xx Me da vergüenza, señora presidenta

No sé en qué momento llegamos a esto. No sé en qué momento comenzamos a acostumbrarnos a que las más altas autoridades de la República utilicen los espacios oficiales para burlarse de otras personas, lanzar expresiones vulgares, hacer comentarios humillantes o convertir asuntos de Estado en espectáculos que, lejos de producir admiración, deberían provocarnos vergüenza. Y tampoco sé en qué momento comenzamos a confundir la firmeza con la grosería, el liderazgo con la arrogancia y la autoridad con la capacidad de ridiculizar a los demás. Lo que sí sé es que hoy, después de escuchar a la presidenta Laura Fernández y al señor Rodrigo Chaves, me quedó una sensación profundamente desagradable. No es solamente indignación. Es tristeza. Es vergüenza. Es la dolorosa impresión de estar viendo cómo se rebaja la dignidad de cargos que, durante muchas décadas, representaron algo muchísimo más grande que las personas que temporalmente los ocuparon.

La señora presidenta Laura Fernández se refirió a la magistrada Patricia Solano, de la Sala Tercera, utilizando una expresión que, según escuché, fue algo así como bailar con la más fea, o con la más refea, agregando que, si no, se lo preguntaran a la propia magistrada. No me interesa saber si la señora presidenta considera que aquello fue una ocurrencia graciosa, una expresión popular o una manera ingeniosa de manifestar sus diferencias con una integrante del Poder Judicial. Lo que me interesa es que una presidenta de la República debería comprender que sus palabras tienen un peso institucional y que, cuando se refiere públicamente a una magistrada, no está hablando desde la mesa de una cantina ni participando en una conversación privada entre amigos. Está hablando desde la autoridad que le confirió el pueblo costarricense y tiene, precisamente por eso, una responsabilidad muchísimo mayor de la que parece estar dispuesta a reconocer.

Pero el espectáculo no terminó ahí. Hoy escuché al señor Rodrigo Chaves decir que el ministro de Justicia y Paz no utilizaba supositorios de cocaína, agregando que él tampoco. Y mientras pronunciaba semejante expresión, observé a doña Laura reírse discretamente. Tal vez alguien quiera explicarme que se trataba de una broma, de una respuesta sarcástica o de una manera particular de defender a un funcionario. No importa. Me resulta verdaderamente difícil comprender cómo hemos llegado a considerar aceptable que, en una actividad oficial, con la presidenta de la República presente, las conversaciones puedan descender a semejante nivel. Y todavía me resulta más difícil comprender que la persona que ocupa la Presidencia no manifieste incomodidad, no marque una distancia institucional, sino que, al menos por la reacción que yo observé, parezca encontrar divertido el comentario.

No pretendo conocer lo que doña Laura piensa en su intimidad. No puedo afirmar qué siente cuando escucha esas expresiones, ni sería justo atribuirle intenciones que no puedo demostrar. Pero sí puedo hablar de la impresión que me deja su comportamiento público. Y esa impresión, lamentablemente, es muy baja. Veo a una presidenta que, en lugar de elevar el nivel de las conversaciones nacionales, parece sentirse cómoda en un ambiente donde la burla y la descalificación se han convertido en formas habituales de comunicación. Veo a una mujer que ocupa el cargo más importante de la República y que, en mi apreciación, no está haciendo el esfuerzo necesario para honrar la solemnidad que ese cargo exige. Y me entristece profundamente pensar que esta sea la imagen de autoridad que estamos ofreciendo a nuestros jóvenes, a nuestros niños y a las generaciones que algún día tendrán que asumir la responsabilidad de conducir este país.

Costa Rica ha tenido presidentes de diferentes partidos, ideologías, temperamentos y capacidades. Hemos tenido gobernantes extraordinarios y otros que dejaron mucho que desear. Algunos acertaron en decisiones fundamentales y otros cometieron errores que todavía estamos pagando. Hubo quienes impulsaron grandes transformaciones nacionales y quienes administraron el país sin dejar mayores huellas. Los hemos criticado, los hemos cuestionado y, en ocasiones, los hemos rechazado electoralmente. Pero durante buena parte de nuestra historia republicana existió una noción de gallardía, de dignidad y de respeto por la investidura presidencial que trascendía las diferencias políticas. No significa que todos nuestros expresidentes fueran impecables, ni que nunca hayan protagonizado episodios desafortunados. Significa que existía una expectativa de altura, de decoro y de responsabilidad que hoy siento cada vez más lejana.

