
Durante meses hemos pasado sugiriendo lo que debería hacer doña Laura Fernández, presidenta de la República. Que debería desmarcarse de don Rodrigo Chaves, que debería liberarse de su influencia, cortar los hilos, independizarse, demostrar autoridad y comenzar a gobernar por sí misma. Hemos construido toda una teoría alrededor de una mujer que, según nuestra interpretación, llegó a la Presidencia de la República convertida en marioneta de su antecesor. Y desde esa misma interpretación hemos elaborado consejos, advertencias, hipótesis y conjeturas, muchas de ellas nacidas de nuestra propia ignorancia sobre lo que verdaderamente sucede detrás de las puertas de Casa Presidencial.
Pero ¿qué pasa si estamos completamente equivocados? ¿Qué pasa si la marioneta no es ella? ¿Qué pasa si, en realidad, estamos frente a una reina?
Hagamos el ejercicio de mirar las cosas al revés. Doña Laura Fernández ganó las elecciones presidenciales con una ventaja considerable sobre su más cercano competidor. Recibió el respaldo de una importante cantidad de costarricenses, asumió constitucionalmente el poder y, una vez instalada en la Presidencia, hizo algo verdaderamente extraordinario: se dejó trabajando a sus órdenes al mismísimo expresidente de la República. No lo mandó a descansar, no lo dejó marcharse a disfrutar de su condición de exmandatario, no lo vimos emprender esa nueva etapa de conferencias, universidades, organismos internacionales y espacios de reconocimiento que otros expresidentes han recorrido. No. Ella lo nombró ministro. Y no de uno, sino de dos ministerios.
Pensemos por un momento en el significado de semejante decisión. Rodrigo Chaves pasó de ocupar la silla más importante del país a convertirse, formalmente, en un funcionario subordinado a quien hasta hacía poco había sido su ministra. El hombre que durante cuatro años dio órdenes, nombró ministros y ejerció la máxima autoridad del Poder Ejecutivo terminó aceptando un nombramiento de su antigua colaboradora. El título de expresidente apenas había comenzado a acompañarlo cuando ya tenía encima el de ministro de la Presidencia y de Hacienda. Y ahí permanece, trabajando bajo una autoridad que constitucionalmente no es la suya.
Nosotros seguimos diciendo que él mueve los hilos, pero observemos algunos detalles. Ella toma decisiones, encabeza las conferencias, viaja sin él y ejerce públicamente su condición de mandataria. Incluso hemos visto momentos en los que lo corrige o le marca límites delante de las cámaras. Y mientras muchos interpretan estas escenas como pequeñas demostraciones de independencia, ¿por qué no considerar que podrían ser sencillamente manifestaciones de una autoridad que ella nunca perdió? Tal vez no está intentando liberarse de nadie. Tal vez nunca estuvo atada.
También sería interesante revisar las trayectorias profesionales de ambos, más allá de la fama, del espectáculo político y del reconocimiento público. Doña Laura no apareció de la nada. Tiene una carrera construida dentro de la administración pública, experiencia en planificación, conocimiento de la estructura estatal y una trayectoria que merece ser analizada por sus propios méritos. Podríamos incluso preguntarnos si no hemos subestimado su capacidad política por dedicar tanto tiempo a observar al hombre que la precedió.
Y aquí aparece la posibilidad más inquietante de todas. ¿Y si ella no está siendo utilizada, sino que está utilizando políticamente la figura de él? ¿Y si comprendió que el liderazgo, la popularidad y la capacidad de movilización de Rodrigo Chaves podían servirle para llegar al poder, mientras ella conservaba la posibilidad de ejercerlo? ¿Y si mantenerlo dentro del gabinete no es una imposición de él, sino una decisión estratégica de ella? No estoy afirmando que así sea. No tengo pruebas para hacerlo. Estoy proponiendo que consideremos una hipótesis que, curiosamente, casi nunca aparece en nuestras conversaciones.
Porque hay algo que no podemos olvidar: la presidenta es ella. Ella ganó las elecciones. Ella recibió el mandato constitucional. Ella nombró a sus ministros. Ella tiene la potestad de destituirlos. Y ella deberá responder ante la historia por las decisiones de su gobierno. Suponer permanentemente que alguien más decide por ella podría terminar convirtiéndose en una manera equivocada de disminuir su verdadera responsabilidad.
Quizás llevamos meses mirando al personaje equivocado. Quizás estamos tan acostumbrados a escuchar la voz de Rodrigo Chaves que no hemos prestado suficiente atención a la autoridad de Laura Fernández. Quizás hemos confundido el protagonismo con el poder, el volumen de la voz con la capacidad de decisión y la popularidad con el mando. Y quizás, mientras nosotros seguimos esperando que una supuesta marioneta corte los hilos que la sujetan, ella observa tranquilamente cómo continuamos subestimándola.
Cuidado, señores. Mucho cuidado. Porque tal vez no estamos frente a una marioneta que necesita liberarse. Tal vez estamos frente a una reina que sabe perfectamente dónde está sentada, quién trabaja para ella y cuánto poder tiene entre sus manos.
Y si así fuera, tendríamos que dejar de preguntarnos cuándo se liberará de Rodrigo Chaves y comenzar a preguntarnos: ¿hasta cuándo Rodrigo seguirá siendo el asistente de quien fuera su subordinada?