No fue que cambiamos, fue que nos dividieron

Alguien me preguntaba, con genuina preocupación, qué pasó con los costarricenses. En qué momento cambiamos tanto. En qué momento dejamos los valores. En qué momento dejamos de creer. La pregunta venía cargada de nostalgia, casi de duelo, como si el país que conocíamos se hubiera evaporado de un día para otro.

Y mi respuesta fue inmediata, casi instintiva: no, no es así.

No es cierto que los costarricenses hayamos cambiado como un todo. Costa Rica no es un bloque homogéneo que piensa, siente y reacciona de la misma manera. Cada persona es lo que es cada persona. Siempre ha sido así.

Lo que sí ocurrió fue otra cosa.

Durante mucho tiempo, mientras las circunstancias eran similares para todos, escuchábamos una misma música. Democracia. Libertad. Institucionalidad. Estado de Derecho. Conversaciones largas. Acuerdos imperfectos. Críticas duras, sí, pero dentro de un marco compartido. No pensábamos igual en todo, pero sintonizábamos la misma frecuencia básica.

Y entonces apareció alguien con un silbato.

No fue un golpe, ni una invasión, ni una ruptura evidente. Fue un llamado distinto. Una frecuencia nueva. Más aguda. Más emocional. Más simple. Un sonido que no todos escuchan… pero que quienes lo escuchan, ya no pueden dejar de seguir.

Como en la historia del flautista de Hamelin, el silbato no obliga. No empuja. No amenaza. Seduce. Promete orden, castigo a los culpables, respuestas fáciles, certezas rápidas. Y quienes logran escuchar esa frecuencia empiezan a caminar detrás del sonido sin cuestionar demasiado el camino.

Ahí es donde ocurre la división.

No porque unos sean malos y otros buenos. No porque unos sean inteligentes y otros no. Sino porque ya no estamos escuchando la misma música. Mientras unos siguen oyendo democracia, institucionalidad y límites al poder, otros responden a un llamado distinto, uno que les habla directo al enojo, al cansancio, al hartazgo acumulado.

Y cuando eso pasa, el diálogo se vuelve difícil. Porque no es que no nos entendamos… es que no estamos oyendo lo mismo.

Quienes responden a esa frecuencia alta no sienten que estén abandonando valores. Sienten que, por fin, alguien los escucha. Y en ese acto de sentirse vistos, dejan de cuestionar. No porque no puedan, sino porque el silbato les promete algo más inmediato que la duda: pertenencia, identidad, dirección.

El problema no es que el país piense distinto. Eso siempre ha sido así. El problema es cuando una parte del país deja de cuestionar el sonido que sigue, y otra parte se queda preguntándose qué fue lo que pasó.

No fue que dejamos de creer.

No fue que perdimos los valores.

Fue que dejamos de escuchar todos la misma frecuencia.

Y la historia enseña algo importante: los flautistas no gobiernan para siempre. El sonido cansa. La marcha se agota. Y cuando el ruido baja, muchas personas despiertan preguntándose cómo llegaron tan lejos sin haberse detenido a pensar.

Ahí es donde hace falta algo esencial: calma.

Calma para volver a escucharnos.

Calma para bajar el volumen del silbato.

Calma para recordar cuál era la música que, con todas sus imperfecciones, nos permitía convivir.

Apaciguar el ser interior no es desconectarse.

Es recuperar la capacidad de cuestionar el sonido que seguimos.

Porque cuando volvemos a escuchar con conciencia, el país no desaparece.

El país vuelve a aparecer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio