¿Se tiene o no se tiene? Depende. Depende de lo que se tenga o de lo que no se tenga por dentro. Porque cuando aparece alguien que toca las fibras más sensibles de una persona —la escasez, el resentimiento, la frustración, la sensación de no haber sido vista nunca— y de alguna manera le ofrece convertirse en un jaguar en la selva, ahí es donde muchos asumen ese papel sin pensarlo dos veces.
Porque ese líder los saca del lugar donde estaban, del silencio, de la insignificancia, y los convierte, al menos emocionalmente, en lo que creen que es el animal más poderoso del ecosistema. Y entonces se empoderan, se exaltan y rugen como si fueran leones… sin serlo.
Y están los otros. Los que ya son. Los que siempre han sido. Los que piensan, analizan y cuestionan. Los que no necesitan rugir para ser escuchados. Los que están tranquilos, apaciguados, seguros y confiados.
A esos, metafóricamente, a media campaña les corresponde ser los cerdos a los que cierta persona afirma que no bajaría a encontrarse. Y no les importa. No tienen ningún problema con ser llamados así. Porque conocen la verdad detrás del insulto.
Los cerdos —los reales— son parte esencial del ecosistema. Alimentan, aportan, permiten cosechas, remueven la tierra, germinan semillas. Y desde la ciencia, incluso salvan vidas: ahí están las válvulas cardiacas para demostrarlo.
No les afecta. Porque todo se reduce a una frase sencilla, pero poderosa: ¿Se tiene o no se tiene?
Cuando se tiene, no importa que los demás crean lo contrario. Cuando no se tiene, se necesita desesperadamente que los demás crean lo contrario. Que crean algo que no existe. Que crean que rugen. Que crean que dominan. Que crean que gobiernan. Que crean que son jaguares.
Hoy por hoy, creo que los jaguares emocionales están en vías de extinción frente a los cerdos del bosque. Porque los jaguares dependen del ruido para existir.
Los cerdos, no.
Los unos necesitan que los crean grandes. Los otros simplemente son.
