Paralelismo entre el guarda y el gobierno

Una de estas noches, en medio del estrés que me produce la situación actual del país, decidí salir a dar una vuelta y comerme algo. Fui a un restaurante en Rohrmoser y, mientras estaba ahí, observé una escena aparentemente insignificante. El guarda movió el cono que protegía uno de los espacios de estacionamiento preferencial y permitió que un vehículo se estacionara allí. Del carro bajaron tres muchachos muy jóvenes, todos menores de treinta años, aparentemente sin ninguna condición visible que justificara el uso de aquel espacio.

Cuando salí del restaurante le pregunté al guarda por qué les había permitido estacionarse en un campo preferencial. —Porque yo les di acceso —me respondió, con un tono fuerte. Le expliqué que él no podía simplemente otorgar ese permiso. —Sí, sí puedo —me contestó. Y ahí apareció algo mucho más interesante que una discusión por un espacio de estacionamiento. Le dije: —No, señor. Usted no está aquí para dar permisos. Usted está aquí precisamente para cuidar que ese espacio sea utilizado por quien corresponde.

Ese guarda confundió autoridad con propiedad. Porque tener la posibilidad de mover un cono no significa que el estacionamiento sea suyo, ni que pueda decidir a su antojo quién utiliza un espacio reservado. Y esta noche ese cono me hizo pensar inevitablemente en Costa Rica, porque algo parecido sucede cuando quienes ejercen el poder empiezan a comportarse como si administrar el Estado significara ser dueños de él.

El presidente, el Gobierno y sus diputados tampoco son propietarios del país. Sin embargo, muchas veces pareciera que mueven los presupuestos como aquel guarda movió el cono: de aquí para allá, según su criterio, como si los recursos públicos fueran simplemente piezas disponibles para acomodar a voluntad. Pero no lo son. Los presupuestos tienen propósitos, obligaciones, controles y consecuencias. Detrás de cada partida hay instituciones, servicios y personas. Gobernar no es mover conos, y administrar recursos públicos tampoco significa poder disponer de ellos como si fueran propios.

Tal vez por eso aquella escena tan pequeña me quedó dando vueltas en la cabeza. El guarda podía mover el cono, sí, pero el parqueo no era suyo. Y ningún gobierno, por más votos que haya recibido, puede olvidar que Costa Rica tampoco lo es.

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