Costa Rica, una bola que rueda cuesta abajo

Alguien me preguntó cómo veo la situación política de Costa Rica. Le respondí con una metáfora que voy a tratar de explicar.

Imaginemos que Costa Rica es una enorme bola. Una bola que hemos construido entre todos, durante generaciones, con nuestras instituciones, nuestras leyes, nuestras garantías sociales, nuestra Constitución y, sobre todo, con nuestra democracia. Un día apareció alguien y dijo: «Yo quiero administrar esa bola». Y un grupo de costarricenses, haciendo uso de su derecho democrático, decidió entregarle su administración. No le entregaron la propiedad, porque Costa Rica no le pertenece a ningún gobernante. Le confiaron, temporalmente, la responsabilidad de cuidarla.

Pero quien recibió la bola decidió ponerla a rodar cuesta abajo. Y lo más sorprendente es que muchos de quienes se la entregaron comenzaron a aplaudir mientras la veían tomar velocidad. Pero ese es otro tema.

Hoy, desde mi perspectiva, Costa Rica es esa bola que rueda cuesta abajo. Cada vez va más rápido y cada vez parece más difícil detenerla. ¿Qué sucederá cuando llegue al fondo? La bola se estrellará y se quebrará. Así termina su recorrido en esta metáfora. ¿Cuánto tiempo tardará en llegar hasta allí? No lo sé.

Sin embargo, hay algo que me llena de esperanza. Dentro de esa bola existe una semilla. Es la semilla de una nueva Costa Rica. Una semilla que contiene lo mejor de nuestra historia, de nuestros principios democráticos, de nuestra institucionalidad y de los valores que permitieron construir el país que conocimos. Cuando la bola se quiebre, esa semilla quedará libre. Pero una semilla, por sí sola, no construye una nación. Alguien tendrá que recogerla, sembrarla, regarla, protegerla y acompañarla durante muchos años hasta verla convertida en un árbol fuerte. Calculo que podrían transcurrir unos treinta años antes de que podamos contemplar una nueva Costa Rica, con raíces profundas, instituciones fuertes y una democracia renovada.

¿Quiénes tendrán esa responsabilidad? Probablemente nuestros niños y nuestros jóvenes. Las generaciones que hoy están creciendo y que mañana deberán decidir qué país quieren construir. Y es precisamente aquí donde quiero explicar el verdadero sentido de Apacigua y sus tres pilares.

El primero es apaciguar. Mientras vemos cómo nuestra Costa Rica rueda cuesta abajo, necesitamos evitar que el miedo, la frustración, la rabia y el enfrentamiento terminen destruyéndonos también como sociedad. Apaciguar no significa resignarse, guardar silencio ni aceptar lo inaceptable. Significa ayudar a las personas a conservar su equilibrio, su capacidad de pensar, de dialogar y de actuar conscientemente, incluso en medio de la incertidumbre.

El segundo es sostener. Sostener a quienes todavía mantienen en pie nuestras instituciones, a los funcionarios públicos que cumplen con su deber, a quienes defienden la Constitución, las leyes y el Estado de derecho. Es acompañarlos, fortalecerlos y ayudar a mantener esa bola dentro de un cauce, tratando de impedir que se precipite al vacío. Porque, aunque esté rodando, todavía hay caminos para intervenir, corregir el rumbo y, quizá, evitar que se estrelle.

El tercero es recuperar. Recuperar nuestra democracia si algún día llegáramos a perderla. Y para eso debemos comenzar desde ahora, educando a nuestros niños y jóvenes, enseñándoles qué significa vivir en una república democrática, para qué sirven las instituciones, por qué existen los límites al poder y cuál es el valor de nuestros derechos y libertades. Necesitamos entregarles las herramientas cívicas, democráticas e institucionales para que, si algún día les corresponde recoger aquella semilla, sepan qué hacer con ella.

Tal vez nosotros no veamos crecer ese nuevo árbol. Tal vez solamente nos corresponda proteger la semilla y preparar la tierra. Pero también existe otra posibilidad: que consigamos detener la bola antes de que se quiebre. Y mientras exista esa posibilidad, tenemos la obligación de intentarlo.

¿Qué podría cambiar el recorrido de la bola?

Pero hay algo más que debemos considerar. Aunque la bola ya está rodando cuesta abajo y su destino será quebrarse, no sabemos cuánto tiempo tardará en suceder. Tampoco sabemos si llegará hasta el fondo de la pendiente.

