De una carreta de café al Premio Nobel de la Paz: 39 años después

Por Vinicio Jarquín
13 de octubre de 2026

Esta tarde salí de la casa de don Óscar Arias Sánchez con esa sensación tan particular que experimento cada vez que tengo la oportunidad de visitarlo. Una mezcla de satisfacción, aprendizaje, admiración y gratitud. Hay encuentros que uno disfruta mientras suceden y otros que, además, continúan acompañándonos mucho después de haber terminado. Las conversaciones con don Óscar pertenecen a ambas categorías. Siempre regreso a mi casa con alguna reflexión nueva, con preguntas que antes no me había planteado y con la sensación de haber recibido una lección de historia que difícilmente podría encontrar en los libros. Desde hace algún tiempo nos vemos con cierta regularidad. Nos sentamos a tomar café, unas veces en su biblioteca y otras en la terraza de su casa, y conversamos de muchas cosas. Hablamos de política internacional, de Ucrania, de Estados Unidos, de los acontecimientos que están transformando el mundo y, con frecuencia, terminamos recorriendo capítulos de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Escucharlo es asistir a una cátedra extraordinaria, no solamente por sus conocimientos, sino porque buena parte de su vida ha transcurrido cerca de acontecimientos, decisiones y personajes que han marcado la historia contemporánea.

Pero esta tarde nuestra conversación tomó un rumbo diferente. En medio de tantos temas, don Óscar me recordó que hoy, 13 de octubre, se cumplen exactamente 39 años de uno de los acontecimientos más importantes de su vida. Una fecha que pertenece a la historia de Costa Rica, que forma parte de la historia internacional y que, antes de convertirse en un acontecimiento público, fue una experiencia profundamente humana, vivida por una familia costarricense. Hoy quiero escribir sobre esa familia. No pretendo hacer una biografía de don Óscar Arias Sánchez, ni un análisis político de sus administraciones. Tampoco quiero convertir estas páginas en una defensa de sus decisiones o de su trayectoria. Quiero contar una historia que conocí de cerca, algunos detalles que él mismo me compartió esta tarde y una coincidencia que, de alguna manera, me permite sentir que también estuve presente en un pequeño rincón de aquellos acontecimientos. Sobre todo, quiero escribir sobre las personas que existen detrás de los nombres que aparecen en los libros de historia.

Una noticia que cambió la vida de una familia

Era martes, 13 de octubre de 1987. Don Óscar se encontraba disfrutando unos días de descanso en la playa, acompañado por su entonces esposa, doña Margarita Penón Góngora, y sus dos hijos, Óscar Felipe y Silvia. La familia había estado celebrando el cumpleaños de doña Margarita, ocurrido apenas dos días antes, el 11 de octubre. Don Óscar llevaba poco más de un año ejerciendo la Presidencia de la República. Había asumido el poder en mayo de 1986, en una Centroamérica convulsionada por conflictos armados, profundas divisiones políticas, sufrimiento humano y enormes tensiones internacionales. Desde Costa Rica impulsaba una propuesta de paz que buscaba abrir caminos para que nuestros vecinos pudieran abandonar la violencia y resolver sus diferencias mediante el diálogo, la democracia y el respeto a la voluntad de sus pueblos.

Pero aquel día estaba con su familia. Me gusta imaginar esa escena, no desde la solemnidad de la historia, sino desde la sencillez de la vida cotidiana. Un matrimonio con sus dos hijos, disfrutando unos días de playa, compartiendo el cumpleaños de la mamá y encontrando un pequeño espacio para descansar de las responsabilidades que implicaba dirigir un país. Y entonces llegó la noticia. Óscar Arias Sánchez había sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz de 1987. Me resulta difícil imaginar la dimensión de aquel instante. No solamente por lo que significaba para un presidente de la República recibir semejante reconocimiento, sino por lo que debió representar para su esposa y sus hijos. Una noticia inesperada, recibida en medio de unas vacaciones familiares, que en cuestión de segundos transformó una jornada ordinaria en un recuerdo destinado a permanecer para siempre.

