Un problema entre manos

Tenemos un problema entre manos, y no va a ser fácil de resolver. No es un problema electoral, ni un problema de encuestas, ni un problema de preferencias políticas. Es un problema emocional, cultural y profundamente humano.

Si doña Laura Fernández llega a la presidencia, quienes estamos en contra del continuismo sabremos inmediatamente que perdimos. Perdiste tú, perdí yo, perdió Costa Rica. No por ella, sino por lo que representa. Por la continuidad de un estilo que ha desgastado a este país, que lo ha dividido, que lo ha vuelto un lugar más tenso, más agresivo, más triste. Serán cuatro años —o más— de sufrimiento emocional, institucional y democrático. Y lo sabemos.

Pero si doña Laura pierde… ahí también tenemos un problema serio.

Porque quienes apoyan al continuismo ya repiten en foros, en grupos y en redes algo peligrosísimo: “si pierde, es fraude”.

¿Y por qué lo creen? Porque eso les han hecho creer.

No lo dicen por maldad. No lo dicen por análisis. No lo dicen por rebeldía.

Lo dicen porque su líder —un hombre iracundo, colérico, profundamente irresponsable con su palabra— les ha repetido, una y otra vez, que el Tribunal Supremo de Elecciones “no es confiable”, que “no es transparente”, que “no es neutral”. Y cuando un líder rompe la fe en la institución que sostiene la democracia, el pueblo se queda sin suelo.

Nosotros, los no chavistas, confiamos en el Tribunal Supremo de Elecciones.

Ellos no.

Y no confían, no porque tengan razón histórica o jurídica, sino porque alguien les robó esa confianza. Alguien se las arrancó para convertir la duda en arma, el miedo en estrategia y la rabia en combustible político.

Ese es el verdadero problema entre manos:

no estamos discutiendo con personas que analizan datos, sino con personas que han sido emocionalmente condicionadas para desconfiar del único árbitro que todos deberíamos respetar.

Cuando la democracia funciona, todos aceptamos el resultado, aunque no nos guste.

Pero cuando un líder destruye la credibilidad del árbitro, el país queda a la deriva.

Hoy no nos enfrentamos a votos.

Nos enfrentamos a emociones manipuladas.

Nos enfrentamos a un sector que cree que perder es imposible… porque así se lo enseñaron.

Y cuando alguien está convencido de que “no puede perder”, cualquier derrota se transforma en conspiración.

Y toda conspiración, tarde o temprano, se transforma en violencia.

Eso es lo que me preocupa.

No el resultado electoral, sino el resultado emocional.

Costa Rica tiene entre manos un problema que no se resuelve con discursos, ni con propaganda, ni con fuerza pública.

Solo se resuelve con algo más difícil: devolverle la confianza a un pueblo herido, confundido y manipulado.

Y esa, es la lucha que estamos dando.

Una lucha por la serenidad, por la verdad, por la institucionalidad…

y por evitar que este país —bendito y frágil— termine pagando con sangre una mentira que nunca debió contarse.

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