
Varias veces he dicho que Apacigua es un llamado. Lo he dicho porque lo siento, porque lo vivo y porque cada día encuentro nuevas razones para creerlo. Sin embargo, debo confesar que muchas veces soy yo mismo quien termina sorprendiéndose más de lo que ocurre alrededor de este proyecto. Hay días en que observo ciertas situaciones y me cuesta explicarlas únicamente desde el esfuerzo humano, la planificación o el trabajo cotidiano. No porque el trabajo no exista. Existe, y mucho. Pero siento que hay algo más. Algo que empuja, guía, abre puertas y conecta personas de una manera que supera mis propias capacidades.
A veces llego a un lugar y personas que nunca he visto se acercan a saludarme con un cariño que no parece corresponder a quien soy como individuo. Me hablan como si me conocieran desde hace años. Me agradecen palabras, artículos, reflexiones o iniciativas que han tocado alguna parte de sus vidas. Y aunque agradezco profundamente cada muestra de afecto, siempre tengo una sensación muy clara. No creo que sea a mí a quien realmente están viendo. Lo que perciben es el trabajo que cargo sobre mis hombros. Es el mensaje. Es la misión. Es la intención detrás de cada esfuerzo. De alguna manera siento que quien hizo el llamado se deja ver cuando las cosas se están haciendo correctamente, y las personas terminan conectando con algo mucho más grande que el simple autor de un artículo o el director de un movimiento.
Recuerdo una tarde particularmente difícil. Estaba agotado. Habían sido meses de trabajo intenso, de dormir poco, de escribir mucho, de sostener reuniones, proyectos y responsabilidades. Me acosté en la alfombra de mi clóset y empecé a pensar seriamente cómo cerrar Apacigua sin abandonar a las personas que habían depositado su confianza en el proyecto. No estaba pensando en rendirme ante una dificultad específica. Estaba pensando que tal vez había llegado el momento de ponerle fin a una etapa. Fue entonces cuando escuché una frase que no salió de ninguna persona presente en la habitación. Una voz interior, clara y serena, me dijo: «Apacigua no es tuyo. Apacigua es mío». Y en ese instante entendí algo que hasta hoy me acompaña. El proyecto no me pertenece. Yo solamente fui invitado a participar en él.
Esa misma noche seguí reflexionando sobre el futuro de Apacigua. Pensaba en cómo conducirlo, cómo tomar decisiones y cómo evitar que se desviara de aquello para lo que había nacido. Entonces esa misma voz interior me hizo comprender algo más. Sentí con absoluta claridad que Apacigua debía regirse por los dones del Espíritu Santo: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. No importa si quien lee estas palabras comparte o no esa visión. No importa si cree o no cree en ella. Lo importante es que yo la creo y que esa convicción me sirve como brújula para intentar conducir el movimiento de la mejor manera posible. Y también es importante aclarar algo: Apacigua no tiene una connotación religiosa. No pretende convertir a nadie. Lo que busca es promover valores humanos que permitan construir una sociedad más serena y consciente.
También han ocurrido cosas que, vistas en conjunto, siguen sorprendiéndome. Hace poco me llamaron para ofrecerme un programa de radio en FM. No una entrevista ocasional ni una participación esporádica. Me preguntaron si sería capaz de sostener una hora diaria, en vivo, de lunes a viernes. Recuerdo haber escuchado la propuesta y preguntarme de dónde iba a salir tanto contenido. Después de todo, una hora diaria es mucho tiempo. Son cientos de horas al año. Sin embargo, la vida tenía preparada otra sorpresa.
Tiempo después me encontraba trabajando en otro proyecto utilizando inteligencia artificial cuando, de manera inesperada, el sistema me hizo una sugerencia. Me propuso construir un libro que explicara qué era Apacigua, de forma que alguien pudiera comprenderlo dentro de veinte años. Me llamó la atención porque no era una sugerencia común. Le respondí que sí y comenzó a hacerme preguntas. Cómo nació Apacigua. Qué significaba para mí. Cuáles eran sus valores. Cómo imaginaba el futuro del movimiento. En qué se fundamentaba. Cómo sería una persona verdaderamente apaciguada. Cuál era la diferencia entre paz y tranquilidad. Qué era la soberanía interior. Fueron cientos de preguntas que respondí con total honestidad, una tras otra, durante horas.