Pienso en doña Margarita. En lo que pudo haber sentido al comprender que los esfuerzos de su esposo, las responsabilidades de aquellos meses, los viajes, las preocupaciones y las largas jornadas de trabajo estaban recibiendo uno de los reconocimientos más importantes del mundo. Pienso también en los niños. En cuánto habrán comprendido de aquella noticia y en cómo habrán percibido la emoción de sus padres. No conozco los detalles íntimos de ese momento y no pretendo inventarlos. Pero sí puedo imaginar la extraordinaria emoción de una familia que, sin dejar de ser una familia, acababa de ingresar en uno de los capítulos más importantes de la historia de Costa Rica. Porque antes de que el mundo celebrara al Premio Nobel, hubo cuatro costarricenses que recibieron juntos aquella noticia. Y eso, para mí, tiene una belleza especial.

Una familia costarricense construyendo patria

Cuando recordamos a los grandes protagonistas de la historia, solemos hacerlo a través de sus cargos, sus decisiones, sus discursos y sus reconocimientos. Hablamos de presidentes, gobernantes, diplomáticos y estadistas. Estudiamos sus logros, cuestionamos sus errores y analizamos las consecuencias de sus actuaciones. Pero pocas veces nos detenemos a pensar que, mientras esas personas trabajan en asuntos de enorme trascendencia, sus familias continúan viviendo una existencia cotidiana, con las mismas necesidades afectivas, preocupaciones, ilusiones y dificultades que cualquier otra familia. Don Óscar era presidente de Costa Rica, pero también era esposo y padre. Doña Margarita desempeñaba responsabilidades públicas como primera dama, pero también era esposa y madre. Óscar Felipe y Silvia eran hijos de un presidente, pero seguían siendo dos niños costarricenses que necesitaban compartir tiempo con sus padres, celebrar sus cumpleaños, jugar, aprender y crecer.

La Presidencia de la República no se queda encerrada en el despacho presidencial. De una u otra manera, también entra en la casa, modifica los horarios, condiciona los viajes, interrumpe momentos familiares y exige sacrificios que difícilmente aparecen registrados en los documentos oficiales. No puedo afirmar cuáles fueron las dificultades particulares que vivieron ellos. Eso pertenece a su intimidad. Pero sí puedo reconocer que aquella familia compartió una etapa extraordinaria de responsabilidades públicas, en momentos en que Costa Rica desempeñaba un papel fundamental en los esfuerzos por alcanzar la paz en Centroamérica. Y aquí quiero detenerme en algo que considero esencial. La familia Arias Penón no solamente estaba acompañando a un presidente. Estaba viviendo, desde su propia realidad familiar, un período en el que Costa Rica contribuía a construir la historia internacional. Mientras don Óscar trabajaba para acercar posiciones entre gobiernos enfrentados, mientras se discutían acuerdos y se buscaban caminos para detener las guerras, había una familia que compartía las exigencias de aquella misión. Por eso, cuando pienso en aquel 13 de octubre, no veo únicamente a un mandatario recibiendo un reconocimiento. Veo a cuatro costarricenses que habían recorrido juntos una parte del camino.

Cuando Costa Rica ayudó a abrir las puertas de la paz

Para comprender la importancia de aquella noticia es necesario recordar la Centroamérica de los años ochenta. Nuestra región estaba marcada por guerras civiles, enfrentamientos ideológicos, intervenciones extranjeras, persecuciones, desplazamientos de población y miles de familias que vivían bajo el temor de la violencia. Costa Rica, que había abolido su ejército décadas antes, se encontraba rodeada de países donde las armas seguían ocupando un lugar determinante en la vida política. Don Óscar asumió la Presidencia convencido de que la paz no podía construirse exclusivamente mediante el poder militar, las amenazas o la imposición de una de las partes sobre las demás. Era necesario abrir espacios para el diálogo, la reconciliación, la democratización y el respeto a los derechos de los pueblos.

Su iniciativa diplomática contribuyó decisivamente al proceso que culminó, el 7 de agosto de 1987, con la firma del acuerdo conocido como Esquipulas II, suscrito por los cinco presidentes centroamericanos. Aquello no significó que las guerras terminaran inmediatamente. Los procesos de paz son complejos, requieren tiempo y dependen de muchas voluntades. Tampoco sería justo atribuir a una sola persona los esfuerzos de tantos dirigentes, diplomáticos, organizaciones y ciudadanos que trabajaron por la pacificación de nuestra región. Pero sería igualmente injusto desconocer el liderazgo que ejerció don Óscar Arias y la importancia de la iniciativa que impulsó desde la Presidencia de Costa Rica.

