Hay momentos en los que un movimiento necesita detenerse no para retroceder, sino para mirarse al espejo. Para preguntarse quién es, cómo se nombra y desde dónde camina. Este es uno de esos momentos.
Sería tan fácil usar los términos de siempre. Decir “el pueblo”, “el soberano”, “las masas”. Sería sencillo copiar el lenguaje de los caudillos, ese lenguaje que suena fuerte, que parece poderoso y que reduce a las personas a un bloque homogéneo que solo repite. Pero no somos eso. Y no queremos ser eso.
Nosotros no estamos siguiendo a un líder carismático al que se le aplaude todo. No estamos obedeciendo consignas. No estamos aquí para repetir frases prefabricadas. Estamos acompañándonos. Pensando juntos. Escuchándonos. Discrepando incluso, sin rompernos. Caminando en la misma dirección, pero con cabeza propia.
En los últimos artículos he llamado a quienes nos acompañamos los apaciguaditos. Y el término me gusta. Tiene cariño. Tiene cercanía. Tiene humanidad. Funciona cuando hablamos del cuidado interior, de la calma, del no dejarnos arrastrar por el ruido. En ese contexto, decirnos apaciguaditos tiene sentido y tiene corazón.
Pero alguien me dijo algo que me hizo pensar. Me dijo que el término podía sonar pasivo. Como si estuviéramos tranquilos de más. Como si apaciguar fuera lo mismo que no hacer nada. Y cuando lo conversé con otras personas, empecé a ver que quizá tenía razón.
Porque este no es un movimiento pasivo. No es un grupo de “tranquilitos”. No es gente sentada esperando a ver qué pasa.
Estamos pensando, sí. Pero también estamos actuando. Estamos conversando, tocando puertas, escuchando, cuestionando, defendiendo la democracia, la institucionalidad y la patria con presencia real.
Y ahí entendí algo importante: los nombres importan según el momento.
Tal vez podamos llamarnos apaciguaditos cuando hablamos desde el afecto, desde lo humano, desde el cuidado del ser interior. Pero cuando hablamos de país, de democracia, de responsabilidad histórica, tal vez necesitamos un término que refleje mejor lo que somos en acción. No soldados, no fanáticos, no seguidores ciegos. Ciudadanos conscientes. ersonas de pie. Gente que no se esconde ni grita, pero tampoco se queda al margen.
Y esto no es algo que yo decida solo.
Aunque muchas veces yo sea el que escribe, el que publica o el que va a conversar con figuras públicas, no voy en nombre propio. Voy en representación de todos. Porque este movimiento no es mío. Se construye entre todos. Cada conversación que ustedes tienen, cada reflexión que comparten, cada pausa consciente que hacen, también lo sostiene.
Yo no soy un caudillo. Soy un punto de encuentro.
Por eso les hablo con transparencia. Porque cambiar o ajustar cómo nos llamamos no es un detalle superficial; es una decisión de identidad. Y las identidades sanas no se imponen, se conversan.
Seguimos siendo los mismos. Seguimos caminando juntos. Seguimos defendiendo lo mismo.
Tal vez encontremos un nombre que nos represente mejor en los momentos decisivos. Tal vez convivamos con más de un término, según el contexto. Lo importante no es la etiqueta, sino la conciencia que nos une. Y esa, por ahora, sigue intacta.
Seguimos. Juntos. Pensando. De pie.