La popularidad del presidente

Rodrigo Chaves tiene un alto porcentaje de popularidad. Esa es una realidad que pocos pueden discutir. Pero lo verdaderamente inquietante no es el número en sí, sino lo que ese número representa.

Muchos interpretan esa popularidad como un respaldo masivo al presidente, como una señal de aceptación de su estilo y de sus decisiones. Sin embargo, lo que ese porcentaje refleja no es tanto la calidad de su gobierno, sino la cantidad de personas que se identifican con su forma de ser: confrontativa, vulgar, resentida, simplista. En otras palabras, Chaves no es la causa, es el síntoma.

Y ahí está lo preocupante. Porque si una parte significativa de la población se siente representada en un tono que degrada la institucionalidad, que insulta en lugar de dialogar, que ataca en lugar de construir, entonces la pregunta no es qué está haciendo mal solo el presidente, sino qué está pasando con nosotros como sociedad.

La popularidad deja de ser una cifra inofensiva y se convierte en un espejo: un espejo que refleja frustraciones, resentimientos acumulados y la incapacidad de ver más allá del enojo. Chaves no está solo en su manera de gobernar; lo acompañan miles que lo aplauden porque sienten que él dice lo que ellos callan, aunque eso que se dice no eleve al país, sino que lo arrastre hacia abajo.

El verdadero peligro no es que un presidente gobierne mal unos años, porque el tiempo político es finito. El verdadero peligro es que ese estilo de gobierno deje una huella cultural profunda, que normalice la vulgaridad, que haga del resentimiento una bandera y que convenza a la gente de que la confrontación es la única forma posible de estar en política.

Y aquí está la paradoja: Rodrigo Chaves es un genio. Ha logrado poner a un porcentaje altísimo de la sociedad en contra de las instituciones que siempre hemos respetado y valorado, en contra de aquello que nos hacía sentir orgullo nacional. Ha dañado la imagen de casi todos los expresidentes que lo precedieron y, peor aún, ha dañado el espacio de quienes vendrán después. Porque si un futuro presidente gobierna con decencia, calma y respeto, esta sociedad ya no lo vería como virtud, sino como debilidad.

Hoy, lamentablemente, estamos “educados al estilo Chaves”. Y sanar lo que este gobierno ha causado en la cultura política y social nos va a tomar muchos años. Porque una generación que adopta este estilo lo transmite a sus hijos, y romper con ese capítulo amargo de la historia costarricense requerirá tiempo, conciencia y coraje. Pero tarde o temprano tendremos que hacerlo, si queremos volver a reconocernos en el país que alguna vez fuimos.

Rodrigo Chaves no solo está dañando nuestro presente; también ha dañado el pasado, ha manchado la historia y atenta contra nuestro futuro. Tengo la esperanza de que el pueblo de Costa Rica abra los ojos y entienda que Rodrigo Chaves, o su grupo tan acusado y tan polémico, salgan del ambiente político de este país. Espero que el próximo presidente —que ojalá no sea Laura Fernández— logre unir nuevamente a los habitantes y devuelva la confianza en las instituciones que siempre nos han sostenido. Espero también que Laura Fernández nunca ocupe una silla presidencial, y que surja un nuevo líder capaz de atender con seriedad las finanzas, la estabilidad, la inversión extranjera y los asuntos de fondo que merece una nación. Pero, sobre todo, que ese presidente, más allá de los errores que pueda cometer, tenga la decencia y la educación necesarias para que su comportamiento refleje los verdaderos valores del costarricense. Que en su manera de hablar y de conducirse se acerque más a los presidentes anteriores que a este, aunque hoy esos valores no se vean en quienes han elevado a la popularidad al presidente más desagradable de nuestra historia.

En resumen, Costa Rica ya fue dañada. El alto porcentaje de popularidad del presidente actual demuestra inequívocamente que los valores de este país ya no son los mismos. Interesantemente, muchos se sienten orgullosos de apoyar a Rodrigo Chaves, pero lo que realmente debería provocar, es una vergüenza apoyar a alguien como él. Sin embargo, lo dicen públicamente, y eso, lamentablemente, refleja los valores actuales de este país. Y, aun así, sigo creyendo que Costa Rica tiene la capacidad de levantarse, de recuperar la dignidad perdida y de volver a ser el país que un día fue ejemplo de decencia, respeto y confianza en sus instituciones.

Y esa esperanza, aunque frágil, sigue siendo más fuerte que cualquier vulgaridad en el poder.

1 comentario en “La popularidad del presidente”

  1. Emilia Baudrit Carrillo

    Excelente comentario. Lo ví en una publicación en Facebook de una amiga y lo compartí. Pienso igual que usted, que tristeza que haya tanta gente inculta en este país tan lindo, que no se da cuenta que es el presidente mas desagradable que hemos tenido y que lo apoyen a pesar de eso. Respeto todos los pensamientos políticos, pero en este caso, este presidente no se merece ningún respeto, pues no respeta a nadie.

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