El Premio Nobel de la Paz reconoció precisamente ese esfuerzo. Y aquí hay algo que, como costarricense, me conmueve profundamente. Nuestro país no estaba ofreciendo ejércitos para imponer una solución. Estaba ofreciendo una propuesta de diálogo. No estaba intentando conquistar territorios. Estaba procurando que otros pueblos pudieran vivir sin guerras. Desde una nación pequeña, sin ejército y con recursos limitados, se estaba demostrando que la influencia internacional no depende exclusivamente de la fuerza militar o del tamaño de una economía. También puede depender de la capacidad de proponer, convencer, negociar y construir acuerdos.

Y esa dimensión nacional quedó expresada en las propias palabras de don Óscar cuando recibió el Premio Nobel de la Paz, el 10 de diciembre de 1987. Desde Oslo explicó que el reconocimiento no estaba destinado únicamente a su persona, sino también al pueblo costarricense y a los esfuerzos que nuestro país venía realizando para alcanzar la paz en Centroamérica. Me conmueve pensar que, en uno de los momentos más importantes de su vida, frente a los representantes de la comunidad internacional, don Óscar haya querido colocar a Costa Rica en el centro de aquel reconocimiento. No estaba hablando solamente de sus logros personales. Estaba hablando de la nación que representaba, de su historia pacifista y de la responsabilidad que había asumido junto a otros presidentes centroamericanos. De alguna manera, aquella ceremonia también pertenecía a los maestros, a los agricultores, a los trabajadores, a las familias y a las generaciones de costarricenses que habían contribuido a construir un país capaz de proponer el diálogo como alternativa a las armas. Y eso me parece especialmente significativo: mientras un costarricense recibía el Premio Nobel en Oslo, nuestra pequeña nación encontraba una oportunidad extraordinaria para mostrarle al mundo lo que había venido construyendo durante generaciones.

Aquella administración colocó a Costa Rica en una posición extraordinaria dentro de los esfuerzos internacionales por la paz. Y los frutos de ese trabajo no pertenecen solamente al pasado. La estabilidad democrática que hemos disfrutado, la tradición pacifista que nos distingue y la posibilidad de vivir en una región que dejó atrás buena parte de aquellos conflictos armados tienen relación con los esfuerzos de muchas generaciones de costarricenses y centroamericanos, entre ellos los impulsados durante la primera administración de don Óscar. Por eso considero que debemos aprender a mirar nuestra historia con gratitud. No se trata de renunciar al pensamiento crítico ni de idealizar a nuestros gobernantes. Se trata de reconocer que hubo personas que asumieron responsabilidades enormes y contribuyeron a construir condiciones de vida que hoy, muchas veces, damos por sentadas. Y detrás de uno de aquellos esfuerzos estuvo una familia costarricense.

Mucho antes de Oslo hubo un boyero

Hay otro detalle de nuestra conversación que me conmovió especialmente. Don Óscar me habló de su abuelo, un boyero que transportaba café desde Heredia hasta el puerto de Puntarenas. Intento imaginar aquella Costa Rica. Los caminos de tierra, las carretas cargadas de café, las largas jornadas bajo el sol y la lluvia, los bueyes avanzando lentamente y los hombres que necesitaban varios días para completar aquellos recorridos. No había automóviles modernos, carreteras como las actuales ni las facilidades de transporte que hoy conocemos. Había trabajo, paciencia, esfuerzo físico y una enorme determinación para sacar adelante a las familias. Aquel hombre cargaba su carreta y emprendía el camino hacia Puntarenas. Probablemente pensaba en cumplir con su trabajo, regresar a casa y procurar el sustento de los suyos. No podía imaginar que, generaciones después, uno de sus descendientes llegaría a ser presidente de Costa Rica en dos ocasiones y recibiría el Premio Nobel de la Paz. Mucho menos podía imaginar que su historia sería recordada, casi cuatro décadas después de aquel galardón, durante una conversación entre su nieto y un amigo.

