Si yo fuera un candidato presidencial, tendría un equipo completo detrás. Personas que me dirían: en esta primera fase de la campaña atacamos este tema, luego pasamos a este otro, aquí subimos el tono, aquí lo bajamos, aquí cambiamos de público objetivo. Así funcionan —y han funcionado siempre— las campañas electorales: con estrategias claras, con segmentos definidos, con mensajes diseñados para públicos específicos.
Pero yo no tengo eso. Yo estoy solo. Y eso significa algo muy concreto: tengo que ir aprendiendo en el camino.
Esta mañana, mientras pensaba en todo lo que he escrito, en todo lo que he dicho y en todo lo que aún quiero decir, tuve una claridad sencilla pero contundente: ya basta de hablarle directamente a los chavistas. No porque no merezcan respeto, sino porque están en modo emocional. Y cuando alguien está completamente tomado por la emoción, no hay argumento posible que atraviese ese muro. No hay conversación real. No hay intercambio. No hay apertura.
Seguir ahí es desgastante y, sobre todo, poco efectivo.
No lo digo con desprecio. Lo digo con realismo. Hay momentos en los que insistir no es persistencia, es terquedad. Y yo no quiero gastar energía donde no hay posibilidad de movimiento.
Por eso siento que es momento de cambiar un poco el foco. De empezar a comparar candidatos con más claridad. De hablarle a quienes todavía están pensando, dudando, observando. A los indecisos. A quienes no gritan, no insultan, no defienden con uñas, pero tampoco han tomado una decisión firme.
Y, sobre todo, siento que es momento de hablarle al abstencionismo.
Tengo la impresión —sin ninguna base científica, lo digo con total honestidad— de que una gran parte del abstencionismo ya decidió algo muy importante: no quiere continuismo. No lo apoya. No lo defiende. Pero tampoco se siente convocado, motivado o representado. Y ahí hay un espacio enorme que no se puede seguir ignorando.
Porque no votar también es una decisión. Y aunque muchos lo hagan desde el cansancio, la decepción o la desconfianza, esa decisión termina teniendo consecuencias reales. A veces más fuertes que un voto equivocado.
Así que sí, voy a cambiar un poco el tono. No de golpe, no de forma abrupta, no negando lo que ya escribí. Hay artículos que ya están listos en el tono anterior y así se quedarán. También hablan de un momento emocional real que atravesamos como país.
Pero de aquí en adelante, quiero enfocar más la palabra. Ser más intencional. Hablarle a quienes todavía pueden escuchar. A quienes todavía pueden pensar. A quienes todavía pueden decidir.
No porque sea más fácil, sino porque es más necesario.
Esto también es parte del aprendizaje de caminar sin equipo, sin manual y sin libreto. Escuchar, sentir, ajustar. Y seguir.
