
Leí un comentario en redes que decía: “Falta poco para eliminar el chavismo.”
Y me quedé pensando en esa frase.
Porque depende de qué quiera decir quien la escribió.
Si se refiere a que falta poco tiempo, tiene razón. Las elecciones se acercan. Pronto volveremos a las urnas, con la oportunidad de decidir si continuamos por el mismo camino o si trazamos uno distinto. Pero si se refiere a que falta poco trabajo, entonces no. Ahí no puedo estar de acuerdo. Falta muchísimo.
Falta trabajo de conciencia, de reflexión, de conversación. Falta rescatar el respeto que hemos perdido, la empatía que se nos ha dormido, la serenidad que olvidamos entre tanto ruido. Falta recordar que no se trata solo de un cambio político, sino de un cambio emocional y cultural.
El chavismo —como fenómeno— no se elimina solo con votos. Se desarma con educación, con información, con diálogo. No es un enemigo en un uniforme distinto: es una forma de pensar que se alimenta del enojo, de la desconfianza y del resentimiento. Y eso no se cura con odio, se cura con conciencia.
Podemos y debemos tener posturas distintas. Podemos discrepar, criticar, exigir y denunciar. Pero si lo hacemos con rabia, repetimos el mismo modelo que decimos querer superar.
El ruido se combate con silencio interior. La agresión se desactiva con respeto. El fanatismo se debilita con pensamiento crítico. Falta poco, sí.
Pero falta mucho trabajo de alma, mucho amor por este país, mucha humildad para admitir que todos —oficialistas y opositores— hemos contribuido al desgaste emocional que vivimos.
No basta con querer ganar una elección. Hay que merecerla. Y para merecerla, tenemos que elevar el nivel de nuestra conversación. No con insultos, sino con argumentos. No con arrogancia, sino con ejemplo. No con descalificaciones, sino con propuestas.
El verdadero cambio no empieza en la papeleta, sino en la forma en que hablamos de política, en cómo tratamos a quien piensa diferente, en cómo reaccionamos frente a la mentira o la manipulación.
Aún falta tiempo para las elecciones, pero el tiempo es lo de menos. Porque si no hacemos el trabajo interior como sociedad —ese que no se mide en encuestas ni en discursos—, nada cambiará realmente. Podremos cambiar de presidente, pero no de país.
Por eso, más que eliminar al chavismo, lo que tenemos que hacer es sanar a Costa Rica. Y eso no se logra gritando más fuerte. Se logra conversando, escuchando, enseñando, amando. Porque el odio puede ganar elecciones, pero solo el amor construye naciones.