
Hoy era un buen día para darme un descanso, al menos mientras llegaba la noche y retomaba mis labores en Apacigua. Así que decidimos salir a pasear un rato, visitar un vivero y después ir a almorzarnos unos camarones al Balcón de los Mariscos. De camino hacia donde Luis Fer, se nos antojó un cafecito y terminamos en Starbucks, en Belén.
Nos sentamos en una mesita fuera de la cafetería, pero dentro del espacio donde se encuentran los food trucks. Estábamos disfrutando de la tarde cuando Luis Fer decidió ir al baño por unos minutos. Yo me quedé tranquilamente sentado, sin imaginarme lo que estaba por suceder.
De pronto, observé cómo, desde dos sectores diferentes del lugar, tres señoras comenzaron a caminar en dirección hacia mí. Una de ellas, extranjera, parecía no tener muy claro hacia dónde se dirigían sus acompañantes, pero las otras dos venían con una determinación que no dejaba lugar a dudas. ¡Iban para donde estaba yo!
Llegaron hasta mi mesa, me abordaron con enorme cariño, se presentaron, nos sonreímos y, por supuesto, les ofrecí unas sillas para que conversáramos.
Resulta que las dos eran seguidoras de mis publicaciones y de Apacigua, y una de ellas, además, era conocida de mi mamá. Estaban llenas de entusiasmo, de alegría y de ese cariño espontáneo que uno recibe con una mezcla de sorpresa, gratitud y hasta un poquito de vergüenza.
Conforme avanzaba nuestra conversación y compartíamos nuestras posiciones sobre la vida y lo que está sucediendo en el país, comencé a recordar algo. Aquella señora que conocía a mi mamá había atravesado tiempo atrás una situación personal que requería recursos económicos. Por medio de mi mamá y de otra amiga que tenían en común, yo había donado una acuarela para ayudarla.
¡Mirá vos qué pequeño es el mundo!
De alguna manera, ya existía una historia entre nosotros. Había un vínculo anterior que ninguno de los dos había reconocido inmediatamente, pero que estaba allí, esperando que la vida nos sentara alrededor de una mesita, frente a una taza de café. Y a esa historia se sumaba otra cosa que también nos unía: nuestra condición de ciudadanos, nuestras preocupaciones, nuestras esperanzas y ese deseo compartido de ver a Costa Rica salir adelante.
De pronto, regresó Luis Fer del baño y se encontró con una escena que seguramente no esperaba: yo estaba rodeado de tres agradabilísimas señoras, muy emperifolladas, que habían salido al teatro, después se habían ido a almorzar y terminaron su paseo abordando a esta criatura que solamente había salido a tomarse un cafecito.
¡Qué cosas más bonitas tiene la vida!
A veces uno sale de casa pensando en comprar una plantita, comerse unos camarones y disfrutar un café, y termina recibiendo un regalo mucho más grande: el encuentro con personas que, sin haber compartido antes una conversación cara a cara, sienten que ya existe una relación de cercanía y afecto.
Y eso, para mí, es una de las cosas más hermosas que me ha regalado Apacigua. Descubrir que detrás de las pantallas, de los comentarios, de las publicaciones y de las preocupaciones que compartimos, hay personas de carne y hueso, con historias, sentimientos y una enorme capacidad de dar cariño.
Muchas gracias, señoras, por acercarse, por sus palabras, por sus sonrisas y por regalarme un ratito tan agradable.
Me encantó conocerlas. Y quién sabe, tal vez la vida vuelva a sentarnos alrededor de otra mesita, con otro cafecito y muchas más historias que contar.
¡Qué bonitos encuentros!