Y es que algunos de aquellos costarricenses que ocuparon la Presidencia, después de dejar el cargo, continuaron representando a nuestra patria en organismos internacionales, universidades, espacios académicos, iniciativas de paz y diferentes escenarios de relevancia mundial. Su experiencia, sus conocimientos y su trayectoria les permitieron seguir aportando mucho después de haber entregado la banda presidencial. Independientemente de las simpatías que cada uno pudiera despertar, entendíamos que haber sido presidente de Costa Rica era una distinción que acompañaba a la persona durante el resto de su vida. Una responsabilidad histórica, un legado, una condición que merecía ser cuidada por quien la había recibido.

Y ahora tenemos a un expresidente que, después de dejar la Presidencia, permanece en el Poder Ejecutivo como ministro de la Presidencia y de Hacienda, subordinado formalmente a quien lo sucedió. No cuestiono aquí la legalidad de su nombramiento, ni desconozco que la presidenta tiene facultades para integrar su gabinete. Lo que cuestiono es la imagen que proyecta esta relación política. Porque, en mi apreciación, lejos de aprovechar su experiencia para elevar la calidad del gobierno, don Rodrigo Chaves continúa protagonizando intervenciones que me parecen impropias de alguien que ha tenido el honor de presidir la República. Y más triste todavía es observar que la señora presidenta, quien tiene la autoridad y la responsabilidad de conducir su administración, parece dispuesta a tolerar esas actuaciones y, en ocasiones, hasta a acompañarlas con una sonrisa.

No puedo evitar preguntarme qué clase de ejemplo estamos construyendo. Qué estamos enseñando cuando una presidenta utiliza una expresión despectiva al referirse a una magistrada. Qué estamos normalizando cuando un exmandatario, convertido ahora en ministro, recurre a comentarios vulgares en escenarios oficiales. Qué mensaje reciben los funcionarios públicos que observan estas actuaciones desde sus ministerios, municipalidades, instituciones y oficinas. Y, especialmente, qué les estamos diciendo a los ciudadanos cuando quienes deberían representar la más alta expresión del servicio público parecen olvidar que la autoridad no se engrandece humillando, que la inteligencia no necesita vulgaridades para manifestarse y que la fortaleza de un gobernante no se mide por la cantidad de personas a las que consigue ridiculizar.

Hay algo más que me preocupa, y es la facilidad con la que una parte de la ciudadanía parece celebrar estos comportamientos. Como si la vulgaridad fuera una demostración de autenticidad, como si la falta de respeto fuera una virtud y como si cualquier expresión ofensiva pudiera justificarse siempre que provenga de alguien a quien apoyamos políticamente. Me preocupa porque el deterioro del lenguaje público no comienza ni termina en quienes gobiernan. También se alimenta de quienes aplauden, justifican o encuentran divertidas actuaciones que probablemente condenarían si provinieran de sus adversarios. Y una sociedad que comienza a exigir respeto solamente para las personas con quienes simpatiza termina perdiendo la capacidad de defender el respeto como un valor común.

Señora presidenta, usted no tiene la obligación de simpatizar con doña Patricia Solano, ni con ningún otro magistrado. Tiene todo el derecho de cuestionar sus decisiones, manifestar diferencias y ejercer las competencias que le corresponden dentro del Poder Ejecutivo. Pero tiene la obligación moral e institucional de comprender que una cosa es cuestionar y otra muy distinta es ridiculizar. La magistrada Patricia Solano no necesita ser de su agrado para merecer respeto. Tampoco necesita coincidir con sus posiciones políticas para que usted reconozca la dignidad del cargo que ocupa. Porque la República no le pertenece a su gobierno, ni a su movimiento político, ni a quienes la acompañaron en las elecciones. La República nos pertenece a todos, y sus instituciones merecen respeto incluso cuando sus decisiones no nos gustan.

Y respecto al señor Rodrigo Chaves, confieso que me resulta particularmente triste observar el papel que ha decidido desempeñar después de haber ocupado la Presidencia. Un hombre que tuvo la oportunidad de dirigir los destinos de nuestro país y que pudo haber construido una etapa posterior de reflexión, asesoría y contribución desde la experiencia, continúa ocupando los escenarios públicos con expresiones que, en mi opinión, empequeñecen su propia trayectoria. Hoy es ministro, formalmente subordinado a una presidenta que fue parte de su gobierno. Y tengo la impresión de estar observando una relación en la que él conserva buena parte del protagonismo mientras ella parece disfrutar, o al menos tolerar con demasiada comodidad, intervenciones que deberían resultarle incómodas por la dignidad de su propia investidura. No sé si esa dinámica les parece conveniente políticamente. A mí me parece lamentable para el país.