Pero así se construyen las historias familiares y, de alguna manera, también las naciones. No todos los que contribuyen a construir un país aparecen en los libros. Algunos lo hacen desde una oficina pública, otros desde una escuela, un hospital o una universidad. Muchos lo hacen desde el campo, los talleres, los pequeños negocios y los caminos por los que transcurre silenciosamente la vida cotidiana. Aquel boyero formaba parte de esa Costa Rica trabajadora que fue levantando el país generación tras generación. Mientras conducía su carreta cargada de café, también estaba contribuyendo, sin saberlo, a construir el futuro de su familia y de nuestra nación. Me parece extraordinario pensar en ese recorrido humano. De los caminos entre Heredia y Puntarenas a los salones del Palacio Real de Noruega. De una carreta tirada por bueyes a una ceremonia internacional en Oslo. De un hombre que transportaba café para ganarse la vida a un nieto reconocido mundialmente por sus esfuerzos para alcanzar la paz. No porque una vida valga más que la otra, sino porque ambas forman parte de una misma historia de trabajo, oportunidades, esfuerzo y superación.

Un viaje familiar hacia la historia

Casi dos meses después del anuncio, la familia Arias Penón viajó a Noruega para participar en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz, celebrada el 10 de diciembre de 1987. Don Óscar me contó esta tarde algunos detalles que difícilmente encontraríamos en los discursos oficiales. Por su condición de jefe de Estado, él y su familia fueron recibidos por la monarquía noruega y, según me relató, se hospedaron en el Palacio Real. Imagino lo que debió representar aquel viaje para los cuatro. Una familia costarricense que había recibido una noticia extraordinaria mientras descansaba en una playa de nuestro país se encontraba ahora en Europa, rodeada de autoridades internacionales, protocolos, ceremonias y acontecimientos que quedarían registrados para siempre en la historia. Don Óscar recibiría el Premio Nobel de la Paz. Doña Margarita lo acompañaría en aquel momento trascendental. Y sus hijos tendrían la oportunidad de vivir una experiencia que pocos niños en el mundo han conocido.

Pero incluso en medio de tanta solemnidad, la vida familiar seguía su curso. Óscar Felipe cumplía ocho años precisamente el 10 de diciembre. El mismo día de la ceremonia. Y aquí aparece uno de los recuerdos más hermosos que don Óscar compartió conmigo. Según me contó, el rey de Noruega mandó preparar un queque especial para celebrar el cumpleaños del niño. Además, como Óscar Felipe se aburría entre tantas actividades de adultos, el monarca le regaló un Nintendo. ¡Qué escena tan extraordinariamente humana! Mientras su padre recibía uno de los reconocimientos internacionales más importantes, aquel niño costarricense celebraba sus ocho años con un queque y un videojuego. Puedo imaginarlo mucho más interesado en su regalo que en los discursos, los protocolos o la importancia diplomática de cuanto sucedía a su alrededor. Y me parece maravilloso que así fuera. Porque Óscar Felipe no tenía por qué dejar de ser niño para comprender la importancia del momento histórico que vivía su padre. Tenía derecho a celebrar su cumpleaños, a aburrirse durante las ceremonias y a entusiasmarse con un Nintendo.

Y hay algo todavía más hermoso que descubrí al revisar las palabras pronunciadas por don Óscar durante aquella ceremonia. El cumpleaños de su hijo no quedó solamente como una celebración familiar ni como una anécdota del viaje. El propio don Óscar hizo referencia a Óscar Felipe en su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz. Frente a las autoridades reunidas en Oslo, recordó que aquel día su hijo cumplía ocho años y, aprovechando esa coincidencia, dirigió un mensaje a él y a todos los niños costarricenses. Les expresó su compromiso de rechazar la violencia y las soluciones militares a los conflictos de Centroamérica, y defendió la necesidad de construir la paz mediante el diálogo, el entendimiento, la tolerancia, el perdón, la libertad y la democracia. Me conmueve profundamente imaginar a aquel niño escuchando a su padre hablar de él ante el mundo. Porque, en medio de una ceremonia destinada a reconocer esfuerzos diplomáticos internacionales, don Óscar encontró la manera de convertir el cumpleaños de su hijo en un compromiso con las nuevas generaciones. El padre y el presidente estaban hablando al mismo tiempo. El primero reconocía un momento importante en la vida de su hijo; el segundo asumía públicamente la responsabilidad de trabajar por un futuro en el que los niños no tuvieran que enfrentar las consecuencias de la guerra. Aquella referencia convierte el episodio del cumpleaños en algo todavía más significativo. Óscar Felipe no solamente estuvo presente durante la entrega del Premio Nobel. Su cumpleaños quedó incorporado al mensaje que su padre dirigió al mundo.

