
Más de dieciséis mil millones de colones para construir una megacárcel y, al final, la inauguración terminó pareciéndose a una actividad en el rancho de La Reforma: una obra enorme y un discurso demasiado pequeño. Las sillas vacías de las autoridades judiciales acabaron compartiendo protagonismo con las instalaciones. Las señalaron, las saludaron y las convirtieron en parte del espectáculo. Querían exhibir a quienes no llegaron; en mi opinión, terminaron exponiendo el nivel de quienes estaban hablando.
Porque esas sillas también admiten otra lectura: hay actividades a las que una autoridad puede decidir no prestar su investidura. Escuchar cómo se utiliza una inauguración para atacar a otro poder de la República difícilmente permite lamentar la ausencia de sus representantes. Después de oír los discursos, a mí me parece que algunas de las personas mejor representadas en aquella ceremonia fueron, precisamente, las que dejaron su silla vacía.
Rodrigo Chaves, hoy ministro de Hacienda y de la Presidencia, parece empeñado en seguir quemando sus barcas. Otros expresidentes han encontrado espacios en organismos internacionales, fundaciones y universidades. Él sigue construyendo una imagen pública en la que cada intervención parece necesitar una provocación más para conseguir el aplauso. Me pregunto qué puertas espera encontrar abiertas cuando finalmente decida dejar de gobernar.
Y así, mientras se presentaba una de las mayores obras penitenciarias del país, decidió aclararnos que el ministro de Justicia y Paz no usa «supositorios de cocaína» y que él tampoco. Gracias por la información, señor ministro. Yo habría preferido escuchar cómo van a garantizar que esta inversión mejore la seguridad, cómo funcionará el centro y qué resultados podremos exigir. Pero usted consideró necesario ofrecernos esa otra explicación.
Gracias también por decirlo frente a la señora presidenta. La escena que vimos, incluida su reacción, me dejó una impresión muy pobre de la solemnidad con que entienden sus cargos. Y al intérprete de lesco le tocó hacer su trabajo: trasladar también esa ocurrencia a quienes seguían la actividad por medio de sus manos. Hasta ahí llegó la frase que el señor ministro escogió para una ceremonia oficial.
Al final, las sillas vacías fueron lo menos vergonzoso de la inauguración. Quienes las ocuparon tuvieron la oportunidad de estar a la altura de la obra que presentaban. En mi opinión, la desperdiciaron.