Porque en el camino podría encontrarse con una piedra, una macolla de zacate o una irregularidad del terreno. Algo que la haga brincar, perder su trayectoria y salirse de la ruta. Entonces, en lugar de continuar rodando hasta el fondo, podría caer a un costado, estrellarse y quebrarse mucho antes. Y ese acontecimiento cambiaría por completo nuestra responsabilidad.

Si la bola se quiebra durante los próximos diez años, seremos nosotros quienes tendremos que recoger sus pedazos, rescatar la semilla, preparar la tierra y comenzar a construir una nueva Costa Rica. Nos corresponderá asumir la reconstrucción democrática e institucional, con todo el esfuerzo, la responsabilidad y los sacrificios que eso significa.

Pero si la bola continúa rodando y se quiebra dentro de diez, quince o veinte años, probablemente serán los jóvenes de hoy quienes tendrán que hacerse cargo de esa tarea. Por eso es tan importante comenzar a prepararlos desde ahora.

¿Y qué podría provocar que la bola se salga de su camino? Muchas cosas. Podría ser un acontecimiento internacional, una participación directa de alguna potencia extranjera en asuntos que afecten a Costa Rica, un enfrentamiento entre quienes hoy controlan políticamente la bola, una eventual operación de organismos internacionales como la DEA, o una actuación decisiva del fiscal general dentro de sus competencias constitucionales y legales.

No estoy afirmando que alguna de estas situaciones vaya a ocurrir, ni que exista un plan en marcha. Estoy señalando que hay factores políticos, judiciales e internacionales capaces de modificar inesperadamente el rumbo de un país.

Incluso podría suceder algo que hoy ninguno de nosotros es capaz de imaginar.

Y aquí es donde cobra todavía más sentido el trabajo de Apacigua. Porque no basta con preparar a las próximas generaciones para reconstruir el país dentro de treinta años. También debemos estar preparados nosotros, por si la bola se sale del camino mañana.

Debemos apaciguar para no perder nuestra capacidad de pensar y actuar con serenidad. Debemos sostener a las personas y a las instituciones que todavía protegen nuestra democracia. Y debemos prepararnos para recuperar lo que pudiera perderse, sin importar cuándo nos corresponda hacerlo.

Porque la semilla de una nueva Costa Rica no puede quedar abandonada al lado del camino.

Alguien tendrá que recogerla.

Y puede que ese alguien seamos nosotros.

¿Qué significaría que la bola se quiebre?

Y cuando digo que la bola terminará quebrándose, tampoco puedo asegurar qué significará exactamente esa ruptura. ¿Será el final del sistema político que hoy dirige nuestro país, mientras nuestras instituciones democráticas consiguen sobrevivir? ¿O será algo mucho más profundo, una fractura de la propia estructura de nuestra República, que nos obligue a reconstruirla desde sus cimientos? No lo sé. Lo que sí sostengo, desde mi manera de observar lo que estamos viviendo, es que la bola ya comenzó a rodar y que terminará quebrándose. Y cualquiera que sea la forma de esa ruptura, habrá una consecuencia inevitable dentro de esta metáfora: la Costa Rica que conocimos nunca volverá a ser exactamente la misma.

Pero existe otro acontecimiento que también podría cambiar el recorrido de la bola. Podría suceder que quienes hoy aplauden mientras rueda cuesta abajo, quienes apoyan a la persona que la puso en movimiento o a quienes actualmente la administran, comiencen a cuestionar lo que está sucediendo. Que reconsideren su posición y comprendan que esa bola también les pertenece, que dentro de ella está su futuro, el de sus hijos y el de todos nosotros. Y que, dejando de lado nuestras diferencias, podamos encontrarnos quienes hoy apoyan al gobierno y quienes ejercemos la oposición, para cambiar juntos el rumbo de Costa Rica por las vías democráticas. Tal vez ese encuentro permita apartar la bola de la trayectoria que lleva, afrontar antes las transformaciones necesarias y comenzar a sembrar la semilla de una nueva República, sin esperar a que el deterioro sea todavía mayor.

Una semilla que quizá ya está germinando

Y existe una posibilidad más que no debemos descartar. Tal vez la semilla de esa nueva Costa Rica ya haya comenzado a germinar, incluso antes de que la bola termine quebrándose. Quizá, mientras unos observan su caída y otros todavía la celebran, haya costarricenses que estén preparando la tierra, cultivando nuevos valores, fortaleciendo su conciencia democrática y enseñando a las nuevas generaciones a construir un país diferente. Porque una nueva República no necesariamente tiene que comenzar el día en que termine la anterior. Puede empezar a nacer mucho antes, silenciosamente, en las ideas, en la educación, en la conciencia y en las acciones de quienes comprenden que el futuro también se construye desde el presente.

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