Ese pequeño episodio me recordó que, detrás de los acontecimientos solemnes, la vida sigue teniendo sus propias prioridades. Un cumpleaños continúa siendo importante. Un niño sigue necesitando jugar. Y una familia, aunque esté participando en un acontecimiento histórico, continúa siendo una familia. Don Óscar dedicó aquel Premio Nobel a sus hijos y a los niños de Centroamérica. Esa dedicatoria adquiere una dimensión especialmente conmovedora cuando pensamos en los miles de niños que, mientras Óscar Felipe celebraba su cumpleaños en Oslo, vivían las consecuencias de los conflictos armados en nuestra región. La paz no era solamente un asunto de gobiernos, tratados o diplomacia. Era, y sigue siendo, una condición indispensable para que los niños puedan vivir su infancia. Para que puedan crecer sin miedo, celebrar sus cumpleaños y construir sus propios sueños.

Una pequeña parte de aquella historia también me pertenece

Hay una coincidencia personal que hace especialmente significativo para mí este aniversario. El 6 de diciembre de 1987 publiqué un artículo en el periódico La Nación. Yo era entonces un hombre mucho más joven y no conocía personalmente a don Óscar Arias. Sin embargo, aquel mismo día recibí una llamada suya. El presidente de la República quería conversar conmigo sobre lo que había escrito y me invitó a visitarlo en su casa. Al día siguiente, 7 de diciembre, acudí a la invitación. Conversamos durante algunos minutos. Recuerdo que, en determinado momento, don Óscar me explicó que debía dar por terminada nuestra reunión porque doña Margarita estaba preparando las maletas para el viaje que realizarían al día siguiente. La familia saldría hacia Oslo, donde él recibiría el Premio Nobel de la Paz. Y así terminó nuestro primer encuentro. Yo regresé a mi casa y ellos continuaron preparando un viaje que formaría parte de la historia internacional.

Durante muchos años no volvimos a tener una relación cercana. Nuestros caminos siguieron direcciones diferentes. Él continuó su trayectoria pública, sus actividades internacionales y, años después, regresó a la Presidencia de la República. Yo continué construyendo mi propia vida, trabajando, escribiendo, desarrollando proyectos y descubriendo nuevos caminos. Hasta que, en 2025, nuestras historias volvieron a cruzarse. Esta vez fue a través de Apacigua, el movimiento ciudadano que fundé con el propósito de contribuir a la paz, al respeto y a la convivencia democrática de los costarricenses. Lo que había sido un encuentro breve en diciembre de 1987 terminó convirtiéndose, casi cuatro décadas después, en una amistad.

Hoy nos vemos con cierta regularidad. Tomamos café. Conversamos. Y yo continúo aprendiendo. A veces pienso en aquella primera visita y en lo curioso que resulta el paso del tiempo. En 1987 fui a conversar con el presidente de la República, que estaba a punto de viajar a Oslo para recibir el Premio Nobel. Hoy visito a un amigo que puede sentarse tranquilamente en su biblioteca o en su terraza y compartir conmigo sus recuerdos, sus conocimientos y sus reflexiones. Y encuentro en esa diferencia algo profundamente hermoso. Porque las circunstancias cambian, los cargos terminan, las ceremonias pasan y los acontecimientos se convierten en historia. Pero las personas permanecen.

