
Esta semana algo hermoso empezó a moverse en el aire. No fue un cambio político ni una noticia grandiosa; fue un cambio de tono. Después de tanto ruido, de tanto enojo, de tanta herida abierta en la conversación nacional, algo empezó a suavizarse. Un mensaje sencillo, una invitación al amor, tocó fibras que muchos creían dormidas. Porque, aunque el país parece cansado, confundido y dividido, no ha perdido su capacidad de amar. Solo la había guardado un tiempo.
Mi artículo anterior, escrito como quien habla desde el alma, se esparció por todas partes. Miles de personas lo compartieron. Algunas desde la Asamblea Legislativa, otras desde sus casas, sus trabajos, sus teléfonos, sus corazones. Lo leyeron personas de todos los partidos, de todas las posturas. Y muchos, incluso quienes no piensan como yo, me dijeron algo que me estremeció: “tenemos que hacer esta campaña con amor”.
Sí, todavía hay esperanza. Todavía hay gente buena en todos los rincones políticos. Gente que quiere construir sin destruir, debatir sin ofender y creer sin fanatizar. Costa Rica sigue siendo un país bueno. Lo sé porque se siente. Está cansada, sí; golpeada, herida por el desdén y la soberbia. Pero debajo de esa costra de enojo late un corazón noble. Un corazón que todavía se emociona con una bandera ondeando, que se detiene frente a un atardecer, que ayuda sin cámaras, que escucha al vecino y que, a pesar de todo, sigue creyendo en la decencia. El amor por el país no se perdió, solo se escondió detrás del ruido. Y es hora de sacarlo otra vez a la luz.
Nos acostumbramos a gritar, a usar el enojo como defensa, a confundir firmeza con agresión. Y de pronto nos descubrimos exhaustos. No solo cansados físicamente, sino espiritualmente: agotados de tanta hostilidad. El ruido no construye, el ruido cansa. El amor, en cambio, tiene una fuerza silenciosa que transforma. Y lo que Costa Rica necesita no es más ruido: necesita más amor consciente, más diálogo honesto, más serenidad activa. Porque el amor también es una decisión política. No el amor romántico o ingenuo, sino el amor que se planta firme y dice: “yo no voy a odiarte, aunque piense distinto”. Ese amor que defiende las ideas sin perder la ternura. El amor que exige respeto sin alzar la voz. El amor que no huye del conflicto, pero tampoco lo convierte en guerra.
Algunos confunden el amor con debilidad, pero amar no es rendirse: es resistir de una forma distinta. Amar al país no es quedarse callado, es levantar la voz con respeto. No es cerrar los ojos ante la injusticia, es abrirlos con compasión. No es huir del debate, es dignificarlo. El amor, cuando se vuelve convicción, se transforma en coraje. Y ese coraje amoroso es el que necesitamos ahora: uno que no destruye, sino que edifica; que no divide, sino que une; que no insulta, sino que propone.
Este mensaje no es para un partido, es para todos. Porque la democracia no es una trinchera, es una casa. Y en una casa no todos piensan igual, pero todos deben sentirse a salvo. Oficialistas, opositores, indecisos, críticos, soñadores: todos vivimos bajo el mismo techo llamado Costa Rica. Y cuando una casa se llena de gritos, nadie puede descansar. Es hora de ventilar el alma nacional, de abrir las ventanas y dejar entrar aire limpio: el aire del respeto, del entendimiento, del amor cívico.
No podemos controlar los resultados de las elecciones, ni los discursos ajenos ni las estrategias de los partidos. Pero sí podemos controlar cómo respondemos. Podemos decidir no replicar insultos, podemos elegir informarnos antes de opinar, podemos proponer debates de altura. Podemos demostrar, con nuestra conducta, que la inteligencia emocional también es una forma de patriotismo. El poder real no está solo en los votos: está en la conciencia de cada ciudadano que decide actuar desde la decencia. El voto es un día; la conducta es todos los días.
Costa Rica nos ha amado siempre. Nos lo demuestra en su clima generoso, en su paz sin ejército, en su diversidad infinita, en sus lluvias y volcanes, en su gente cálida y trabajadora. Ahora nos toca devolverle ese amor. No con discursos, sino con acciones: con cortesía, con escucha, con responsabilidad, con ejemplo. Amemos al país con hechos. Defendamos la democracia con ternura y con coraje. Porque la patria no es un color político; es un latido colectivo.
Que cada conversación sea una oportunidad para sembrar paz. Que cada publicación sea una chispa de conciencia. Que cada debate sea una muestra de madurez. Seamos generadores de amor. Porque el odio ya hizo suficiente ruido. Y el amor, aunque hable más bajo, siempre deja una huella más profunda.