El día no venía con ningún anuncio especial. Era uno de esos días que parecen hechos solo para cumplir mandados simples. Mamá había sacado cita en el peluquero para esta mañana y el clima estaba incómodo, raro, ni frío ni cálido. Como no tenía tiempo, me fui sin bañar, con la misma camiseta blanca de pijama en faldas por fuera, cambié el pantaloncillo corto por un jeans, me puse la chaquetilla color agua que estaba más a mano y unas crocs sucias, informales, sin ninguna intención de impresionar a nadie.
Dejé a mamá en el peluquero y empecé a sentir ese pequeño temor de encontrarme a alguien en Plaza Mayor, ahora que soy medianamente conocido por mis escritos y por esta campaña política, no-política, en la que estoy metido. Pensé que tal vez no era el mejor día para andar así, tan sin armar personaje. Pero también supe, casi de inmediato, que finalmente no importaría demasiado. A veces el mundo te ve como andas, no como te preparas.
Como iba a tardar, decidí aprovechar para ir al centro comercial Plaza Mayor a ver unos zapatos para la boda del fin de semana. Tenía tiempo de sobra. Me los probé con calma. Unos no me gustaron. Otros sí, pero se parecían demasiado a unos que ya tenía. Al final terminé comprando justo los que no me habían gustado al principio… hasta que me los vi puestos. Ahí sí. Ahí supe que eran esos.
Mientras estaba en eso, me llamaron de Librería Internacional. La reunión era para hablar de uniformes. Les urgía una cita. Les dije que mañana salía de San José por varios asuntos y por la boda, así que lo dejamos para el martes. Martes a las nueve de la mañana. Me dieron la ubicación y casi me da risa: Plaza Mayor, segunda etapa nueva, segundo piso. Yo ya estaba ahí. Les escribí que si podía subir unos minutos de una vez y me dijeron que sí.
Pagué en la tienda, metí las sandalias en la bolsa, me puse los botines nuevos color café, compré una faja, me metí la camiseta dentro del jeans, y entre los zapatos, la faja y la chaquetilla agua, sin buscarlo, me vi sorprendentemente bien. Así, sin baño, sin producción, sin planear nada.
Subí. Tuve la reunión. Aproveché para pedir que me presentaran al contacto que me compra libros. Me cayó bien. Encantador. Ahí andaba yo, en un jeans semi ajustado, camiseta blanca de pijama, zapatos nuevos, con cinco minutos de comprados, igual que la faja del mismo tono. Y mientras hablábamos unos minutos, sonó el teléfono: mamá ya había terminado.
Salí de ahí directo a recogerla. Caminando por el centro comercial, con bolsas en la mano, zapatos nuevos en los pies, crocs olvidadas en el fondo de una bolsa de zapatos de Richard Leather… y al llegar por mamá, el peluquero me piropeó los zapatos sin saber que tenían apenas unos pocos minutos de ser míos. Me sonreí por dentro. Hay días que empiezan como trámite… y terminan guiñándote el ojo.
