Cómo hemos aprendido

Cómo hemos aprendido. Bueno, por lo menos yo, ¡cómo he aprendido! Y lo curioso es que mucho de ese aprendizaje llegó sin que nadie tuviera la intención de enseñarnos. Tal vez por eso aquella expresión que tanto escuchamos, «nos abrieron los ojos», tiene más sentido del que algunos imaginan. Porque sí, nos abrieron los ojos, pero posiblemente no a quienes creían estar despertando, sino a quienes comenzamos a observar la política, el poder y nuestra democracia de una manera completamente diferente.

Recuerdo que, durante muchos años, mi participación en las elecciones era bastante sencilla. Si me gustaba el candidato de Liberación Nacional, votaba por Liberación. Si me gustaba más el de la Unidad Social Cristiana, entonces votaba por la Unidad. Y si aparecía algún otro candidato que me convencía más, pues votaba por ese. Yo creía que estaba haciendo una valoración inteligente, responsable y democrática. Y posiblemente lo estaba haciendo, pero era una valoración bastante básica, muy propia de la forma en que muchos costarricenses aprendimos a participar en las elecciones: escoger entre uno y otro, según sus propuestas, su personalidad, su trayectoria o, sencillamente, la confianza que nos inspiraba. Al final, tampoco parecía haber una diferencia tan grande. Llegaba un presidente, trataba de hacer lo que podía, hacía algunas cosas buenas, otras no tan buenas, cometía errores, recibía críticas y, cuatro años después, entregaba el poder. Entonces volvíamos a encontrarnos en el mismo baile electoral, escogiendo nuevamente entre los candidatos disponibles. Mientras tanto, Costa Rica seguía caminando, con sus dificultades, sus avances, sus instituciones y una democracia que muchos dábamos por garantizada.

Pero en estas últimas administraciones, ¡cómo hemos aprendido! Yo, por ejemplo, recuerdo que sabía muy poco sobre las diferencias entre la derecha, la extrema derecha, el centro y la izquierda. Tal vez tenía alguna noción de lo que significaba ser de izquierda, pero principalmente porque habíamos crecido escuchando que los comunistas y los socialistas eran peligrosos. Nos habían enseñado a tenerles miedo. Entonces, para muchos, la fórmula era bastante sencilla: mantenernos alejados del comunismo y del socialismo, y considerar que prácticamente todo lo demás era una alternativa aceptable. Qué poco sabía yo. Y qué poco me había preocupado por aprender. Hoy las cosas son diferentes. He tenido que leer, escuchar, comparar, cuestionar y, sobre todo, observar lo que sucede cuando determinadas posiciones ideológicas se convierten en formas de ejercer el poder. He aprendido que no basta con escuchar las promesas de un candidato, ni con simpatizar con su manera de hablar, ni con creer que tiene buenas intenciones. También hay que preguntarse qué piensa de las instituciones, qué entiende por democracia, cómo trata a quienes piensan diferente, cuánto respeta la separación de poderes y qué está dispuesto a hacer cuando encuentra obstáculos para cumplir sus objetivos.

Y en ese aprendizaje he llegado a una conclusión personal: quiero mantenerme lo más lejos posible de la extrema derecha. No importa cuánto me prometan, cuán atractivas parezcan algunas propuestas o cuántas soluciones inmediatas ofrezcan. Lo que he observado de determinadas expresiones de esa corriente política me produce una profunda preocupación, especialmente cuando aparecen el autoritarismo, el desprecio por los controles democráticos y la tentación de concentrar el poder. Incluso he comenzado a mirar con mayor cautela a la derecha tradicional. No porque considere que todas las personas de derecha sean iguales, ni porque crea que esa posición política sea necesariamente contraria a la democracia, sino porque en demasiadas ocasiones he observado cómo algunos de sus representantes parecen sentirse más cómodos acercándose a posiciones de extrema derecha que buscando acuerdos con el centro. Y basta observar determinadas actuaciones y alianzas en la Asamblea Legislativa para comprender por qué esa cercanía merece, por lo menos, nuestra atención.

Pero quizá uno de mis mayores aprendizajes ha estado del otro lado del espectro político. Resulta que, mientras crecimos escuchando que el socialismo era casi una amenaza, comenzamos a descubrir que buena parte de las conquistas sociales que hicieron de Costa Rica el país que conocemos nacieron de luchas, acuerdos y reformas impulsadas también por corrientes socialcristianas, socialdemócratas y socialistas. Las garantías sociales, los derechos laborales, la protección de los trabajadores y muchas de las instituciones que han sostenido nuestra convivencia no aparecieron por casualidad. Fueron el resultado de decisiones políticas, de visiones de país y de personas que comprendieron que una nación no puede construirse pensando únicamente en quienes tienen más. Y entonces aparece una paradoja extraordinaria. Hoy, cuando algunos defendemos esas conquistas, cuando hablamos de educación pública, de seguridad social, de derechos laborales, de instituciones independientes o de la obligación del Estado de proteger a los más vulnerables, inmediatamente hay quienes nos llaman comunistas. ¡Comunistas! Por defender buena parte de aquello que permitió construir la Costa Rica de la que durante décadas nos hemos sentido orgullosos.

Y yo pienso: bueno, está bien, personalmente sigo sin identificarme con el comunismo. No necesito abrazar una ideología para reconocer sus aportes o comprender sus riesgos. Pero tampoco voy a seguir huyendo de todo aquello que lleve la palabra socialismo, como si fuera una amenaza automática, especialmente después de descubrir cuánto han contribuido distintas corrientes de pensamiento social a nuestra historia. Así que mi aprendizaje me está llevando a una posición que jamás imaginé expresar de esta manera: mantener mi distancia del comunismo, salir corriendo de la extrema derecha y observar con mucha cautela a esa derecha que, en ocasiones, parece olvidar la importancia de mantenerse dentro de los principios democráticos. Y, al mismo tiempo, aprender a reconocer los aportes de quienes, desde el centro, la socialdemocracia, el socialcristianismo y la izquierda democrática, han ayudado a construir nuestro país. No significa que ahora tenga todas las respuestas. Más bien significa que, por primera vez, estoy comprendiendo la cantidad de preguntas que nunca me había hecho. Porque aprender también consiste en reconocer que uno estaba equivocado, que tenía prejuicios, que repetía conceptos sin comprenderlos y que, durante muchos años, pudo haber votado más por costumbre que por conocimiento.

Y así seguimos aprendiendo. Para las próximas elecciones, quienes verdaderamente hemos abierto los ojos no podemos regresar tranquilamente a aquel viejo baile de escoger entre uno y otro solamente porque nos cae bien, porque habla bonito o porque promete resolver nuestros problemas. Tendremos que estudiar mejor a los candidatos, conocer sus ideas, observar sus alianzas, investigar sus trayectorias y comprender qué modelo de país pretenden construir. Pero, sobre todo, tendremos que aprender a distinguir entre quienes quieren gobernar dentro de nuestra democracia y quienes podrían estar dispuestos a debilitarla para gobernar sin tantos obstáculos. Yo no sé por quién votaré en las próximas elecciones. Ni siquiera sé qué opciones tendremos. Lo que sí sé es que ya no volveré a votar de la misma manera. Porque, si algo nos han dejado estos años, es una extraordinaria oportunidad de aprendizaje. Nos abrieron los ojos, sí. Sin querer, pero nos los abrieron. Y ahora que hemos aprendido a mirar, también tendremos que aprender a escoger.

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