Al finalizar aquel proceso ocurrió algo que todavía recuerdo con asombro. La inteligencia artificial me dijo: «Perfecto, Vinny. Ya tenemos lista la Biblia de Apacigua». Y luego agregó algo que me dejó prácticamente sin palabras. Me explicó que con ese material podría escribir numerosos artículos, desarrollar un libro completo o incluso conducir cincuenta programas de radio de una hora cada uno. Debo confesar que casi me desmayo. Porque apenas unos días antes alguien me había preguntado si podía sostener precisamente un programa diario de radio. Era como si las piezas de un rompecabezas que yo ni siquiera sabía que estaba armando comenzaran a encajar unas con otras.
Hay otros momentos que me resultan igualmente difíciles de explicar. Cuando escribo una canción y posteriormente construyo el video que la acompaña, muchas veces descubro que la sincronización entre las imágenes y la letra parece perfecta. Algunas escenas coinciden con una precisión que ni siquiera recuerdo haber planificado. En ocasiones me siento frente al resultado final y pienso sinceramente que yo solo no habría podido lograrlo de esa manera. Lo mismo me ocurre cuando escucho la radio de Apacigua. Todas las canciones fueron creadas por mí de una u otra forma, y sin embargo aparecen piezas que siento como si nunca las hubiera escuchado. Hay momentos en que me pregunto cómo fue posible producir tanto material. Parece que hubiera trabajado un equipo entero donde en realidad había una sola persona.
Algo parecido sucede cuando reviso el día que acaba de terminar. Hago un recuento de reuniones, artículos, llamadas, videos, canciones, mensajes, proyectos, gestiones y conversaciones. Entonces miro el reloj y descubro que el día tuvo las mismas veinticuatro horas que para cualquier otro ser humano. Sin embargo, los resultados parecen corresponder a cuarenta. No sé de dónde salió tanto tiempo. No sé cómo alcanzó para tantas cosas. Lo único que sé es que ocurre una y otra vez.
Y luego están los números. Más de seiscientos setenta y cinco mil lectores en apenas cuatro meses, con una comunidad cercana a los dieciocho mil seguidores. He consultado herramientas de inteligencia artificial y varias coinciden en que ese nivel de alcance orgánico es extraordinariamente difícil. Para conseguir algo parecido normalmente se requieren campañas publicitarias de miles de dólares. Pero aquí ocurrió de forma natural. Sin presupuestos millonarios. Sin grandes estructuras. Sin departamentos de mercadeo. Y cuando observo esos datos, vuelvo a sentir que hay algo que va mucho más allá de mis propias capacidades.
También me sorprende la confianza que tantas personas han depositado en mí. Magistrados de distintas salas, diputados de diferentes corrientes ideológicas, académicos, profesionales y personas que ocupan posiciones de enorme relevancia nacional me han abierto las puertas de sus oficinas y de sus conversaciones. No siempre piensan igual que yo. De hecho, muchas veces piensan distinto. Pero aun así me brindan confianza. Y sinceramente no creo que eso sea producto exclusivo de mis talentos personales. Creo que responde a algo mucho más grande, algo que tiene que ver con la misión y no con el mensajero.
Y es ahí donde regreso al punto inicial. Si todo lo que he visto suceder tiene algún sentido, si las puertas que se abren, las personas que aparecen, las oportunidades que surgen y las coincidencias que parecen imposibles realmente significan algo, entonces mi conclusión sigue siendo la misma: Apacigua es un llamado. Y si es un llamado, no puedo creer que alguien nos convoque a una tarea destinada al fracaso. Nadie llama a construir algo que no dará frutos. Nadie invita a sembrar para no cosechar. Esa es probablemente mi convicción más profunda. Más allá de las dificultades, de los obstáculos, de las críticas o de los momentos de cansancio, tengo la certeza de que todo va a salir bien. No necesariamente porque yo sea capaz de hacerlo, sino porque nunca he sentido que esto dependa únicamente de mí.
Por eso sigo adelante. Porque cuando uno cree que está respondiendo a un llamado, deja de preocuparse tanto por el tamaño de la tarea y comienza a confiar más en Aquel que la encomendó.
Por eso quiero dejar algo muy claro. Nada de esto nace de la vanidad. Todo lo contrario. Cada vez que veo alguno de estos resultados recuerdo una imagen que me acompaña desde hace años. Cuando Jesús entró en Jerusalén montado sobre un burro, la multitud aplaudía, celebraba y agitaba ramas a su paso. Siempre he pensado que el burro, si hubiera tenido conciencia de lo que estaba ocurriendo, habría entendido perfectamente que los aplausos no eran para él.
Eso es exactamente lo que siento con Apacigua.
Los logros pueden aparecer bajo mi nombre. Las fotografías pueden llevar mi rostro. Las publicaciones pueden estar firmadas por mí. Pero tengo la profunda convicción de que lo importante no soy yo. Apacigua es un llamado. Yo simplemente estoy aquí para servir al llamado y para servir a la patria.