Una vida que puede mirar hacia atrás

Esta tarde, mientras conversábamos, observé nuevamente el lugar donde don Óscar pasa buena parte de su tiempo. Su sofá de cuero, sus libros, su biblioteca y aquella terraza rodeada de ventanas por donde entra la luz. Pensé en lo extraordinario que debe ser llegar a un momento de la vida en el que uno puede sentarse tranquilamente y contemplar el camino recorrido. No hablo de una despedida ni de un balance final, porque don Óscar continúa viviendo, pensando, leyendo, conversando y participando, desde sus propias posibilidades, en la vida de nuestro país. Hablo de algo diferente. De la posibilidad de mirar hacia atrás y reconocer lo construido. De recordar los años de juventud, los esfuerzos profesionales, las responsabilidades públicas, las decisiones difíciles y los momentos de enorme satisfacción.

De pensar en los hijos, en las personas que nos acompañaron durante diferentes etapas de nuestra existencia, en los amigos que permanecen y en aquellos que la vida fue dejando en otros caminos. De recordar las alegrías, las tristezas, las incertidumbres y las conquistas. Y también de comprender que algunas decisiones personales llegaron a tener consecuencias mucho más grandes de lo que originalmente pudimos imaginar. Don Óscar puede mirar hacia atrás y reconocer que su vida ha estado vinculada con acontecimientos importantes para Costa Rica y para el mundo. Puede recordar aquella mañana del 13 de octubre de 1987, cuando una noticia inesperada interrumpió unas vacaciones familiares. Puede recordar el viaje a Oslo, la ceremonia del Premio Nobel, el cumpleaños de Óscar Felipe y aquel Nintendo que el rey le regaló. Puede recordar también los esfuerzos por alcanzar acuerdos entre países que estaban enfrentados por la guerra.

Pero estoy seguro de que, entre tantos recuerdos, existen otros igualmente importantes que no aparecen en los libros de historia. Porque una vida no se mide solamente por sus reconocimientos públicos. También se mide por sus afectos, por las personas que nos acompañaron y por aquello que fuimos capaces de construir junto a otros. Y en ese recorrido vuelvo a encontrar la imagen del boyero. Aquel abuelo que recorría los caminos con su carreta de café. Cuántas generaciones, cuántos esfuerzos y cuántas circunstancias tuvieron que encontrarse para que aquella historia familiar llegara hasta Oslo.

Mi agradecimiento como ciudadano costarricense

Quiero terminar este artículo expresando tres agradecimientos diferentes, aunque profundamente relacionados entre sí. El primero nace de mi condición de ciudadano costarricense. Gracias, don Óscar. Gracias por sus esfuerzos para contribuir a la pacificación de Centroamérica, por su dedicación al servicio público y por haber ayudado a colocar el nombre de Costa Rica en un lugar de reconocimiento internacional. No ignoro que nuestra historia ha sido construida por muchas personas, ni pretendo atribuirle a un solo gobernante todos los méritos de la paz y la estabilidad que hemos disfrutado. Pero sí reconozco que su liderazgo y las decisiones de aquella administración contribuyeron significativamente a construir las condiciones en las que hoy vivimos.

La vida que yo he podido desarrollar, y la que hemos disfrutado muchos de mis conciudadanos, está relacionada con los esfuerzos de generaciones anteriores que defendieron la democracia, la institucionalidad y la paz. Entre esos esfuerzos ocupan un lugar importante los realizados por don Óscar Arias. Y considero justo reconocerlo. También quiero agradecer a doña Margarita Penón Góngora, quien lo acompañó durante aquellos años de enormes responsabilidades, y a sus hijos, Óscar Felipe y Silvia, quienes compartieron desde su infancia las circunstancias de aquella vida pública. A los cuatro les expreso mi reconocimiento. Porque la patria no se construye únicamente desde los cargos públicos. También se construye desde las familias, desde los sacrificios cotidianos y desde las personas que acompañan a quienes asumen responsabilidades importantes. Hoy quiero reconocerlos como cuatro costarricenses que formaron parte de un capítulo extraordinario de nuestra historia.

Mi agradecimiento personal

Mi segundo agradecimiento es mucho más íntimo. Gracias, don Óscar, por cada taza de café. Por cada conversación en su biblioteca, por cada tarde en su terraza y por cada oportunidad de escuchar sus recuerdos. Gracias por compartir conmigo sus conocimientos sobre historia, sobre política internacional y sobre acontecimientos que han transformado al mundo. Gracias por permitirme preguntar, aprender, reflexionar y, en ocasiones, simplemente disfrutar de una conversación entre amigos.

