
Apenas vamos por mitad de semana y siento que algo nuevo está despertando en el país.
El domingo publiqué un artículo sobre las elecciones del 2026, escrito casi como una entrada de diario, sin enojo ni consignas, solo con la intención de hacer conciencia. Lo que ocurrió después me sobrepasó: más de dos mil veces compartido, miles de comentarios, decenas de mensajes de personas que piensan distinto pero que coincidieron en algo esencial: Costa Rica necesita volver a hablarse con amor.
He recibido mensajes del Tribunal Supremo de Elecciones, de medios de comunicación, de chavistas y opositores por igual, todos diciendo lo mismo: ya es hora de bajar el tono, de recuperar la paz, de hacer una campaña diferente.
Y me emociona pensar que, tal vez, esa posibilidad existe. Que debajo del ruido hay un país que sigue vivo, que todavía late.
No, Costa Rica no ha perdido el amor. Solo lo tuvo guardado un tiempo, esperando que lo despertáramos. Y ahora está saliendo de nuevo, tímido pero firme, entre las palabras, entre los abrazos, entre quienes aún creen que la bondad puede ser política también.
Si cada uno de nosotros pone de su parte, si decidimos informarnos, debatir sin ofender, defender sin gritar, esta podría ser una de las elecciones más bonitas de nuestra historia reciente. No importa quién gane: lo que importa es cómo lo hagamos. Porque el resultado de una elección no define nuestra alma, pero la forma en que la vivimos sí.
Los oficialistas, los opositores, los indecisos: todos tenemos algo en común. Amamos este país. Y si cada uno resurge individualmente, resurgiremos como sociedad. Podemos hacerlo.
Podemos exigir debates de altura, respuestas sinceras, propuestas reales. Podemos mirar al otro sin convertirlo en enemigo.
Costa Rica nos ha amado siempre. Nos ha dado paz, nos ha dado montañas, mares, árboles y vida. Nos ha regalado tardes de lluvia, volcanes imponentes y cielos de un azul que no existe en otro lugar del mundo. Nos ha protegido con su clima, con su tierra fértil, con su historia sin ejército y con su gente buena.
Ahora nos toca devolverle ese amor. Decirle: “Te amo, Costa Rica”. Y demostrarlo defendiendo la decencia, la honestidad, el respeto. No con gritos, sino con gestos. No con odio, sino con ternura. Que esta campaña sea distinta.
Que nuestras conversaciones, en las casas, en las calles, en las redes, empiecen y terminen con amor. Porque el amor no es debilidad: es el acto político más poderoso que existe.
Seamos generadores de amor.
Peleemos con amor. Defendamos con amor. Vivamos con amor. Porque este país —nuestro país— nos ha amado siempre. Y ya es hora de amarlo de verdad.