Por qué es sano que un presidente no tenga mayoría legislativa

A veces se escucha decir que lo ideal sería que el presidente tenga la mayoría en la Asamblea Legislativa, porque así “todo avanza más rápido”, “no hay trabas” y “se puede gobernar sin tanto pleito”.


Y aunque esa idea suena práctica, en realidad va en contra de algo esencial: la democracia no se hizo para que todo fuera fácil, sino para que todo fuera justo.

La razón por la que existen tres poderes —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— no es burocrática, sino ética.

Es una forma de equilibrar la fuerza del poder para que nadie, por más buenas intenciones que tenga, pueda decidir solo.

Un país sano necesita diálogo, negociación, acuerdos, diferencias.
Y aunque eso a veces parezca lento o desgastante, es justamente lo que nos protege de los abusos y los caprichos.

Cuando un presidente no tiene mayoría legislativa, se ve obligado a conversar, a escuchar, a construir consensos.

Tiene que justificar sus proyectos, convencer con argumentos, buscar puntos medios.
Y eso —aunque sea más difícil— genera leyes más equilibradas, menos impulsivas y más representativas de la diversidad del país.

En cambio, cuando el Ejecutivo controla también el Legislativo, el país corre el riesgo de perder su respiración democrática. Las decisiones se vuelven unilaterales. Las leyes pueden aprobarse sin debate. Y el poder, que debería servir a todos, empieza a servir a unos pocos.

Tener una Asamblea diversa no significa tener una Asamblea enemiga.
Significa tener un espacio donde las ideas se contrastan, donde se exige rendición de cuentas, donde la voz del pueblo no suena igual, pero se escucha igual.

La democracia no se mide por la velocidad con que se aprueban las leyes, sino por la calidad de las decisiones que se toman. Y muchas veces, las mejores decisiones nacen de la discusión, del desacuerdo, de la búsqueda paciente de lo común.

Así que no hay que temerle a la diferencia. Hay que temerle, más bien, a los gobiernos donde nadie se atreve a cuestionar. Porque cuando el poder no tiene contrapesos, termina creyendo que no necesita límites. Un país fuerte no es el que piensa igual. Es el que sabe dialogar distinto y seguir trabajando junto.

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