El populismo

El populismo tiene una forma muy interesante —y peligrosa— de entrar en los pueblos. No llega de golpe: se infiltra, se adapta, se disfraza de esperanza. Aparece cuando la frustración colectiva es grande, cuando la inflación ahoga y el cansancio se siente en los bolsillos. Es entonces cuando promete justicia, equidad y salvación.

Curiosamente, los sectores más golpeados por las crisis económicas suelen ser los que más apoyan a los líderes populistas. No porque sean ingenuos, sino porque tienen hambre de respuestas, y el populismo sabe hablarle al hambre, a la rabia y al cansancio mejor que nadie.

Pero ahí está el peligro. Porque cuando esos líderes llegan al poder, suelen justificar medidas extremas en nombre del “bien común”. Empiezan por debilitar las instituciones, luego cuestionan a la prensa, y más tarde —si la situación se pone “difícil”— hablan de suspender garantías o restringir derechos.

Y lo más triste es que las primeras víctimas de esas decisiones suelen ser las mismas personas que los apoyaron.

Cuando un gobierno populista limita las libertades, no lo hace en los barrios ricos, lo hace en los barrios pobres. En los que antes aplaudían sus discursos y creían que, por fin, alguien los representaba.

Así se cumple el ciclo: el populismo seduce a los descontentos, se nutre de su esperanza, y luego, poco a poco, convierte su apoyo en obediencia.

Por eso, cada vez que alguien ofrece soluciones simples a problemas complejos, o promete “orden” a cualquier costo, conviene recordar que las libertades no se pierden de un golpe; se van desdibujando entre aplausos.

Y cuando queramos recuperarlas, puede ser demasiado tarde.

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