¡Hola Chitos y Chitas!

Se acercan las once de la noche. Estoy muy cansado, pero también muy feliz, muy satisfecho, muy motivado. Con el ego alto —pero educado—, después de una semana que no esperaba: más de trescientos cincuenta mil comentarios, mensajes, reacciones y palabras de apoyo a las publicaciones que he venido compartiendo. No tengo cómo explicar lo que siento. Primero, una enorme alegría por el reconocimiento; pero más allá de eso, la sensación de que algo profundo se está moviendo en el corazón de muchas personas que, como yo, sienten que todavía hay esperanza para Costa Rica. Que no todo está perdido.

Normalmente distribuyo mis días entre lo que amo: la familia, los momentos privados con mi pareja, el arte, las acuarelas, las artesanías, la escritura de mis libros y, por supuesto, el trabajo que mantiene la vida en marcha. Pero esta semana, entre tanto mensaje y tanta emoción, no he pintado, no he hecho artesanías, mis libros están detenidos y el trabajo ha ido más lento. Y aun así, me siento lleno, porque siento que algo estamos logrando entre todos, si logramos mantener una actitud positiva frente a lo que vivimos y a lo que viene.

También he tenido llamadas de distintos medios de comunicación, interesados en conversar, entrevistarme o comentar sobre mis textos. Y me emociona profundamente, no por el protagonismo —nunca fue eso—, sino porque percibo que se abre una ventana más amplia desde donde puedo aportar: hablar del desarrollo personal en tiempos de ruido político. De cómo tomarnos lo que viene sin que el berrinche, la gritería o la insolencia del Ejecutivo —que todos percibimos— nos contamine el subconsciente ni nos robe la paz interior. Eso me ilusiona mucho.

A todos los periodistas con los que he hablado les dije algo muy claro: no voy a hablar de política, al menos no de la forma en que normalmente se hace. Yo no soy economista, no soy estadista, no soy político. Tengo mis análisis y mis preferencias, pero sé hasta dónde llega mi conocimiento. Yo no hablo en cifras ni en porcentajes. Hablo de lo humano. De cómo recibir esta bomba de información efervescente sin dejar que esa efervescencia nos queme por dentro.

Les dije también que no fingiré neutralidad. Todavía no sé por quién voy a votar, pero sí sé quién no quiero que quede presidente. Y eso se nota, porque no sé escribir sin verdad. Mis textos nacen de las entrañas, muchas veces con lágrimas sobre el teclado. Y si algún día participo en una entrevista, hablaré desde ese mismo lugar. No desde la razón fría, sino desde el corazón de un costarricense que ama su país, que siente, que observa, que se duele y que todavía cree que es posible hacerlo mejor.

Porque yo quiero ser coherente: ser lo mismo que soy, parecer serlo y que la gente lo perciba así. Sin máscaras, sin posturas calculadas. Así, como soy.

Y ahora quiero contarles algo más personal. Detrás de cada palabra que escribo hay una persona como cualquiera de ustedes. Soy un hombre con pareja, con familia, con días buenos y otros no tanto. A veces cocino, riego las matas, hago fila en el banco o discuto con la vida. A veces me levanto inspirado, y otras solo quiero quedarme callado viendo el cielo cambiar de color al final del día.

Soy artista, sí. Pinto, escribo, hago artesanías y me pierdo en las acuarelas. Pero también trabajo, pago cuentas, hago lo que hace cualquiera. Y en medio de eso, trato —como todos— de mantenerme de pie, de seguir soñando, de no perder la fe en lo que somos capaces de construir juntos.

Si algo he aprendido en estos días es que la gente no conecta con el brillo, sino con la verdad. Y la verdad es que también me canso, también me frustro, también me duele lo que pasa. Pero sigo. Sigo porque creo en la posibilidad de un país decente, consciente y amoroso. Y porque creo en ustedes, en la gente buena que no hace tanto ruido, pero sostiene la esperanza todos los días sin hacer alarde.

Gracias por tanto cariño. Gracias por cada mensaje, cada palabra, cada abrazo virtual, cada gesto de apoyo. No tengo todas las respuestas, ni pretendo tenerlas. Solo tengo la intención de seguir escribiendo desde el alma, con la misma transparencia con la que vivo.

Y si mis textos logran que una sola persona piense, respire, sonría o encuentre un poco de paz en medio del ruido, entonces todo esto vale la pena.

Con gratitud y con amor,

Vinicio Jarquín

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