
Yo sé que el país está en un momento convulso, tal vez como nunca antes lo ha estado.
Nuestro Estado ha sido secuestrado por la forma inadecuada de hablar, por los berrinches, los insultos, las ofensas, las mentiras y el ruido constante que ya casi no nos deja pensar.
Pero vos y yo podemos hacer algo.
No permitamos que nos enfríen. No permitamos que nos quiten el derecho de expresar, de buena manera, lo que sentimos, lo que queremos, lo que creemos, o en quién confiamos —o queremos confiar— para que lidere este país durante los próximos cuatro años.
Demos la cara. Saquemos la tarea. Pero hagámoslo con amor, con entrega, con convicción.
Hablemos con información, pero también con respeto.
No caigamos en el modo de hablar de muchos, ese tono agresivo que destruye más de lo que convence.
Comentemos, participemos, compartamos publicaciones que nos parezcan de valor.
Hagamos lo posible por recuperar el espíritu de las campañas presidenciales de antes, cuando se podía debatir sin insultar, disentir sin odiar y defender una idea sin perder la calma.
Todavía se puede. Todavía hay gente que quiere hacerlo bien.
Y si cada uno pone un poquito de decencia en la conversación pública, puede que logremos lo más urgente: volver a hablarnos como hermanos.
Volquémonos hacia el amor, porque cuando uno es generador de amor, no importa quién lo recibe,
importa quién lo produce.