A los diputados electos que llegarán a la Asamblea Legislativa desde la oposición, quiero hablarles con claridad y sin rodeos.
Ustedes no están ahí por casualidad. No llegaron por simpatía superficial ni por moda política. Un número significativo de ciudadanos votó por ustedes con un propósito muy específico: que representaran un contrapeso, que sostuvieran principios y que defendieran aquello que consideran fundamental para el país.
Ese mandato no es simbólico.
Quienes los eligieron no esperaban que se diluyeran en la comodidad del poder, ni que se desdibujaran ante la primera negociación conveniente. Entendemos que el diálogo es parte del proceso legislativo. Entendemos que la política requiere acuerdos. Pero también sabemos distinguir entre acuerdos responsables y renuncias disfrazadas.
Hoy la responsabilidad que asumen es excepcional. No por dramatismo, sino por contexto. La ciudadanía que los envía al Congreso no los ve como figuras decorativas, sino como representantes firmes de una visión de país que quiere ser escuchada y defendida.
No se trata de intransigencia. Se trata de coherencia.
Si en el camino alguno decide apartarse del mandato recibido, si opta por desmarcarse de aquello por lo que fue elegido sin una explicación clara y transparente, no será un simple movimiento político. Será una ruptura con quienes confiaron.
La política puede ser dinámica. La ética no debería serlo tanto.
Les corresponde actuar con altura, con responsabilidad histórica y con fidelidad al voto que los llevó hasta ahí. No como actores secundarios, sino como representantes conscientes de que el país observa.
Esta vez, como nunca, la ciudadanía estará pendiente y atenta a sus acciones. No por ánimo de confrontación, sino por responsabilidad democrática. La expectativa es alta porque el momento lo exige.
No es un papel menor el que asumen. Es un rol delicado, determinante y profundamente simbólico dentro del equilibrio institucional.
Costa Rica no necesita gritos. Necesita firmeza.
Y esa firmeza ahora está en sus manos.