Agradezco profundamente que la vida nos haya permitido reencontrarnos después de tantos años. Aquel joven que llegó a su casa en diciembre de 1987, invitado por el presidente de la República, difícilmente habría imaginado que, 39 años después, tendría el privilegio de compartir con usted una amistad. Hoy no necesito una ceremonia, un reconocimiento ni una ocasión extraordinaria para sentirme agradecido. Me basta una taza de café, una conversación y la posibilidad de escuchar una historia que usted vivió. Y eso tiene para mí un valor enorme.

Mi agradecimiento como fundador de Apacigua

Mi tercer agradecimiento nace del trabajo que hoy realizo como director y fundador de Apacigua. Apacigua no es un movimiento político ni pretende convertirse en uno. Es una iniciativa ciudadana que busca contribuir a la paz, a la convivencia democrática, al respeto entre las personas y al fortalecimiento de los valores que permiten que una sociedad viva sin destruirse desde sus propias diferencias. Y aunque nuestros campos de acción son diferentes, reconozco que los esfuerzos de paz impulsados por don Óscar Arias constituyen una inspiración importante para el trabajo que intento desarrollar.

Él trabajó por la paz en una Centroamérica marcada por las guerras, los enfrentamientos armados y las profundas divisiones políticas. Yo trabajo, desde mis posibilidades y con herramientas completamente distintas, por la paz en el corazón de los costarricenses. La paz que él procuraba necesitaba acuerdos entre gobiernos, negociaciones internacionales y compromisos para detener la violencia armada. La paz que yo intento promover necesita reflexión, respeto, comprensión, diálogo, reconciliación y la voluntad individual de no convertir nuestras diferencias en enemistades. Son escenarios diferentes, de dimensiones muy distintas, y no pretendo establecer una equivalencia entre ambas tareas. Pero encuentro en ellas una convicción compartida. La paz no aparece por casualidad. La paz se construye.

Al revisar su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, encontré unas palabras que me permitieron comprender todavía mejor esa conexión. Don Óscar expresó que la paz no es un acontecimiento que pueda darse por terminado, sino un proceso permanente, construido mediante innumerables decisiones humanas. La describió como una actitud, una forma de vivir y una manera de enfrentar los problemas y resolver los conflictos. Me impresionó descubrir que, en 1987, cuando su preocupación inmediata era contribuir a detener las guerras de Centroamérica, ya estaba hablando de una paz que trascendía los acuerdos entre gobiernos y alcanzaba la conducta cotidiana de las personas. Treinta y nueve años después, mientras compartimos una taza de café y conversamos sobre el país, encuentro en aquellas palabras una coincidencia profunda con lo que intento desarrollar desde Apacigua. No se trata de comparar la magnitud de nuestros trabajos, porque pertenecen a contextos y responsabilidades muy diferentes. Se trata de reconocer que la paz también necesita existir dentro de cada ser humano. Que ningún acuerdo puede sostenerse indefinidamente si las personas no aprenden a convivir, si el odio continúa gobernando las relaciones o si nuestras diferencias terminan convirtiéndonos en enemigos. Aquella concepción de la paz, expresada por don Óscar en Oslo, me confirma que construirla es una responsabilidad que pasa de una generación a otra y que cada ciudadano puede asumir desde el lugar que ocupa en la sociedad.

Se construye cuando decidimos escuchar antes de atacar, cuando buscamos acuerdos antes de imponer, cuando reconocemos la humanidad de quien piensa diferente y cuando comprendemos que ninguna sociedad puede sostenerse indefinidamente sobre el odio. Por eso, como fundador de Apacigua, agradezco a don Óscar por haber demostrado que incluso en medio de conflictos aparentemente imposibles pueden abrirse caminos hacia la reconciliación. Y agradezco también a aquella familia que lo acompañó durante una etapa tan importante de ese esfuerzo.

