poco más de tiempo y, en lugar de limitarme a aceptar o rechazar las empanadas, me quedé hablando unos minutos con él. Y terminé descubriendo algo mucho más interesante que lo que había dentro de aquellas bolsitas empacadas de dos en dos.

Encontré a un muchacho dulce, educado, convencido de lo que quiere, con planes para su vida, con metas bastante claras y, según me contó, con un enorme deseo de alcanzar el éxito. Y digo “según él” porque mientras lo escuchaba pensé que probablemente todavía no se ha dado cuenta de algo: para mí, Coco ya es una historia de éxito. Tal vez todavía tenga que trabajar muchísimo, como nos toca a casi todos. Tal vez la plata algunas veces no le alcance, como nos sucede a muchísimos. Tal vez algunos de sus sueños estén todavía lejos y otros apenas comenzando a tomar forma. Pero hay algo que muchas personas tardan décadas en conseguir y que él, siendo tan joven, parece haber comenzado a construir: ha trabajado en sí mismo, en lo que quiere, en lo que espera de la vida y en la manera en que quiere avanzar. Sabe más o menos quién quiere ser, sabe hacia dónde quiere caminar, tiene metas, habla con convicción y transmite esa sensación de alguien que, aunque todavía tenga mucho camino por recorrer, ya decidió que quiere recorrerlo con intención.

A veces confundimos el éxito con llegar. Con tener determinada cantidad de dinero, una casa, un automóvil, una empresa grande, fama o algún reconocimiento. Pero quizá el éxito también sea levantarse por la mañana sabiendo hacia dónde queremos ir y tener la disciplina, la humildad y la voluntad necesarias para seguir caminando hacia allá, incluso si por ahora ese camino incluye pararse durante horas frente a un supermercado ofreciendo empanadas argentinas. No sé dónde estará Coco dentro de diez o veinte años. Ojalá muy lejos de donde está ahora, si eso es lo que desea. Pero algo me dice que tiene buenas posibilidades de llegar a muchos de esos lugares con los que sueña, porque antes de construir ciertos éxitos afuera parece haber empezado a construir algo importante adentro. Y eso, para mí, ya cuenta muchísimo.

Y ahora sí, hablemos de las empanadas. Son hechas en el restaurante argentino Del Che, en San José, vienen empacadas de dos en dos y cuestan ₡3.000 el par. Hoy finalmente le compré y tengo que decir que estaban deliciosas. Así que mi recomendación es muy sencilla: si algún día ven a Coco, cómprenle una vez. Solo una vez. No porque les esté pidiendo que hagan caridad ni porque haya que ayudar a un muchacho trabajador. Cómprenlas porque las empanadas están buenas. Después de probarlas, ustedes mismos decidirán si quieren volver a comprar. A mí me encantaron y, sí, probablemente voy a volver a comprarlas.

Pero además de unas buenas empanadas, hoy me llevé algo que no venía dentro de la bolsa: el recordatorio de que algunas historias de éxito todavía no saben que lo son. Y quizás por eso vale la pena detenerse de vez en cuando a conversar con el muchacho que vende empanadas en la entrada del supermercado. A veces uno cree que solo está comprando algo para comer y termina llevándose también una pequeña lección sobre la vida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio