
Recientemente leí un comentario en favor del oficialismo que, más que ofrecer un análisis político, parecía un intento de explicar por qué la oposición debería dejar de cumplir una de sus principales funciones dentro de una democracia. No me llamó la atención que defendiera al gobierno; cada ciudadano tiene derecho a hacerlo. Lo que me llamó la atención fue la pobreza argumentativa con la que pretendía convertir opiniones personales en verdades absolutas. Vale la pena detenerse en algunos de sus planteamientos, no para polemizar con quien los escribió, sino para reflexionar sobre la diferencia entre analizar la política y simplemente admirar a quien ejerce el poder.
«Don Rodrigo Chaves es experto en confrontar y salir ganando.»
Aquí encontramos la primera confusión importante. Ganar una confrontación no convierte automáticamente a alguien en un experto. Si por «ganar» entendemos imponerse mediante la descalificación, el insulto, la provocación permanente, el uso del aparato estatal o la repetición constante de un mensaje hasta que domine la conversación pública, entonces no estamos hablando necesariamente de estrategia política. Estamos hablando de una forma de hacer política donde el objetivo deja de ser convencer mediante argumentos y pasa a ser desgastar al adversario. Hay personas que ganan muchas peleas, pero no porque sean mejores peleadores, sino porque están dispuestas a hacer cosas que otros no harían. Confundir ambas cosas es un error de análisis.
«Les pone un anzuelo y ellos siguen dándole el espacio que necesita.»
Este razonamiento parte de una idea profundamente equivocada: que la mejor manera de enfrentar un exceso del poder es guardar silencio. En democracia ocurre exactamente lo contrario. La oposición existe para responder, cuestionar, investigar, denunciar y fiscalizar. Si un presidente hace una afirmación falsa, ataca a otro poder de la República o adopta una decisión que merece escrutinio, el problema no es que alguien responda. El verdadero problema sería que nadie lo hiciera. Callar para no darle protagonismo al gobernante puede sonar estratégico desde la comunicación política, pero resulta irresponsable desde la defensa de las instituciones democráticas.
«Es como en una pelea de calle.»
Y precisamente ahí comienza otro de los errores del artículo. La política no debería compararse con una pelea de barrio. Un presidente de la República no es un boxeador intentando noquear adversarios. Es el administrador temporal del Estado costarricense, sometido a límites constitucionales y al control de los demás poderes de la República. Reducir la política a una competencia para ver quién golpea mejor puede servir como una metáfora atractiva para un discurso emocional, pero empobrece profundamente cualquier intento de análisis serio. La democracia no consiste en derrotar enemigos, sino en administrar diferencias respetando reglas comunes.
«El pueblo, con solo verlos reaccionar, termina dándole la razón a Chaves.»
Llama la atención la facilidad con la que el autor afirma conocer el pensamiento de todo un pueblo. No presenta un solo dato que respalde semejante conclusión. Además, confunde visibilidad con razón. Que un discurso sea visto por miles o millones de personas no significa que esas personas estén de acuerdo con él. Muchas veces vemos aquello que precisamente queremos cuestionar. Otras veces lo hacemos para verificar si realmente ocurrió lo que se comenta. La curiosidad nunca ha sido sinónimo de respaldo, del mismo modo que escuchar un argumento no implica compartirlo.
«Rodrigo Chaves es un mago en este nuevo mundo de la política.»
Tal vez la palabra adecuada no sea «mago», sino «ilusionista». La magia consiste precisamente en lograr que el público mire donde el artista quiere que mire, mientras el verdadero mecanismo permanece oculto. Siempre habrá quienes, fascinados por el conejo que aparece sobre el escenario, terminen convencidos de que presenciaron un milagro. Sin embargo, el análisis político serio no se queda observando el conejo. Se pregunta quién preparó el sombrero, cómo se construyó el truco y qué intención había detrás de toda la puesta en escena. El problema nunca ha sido el conejo. El problema aparece cuando parte del público deja de analizar el mecanismo y comienza a admirarlo.
«Ahora concentran las baterías en el discurso de Rodrigo Chaves en Nicoya. ¿Y sabe qué lograrán? Que el país entero busque el discurso en redes para terminar aplaudiéndolo.»
Aquí aparece otra conclusión presentada como si fuera inevitable. Es muy probable que muchas personas busquen ese discurso. Pero unas lo harán para apoyarlo, otras para criticarlo, otras para verificar qué ocurrió realmente y muchas simplemente por curiosidad. Afirmar que toda persona que vea un video terminará aplaudiéndolo carece de fundamento. Si esa lógica fuera correcta, bastaría con reproducir cualquier contenido para convertir automáticamente a todos sus espectadores en seguidores. La realidad demuestra exactamente lo contrario.
«Lo que más le convendría a la oposición es dejar de pararse en la manguera.»
No. Lo que más le conviene a Costa Rica es tener una oposición responsable, preparada y vigilante. No una oposición silenciosa. No una oposición complaciente. No una oposición que deje de señalar errores por miedo a fortalecer políticamente al gobernante. Una democracia donde la oposición renuncia a fiscalizar por conveniencia estratégica deja de cumplir una de sus funciones esenciales. La fiscalización no es un capricho de la oposición; es una obligación frente a todos los ciudadanos.
«Si insisten en la pelea… siempre va a ganar el gallo giro.»
Las palabras «siempre» y «nunca» suelen ser enemigas del buen análisis. La política cambia constantemente. Cambian las circunstancias, cambian los liderazgos, cambian las prioridades de la población y cambian los resultados electorales. La historia está llena de dirigentes considerados invencibles que terminaron siendo derrotados cuando las condiciones cambiaron. Por eso los absolutos suelen envejecer muy mal.
Existe, además, una contradicción difícil de ignorar. El autor sostiene que la oposición mantiene a Rodrigo Chaves en el centro de la conversación y que eso lo fortalece. Sin embargo, dedica todo su artículo a hablar exclusivamente de Rodrigo Chaves. Es decir, hace exactamente aquello que recomienda no hacer. Si realmente creyera en su propia tesis, habría escrito un artículo sobre propuestas para el país y no uno dedicado a exaltar las habilidades comunicativas del expresidente. Resulta curioso pedir que dejen de hablar de alguien mientras se le dedica cada párrafo.
Reflexión final
La democracia no necesita admiradores del poder; necesita ciudadanos capaces de observarlo con espíritu crítico. No importa quién ocupe la Presidencia de la República. No importa si se llama Rodrigo Chaves, Laura Fernández o cualquier otro nombre. Quien ejerce el poder debe estar sometido permanentemente al escrutinio público, porque esa es la esencia de una República.
Cuando el análisis deja de buscar la verdad y comienza a justificar al gobernante de turno, deja de ser análisis para convertirse en propaganda. Y cuando alguien intenta convencer a la oposición de que fiscalizar fortalece al poder y que, por lo tanto, lo mejor sería guardar silencio, ya no está defendiendo una estrategia política. Está proponiendo, consciente o inconscientemente, una democracia con menos controles. La historia demuestra que los países no pierden sus libertades de un solo golpe; muchas veces empiezan a perderlas el día en que se convence a los ciudadanos de que cuestionar al poder es un error.