Yo no tengo la responsabilidad de negociar la paz entre países. Mi aspiración es mucho más sencilla, aunque también profundamente importante para mí: contribuir, hasta donde me sea posible, a que cada costarricense encuentre un poco más de paz en su propio corazón y pueda compartirla con los demás. Porque una nación pacífica no se construye solamente con tratados y acuerdos. También necesita ciudadanos capaces de vivir en paz consigo mismos y con quienes los rodean.

La carreta que todavía sigue su camino

Al salir esta tarde de la casa de don Óscar, después de nuestra conversación, regresé mentalmente a aquella mañana del 13 de octubre de 1987. Pensé en la familia reunida en la playa, en el cumpleaños de doña Margarita, en la noticia inesperada y en la emoción que debió acompañar a los cuatro. Pensé en el viaje a Noruega, en la ceremonia del 10 de diciembre, en el niño que cumplía ocho años, en el queque que mandó preparar el rey y en aquel Nintendo que convirtió un momento solemne en un recuerdo familiar entrañable. Pensé también en mi visita del 7 de diciembre, cuando doña Margarita preparaba las maletas y don Óscar tuvo que despedirse porque al día siguiente viajarían hacia Oslo. Y pensé en lo extraordinario que resulta que, tantos años después, pueda sentarme frente a él y escuchar personalmente aquella historia.

Pero, sobre todo, pensé en el abuelo boyero. En aquel hombre que cargaba su carreta de café y emprendía un largo recorrido desde Heredia hasta Puntarenas. En sus manos sujetando las riendas, en los bueyes avanzando lentamente, en los caminos difíciles y en las jornadas que parecían no tener otro propósito que cumplir con el trabajo y regresar a casa. Aquel hombre no sabía lo que vendría después. No sabía que un nieto suyo llegaría a ser presidente de Costa Rica. No sabía que ese nieto trabajaría por la paz de Centroamérica. No sabía que recibiría el Premio Nobel de la Paz. Y mucho menos sabía que, 39 años después de aquel reconocimiento, su historia sería recordada en una conversación entre amigos, mientras compartían una taza de café.

Pero eso es precisamente lo maravilloso de la vida. Que muchas veces construimos mucho más de lo que alcanzamos a ver. Que nuestros esfuerzos pueden trascender nuestra propia existencia. Que una familia puede contribuir a transformar un país. Y que un país pequeño puede contribuir a transformar la historia de una región. Hoy, don Óscar puede sentarse en su sofá de cuero, rodeado de sus libros, y mirar hacia atrás con la satisfacción de haber dedicado una parte importante de su vida a construir algo que lo trasciende. Puede contemplar a sus hijos, recordar a las personas que lo acompañaron y reconocer los caminos que recorrió. Y yo puedo sentarme frente a él, compartir una taza de café y agradecerle.

Agradecerle como ciudadano, como amigo y como fundador de Apacigua. Porque la paz que hoy disfrutamos no apareció de la nada. Porque la patria que heredamos fue construida por muchas generaciones. Porque tenemos el deber de reconocer a quienes contribuyeron a hacerla posible. Y porque, antes de convertirse en historia, todos esos acontecimientos fueron parte de la vida de personas comunes, con alegrías, preocupaciones, sueños y familias.

Esta noche quiero expresar mi gratitud a don Óscar, a doña Margarita, a Óscar Felipe y a Silvia. Por aquella etapa de sus vidas. Por lo que representó para Costa Rica. Por lo que significó para Centroamérica. Y por recordarnos que, detrás de los grandes acontecimientos de la humanidad, siempre hay seres humanos.

Aquel boyero creía que solamente transportaba café hacia Puntarenas. Pero, sin saberlo, también estaba ayudando a construir una familia, una patria y un futuro que, generaciones después, encontraría uno de sus momentos más extraordinarios en Oslo.

Y quizás esa sea una de las lecciones más hermosas que podemos aprender de esta historia: nunca sabemos hasta dónde pueden llegar las semillas que sembramos durante nuestra vida.

Gracias, don Óscar. Por lo que hizo por Costa Rica. Por lo que contribuyó a construir para Centroamérica. Por la amistad. Y, especialmente, por cada taza de café.

Vinicio Jarquín
13 de octubre de 2026

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