Cuando se acaba el insulto, empieza la conversación

Hay algunas personas que me siguen en redes sociales o que, en algún momento, decidieron enviarme una solicitud de amistad. Y está bien. No necesito que quienes me sigan piensen como yo, ni mucho menos. De hecho, me parece más interesante conversar con alguien que piensa distinto. El problema comienza cuando algunas de esas personas llegan a mi mensajería privada convencidas de que la mejor manera de iniciar una conversación es insultándome. Y siempre me surge la misma pregunta: ¿quién creen ellos que soy yo? ¿Piensan que estoy sentado frente a una computadora sin conocer absolutamente nada de lo que sucede en Costa Rica? ¿Creen que un insulto barato, una burla o una provocación van a sacarme del apaciguamiento y hacerme responder de la misma manera? Generalmente ocurre algo curioso. Llega el primer insulto y respondo con educación. Entonces viene otro, normalmente un poco menos agresivo, y vuelvo a responder con educación. Después el tono empieza a bajar. Ya no hay tanta burla, ya no hay tantas mayúsculas, ya no hay tanta provocación. De pronto estamos conversando. Y cuando desaparece el insulto, algunas personas quedan en una situación bastante incómoda, porque descubren que ahora necesitan algo que quizá no habían preparado antes de escribirme: argumentos.

Ahí aparece la primera dificultad. Insultar es sencillo. Argumentar es mucho más complicado. Para argumentar hay que saber de qué se está hablando, escuchar lo que dice la otra persona, reconocer cuando tiene razón y estar dispuesto a revisar lo que uno mismo piensa. Entonces comienzan a presentar sus razones. Algunas son buenas, otras son vagas y otras simplemente repiten frases que seguramente han escuchado muchas veces. Y cuando tienen razón, se las doy. Sin ningún problema. Decirle a alguien «en eso tiene usted razón» no me debilita. Al contrario. Una conversación no debería consistir en defender nuestra posición hasta la muerte, sino en intentar comprender qué parte de la realidad está viendo cada uno. Y aquí sucede algo que desconcierta a algunas personas: cuando me presentan un argumento correcto, no intento destruirlo solamente porque venga de alguien que piensa diferente. Le doy la razón. Y después seguimos. Presentan otro argumento, lo analizamos, y si tienen razón nuevamente, se los digo. Pero inevitablemente llega el momento en que yo también empiezo a hacer preguntas. Preguntas concretas. Ya no estamos hablando de consignas, de partidos, de buenos contra malos ni de gobiernos perfectos frente a gobiernos desastrosos. Estamos hablando de decisiones, consecuencias, responsabilidades y hechos específicos.

Entonces aparece la segunda dificultad: estamos conversando por escrito. Y ahí, perdón por la falta de modestia, me siento cómodo. Porque las palabras quedan. Uno puede regresar unas líneas y comprobar qué dijo cada persona. No podemos cambiar el argumento en medio de la conversación y fingir que nunca dijimos lo anterior. Tampoco podemos sustituir una respuesta por un grito. La conversación escrita obliga, de alguna manera, a ordenar el pensamiento. Y con bastante frecuencia llegamos al mismo lugar. Después de varios mensajes aparece aquella frase que ya conozco: «Con usted no se puede hablar». O su prima hermana: «Nunca nos vamos a poner de acuerdo». Después viene el «gracias», el «bendiciones», el «buenas tardes» o simplemente desaparecen. Pero yo nunca les pedí que estuvieran de acuerdo conmigo, y ese es precisamente el punto. Conversar no significa convencer. Dialogar no significa rendirse. Pensar diferente no convierte al otro en enemigo. Y reconocer que la otra persona tiene razón en algo tampoco significa entregarle nuestra manera de pensar. Podemos coincidir en cinco cosas y disentir en diez, y eso es perfectamente normal en una sociedad.

Lo que sí resulta preocupante es que algunas personas hayan aprendido que una posición política se defiende insultando, y que cuando el insulto deja de funcionar ya no sepan qué decir. Porque una democracia necesita ciudadanos capaces de defender aquello en lo que creen, pero también capaces de cuestionarlo. Personas que puedan explicar por qué apoyan algo, por qué rechazan otra cosa y qué evidencias utilizaron para llegar a esa conclusión. A mí pueden escribirme quienes quieran. Pueden estar completamente en desacuerdo conmigo. Incluso pueden llegar molestos. Yo intentaré mantener la conversación dentro del respeto, porque precisamente de eso trata Apacigua: no de evitar las diferencias, sino de impedir que las diferencias nos conviertan en enemigos. Quizá alguno llegue creyendo que viene a cambiarme de opinión, y puede ocurrir, porque yo cambio de opinión cuando encuentro mejores argumentos. Eso no me avergüenza. Pero también puede ocurrir otra cosa: que después de abandonar el insulto, comenzar a conversar y tener que responder algunas preguntas, descubra que quien necesita revisar sus argumentos no soy yo.

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