
Pilar Cisneros dice que “es muy grave lo que está pasando en este país.”
Y tiene razón… aunque probablemente por motivos distintos a los que ella imagina.
¿Grave?
Grave fue cuando se empezó a normalizar la vulgaridad como lenguaje político.
Grave fue cuando se debilitó el respeto por las instituciones.
Grave fue cuando confundimos popularidad con virtud.
Dice también que el presidente está siendo atacado por ser “el más popular de la historia de Costa Rica.”
Claro, porque el populismo siempre confunde aplausos con legitimidad.
Pero la historia enseña que la popularidad no es sinónimo de bondad, sino muchas veces el disfraz del abuso.
Ahora, la diputada afirma que es “gravísimo” que el fiscal y el Tribunal Supremo de Elecciones pidan levantar la inmunidad presidencial.
Y yo me pregunto:
¿es grave eso… o más bien es saludable?
Porque lo verdaderamente grave sería que no se atrevieran a hacerlo.
Grave sería que las instituciones callaran por miedo.
Grave sería que, ante la sospecha o el abuso, todos miráramos hacia otro lado.
Lo que está ocurriendo puede parecer convulso, pero tal vez no sea un colapso: tal vez sea una depuración.
Un país que se atreve a investigar al poder no se está hundiendo, se está curando.
Un país donde la justicia toca las puertas más altas no está en crisis, está despertando.
Y sí, probablemente todo esto incomode a quienes confundieron poder con impunidad.
Pero no confundamos el ruido del desorden con el silencio de la cobardía.
Hoy Costa Rica está haciendo ruido porque se está moviendo, se está revisando, se está limpiando.
Así que no sé si lo que estamos viviendo es “grave”.
Yo prefiero pensar que es necesario.
Porque a veces, antes de sanar, todo duele un poco más.