Tal vez lo que más me duele es que no estamos hablando de cualquier institución. Estamos hablando de la Presidencia de Costa Rica. De un país pequeño que logró construir una presencia internacional extraordinaria, que abolió su ejército, que apostó por la educación, que defendió la democracia y que produjo figuras reconocidas mundialmente por sus contribuciones a la paz, al pensamiento, a la diplomacia y al desarrollo humano. Una nación que, con todos sus defectos y contradicciones, aprendió a hacerse respetar sin necesidad de levantar la voz, de insultar o de humillar. Por eso me cuesta tanto observar cómo quienes hoy tienen la responsabilidad de representar esa historia parecen sentirse cómodos sustituyendo la altura institucional por la ocurrencia vulgar y el respeto republicano por la burla.

No estoy pidiendo gobernantes perfectos. Nunca los hemos tenido y probablemente nunca los tendremos. Tampoco estoy pidiendo solemnidad permanente, porque comprendo que quienes gobiernan son seres humanos, que pueden reír, bromear, equivocarse y hasta perder la paciencia. Lo que estoy pidiendo es algo mucho más sencillo: que sepan distinguir entre su condición de personas y la responsabilidad de representar a la República. Que comprendan que una conferencia oficial no es una reunión privada, que una magistrada no es un personaje al que se deba convertir en objeto de burla y que las expresiones del Poder Ejecutivo deben estar a la altura de las responsabilidades que le hemos confiado.

Yo quisiera sentir orgullo cuando escucho hablar a nuestra presidenta. Quisiera verla ejercer su autoridad con independencia, con firmeza, con inteligencia y con una dignidad capaz de imponerse por encima de las ocurrencias de cualquiera de sus ministros, incluido don Rodrigo Chaves. Quisiera poder decir que, aunque no comparto muchas de sus decisiones, reconozco en ella a una estadista que comprende el peso histórico del cargo que ocupa. Pero hoy no puedo decirlo. Hoy lo que siento es vergüenza. Y no es una vergüenza partidaria ni una reacción nacida de mi oposición a su gobierno. Es la vergüenza de un costarricense que considera que su patria merece una representación muchísimo más elevada.

Señora presidenta, quizás usted no tenga interés en conocer la opinión de un ciudadano como yo. Tal vez considere que quienes la criticamos simplemente estamos en desacuerdo con su proyecto político. Pero quisiera decirle que esta crítica va mucho más allá de las diferencias ideológicas. A mí no me preocupa solamente lo que usted piensa o las decisiones que toma. Me preocupa también la manera en que se comporta, lo que permite a su alrededor y el ejemplo que está dejando. Porque gobernar no consiste únicamente en construir obras, administrar presupuestos, impulsar leyes o ganar discusiones. Gobernar también implica representar valores, establecer estándares de conducta y comprender que cada palabra pronunciada desde la Presidencia contribuye a construir, o a deteriorar, la cultura de una nación.

Y termino con una reflexión que me produce una tristeza enorme. La Presidencia de la República es un honor que solamente unas pocas personas tendrán la oportunidad de recibir. Es un préstamo temporal que nos hace la democracia, acompañado de una responsabilidad inmensa. Quien llega a ese cargo puede dejar obras, leyes, decisiones y resultados. Pero también deja recuerdos, ejemplos, palabras y maneras de comportarse que terminan formando parte de nuestra historia. Yo no quisiera que, dentro de algunos años, cuando recordemos esta administración, tengamos que hablar de las burlas, de las expresiones vulgares y de las risas que las acompañaron, en lugar de recordar grandes contribuciones al país.

Me da vergüenza, señora presidenta. Me entristece verla ejercer de esta manera el honor que Costa Rica le ha confiado. Y me duele todavía más pensar que, mientras usted y su ministro encuentran motivos para reír, muchos costarricenses estamos observando con profunda tristeza lo que, en nuestra apreciación, se está haciendo con la dignidad de la Presidencia de la República.

Porque una cosa es ocupar el cargo más alto de la nación, y otra muy distinta es estar a su altura.

Nota de verificación: La referencia de Laura Fernández a Patricia Solano sí está documentada, pero corresponde al discurso del 25 de julio de 2026 en Guanacaste, no al 14 de octubre.

El Mundo CR

+1

La declaración sobre los supositorios y la reacción de la presidenta se presentan según tu relato, pues no logré corroborar el video específico de hoy.

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