
Desde que empezó la campaña, bloquear a quienes llegan con vulgaridad o insolencia ha sido sencillo. No hay mucho que pensar cuando el comentario no busca dialogar, sino provocar. Se elimina, se sigue, y la vida continúa. En muchos casos, además, es evidente que no hay interés real en construir, sino en incomodar desde el anonimato o desde la dinámica del troll que entra, lanza y se va.
Pero hay otra parte que no es tan simple.
Porque no siempre quien incomoda lo hace desde la grosería. A veces llega desde la buena forma, desde la escritura correcta, desde el argumento aparentemente estructurado. Personas educadas, incluso cercanas, que no ofenden… pero que entran a contradecir cada punto, a poner en duda cada línea, a desarmar lo que se plantea no para construir, sino para tensionar el espacio.
Y ahí es donde el asunto se vuelve más delicado.
Porque el desgaste ya no viene del ruido evidente, sino de una fricción constante que, poco a poco, va afectando el equilibrio. No es un ataque frontal, es algo más sutil. Es ese tipo de interacción que obliga a estar a la defensiva, que te saca del centro sin que te des cuenta de inmediato.
Y hoy lo vi con claridad. Me desapacigua. Y eso no lo puedo permitir.
Porque este espacio no nació para competir ideas en un campo de batalla permanente. Nació desde otro lugar. Desde la necesidad de pensar, de observar, de aportar desde la calma. Y si esa calma se pierde, se pierde también la esencia de lo que se está intentando construir.
No todo desacuerdo es sano cuando se vuelve constante y desgastante. No toda contradicción suma cuando viene desde la intención de tensionar, no de comprender. Y no todo intercambio merece sostenerse si empieza a desviar el propósito principal.
Esto no se trata de evitar el diálogo. Se trata de cuidar el espacio.
Porque cuando el fondo de lo que hacés es el apaciguamiento, también tenés que tomar decisiones que lo protejan. Incluso cuando eso implique poner límites donde antes no los habías puesto.
Y a veces, cuidar lo que construís… también significa decidir con quién no seguir conversando.
Y entonces aparece otra capa de esta misma conversación, que también vale la pena poner sobre la mesa.
Algunos insisten en que esto es un tema de libre expresión. Y sí, lo es. Cada persona tiene todo el derecho de pensar, opinar y decir lo que quiera. Eso no está en discusión. Pero también es cierto algo que muchas veces se pasa por alto: la libertad de expresión no convierte cualquier espacio en un terreno sin límites.
Este no es un espacio abierto sin propósito. Este muro tiene un tema, tiene una línea, tiene un norte muy claro. No es improvisado ni reactivo. Es un espacio que se ha construido con intención, con trabajo, con horas detrás de cada texto, y con una responsabilidad asumida de forma voluntaria. Y cuando alguien entra únicamente a poner en entredicho ese trabajo, no desde el aporte sino desde la constante confrontación, eso deja de ser participación… y empieza a ser interferencia.
Porque una cosa es opinar, y otra muy distinta es desviar.
Mis artículos nunca te han dicho qué pensar, qué hacer, por quién votar o cómo actuar. No son instrucciones. No son órdenes. Son una expresión clara de lo que yo observo, de lo que analizo, de lo que creo. Y cada persona, desde su propia libertad, decide cuánto de eso le resuena, cuánto lo cuestiona, o cuánto simplemente deja pasar.
Pero ahí está el punto.
No todo espacio está hecho para ser discutido. Algunos están hechos para ser leídos, sentidos, procesados. Y luego, si no conectan, se sueltan. Sin conflicto. Sin necesidad de convertir cada publicación en un campo de debate constante.
Porque no todo tiene que ser una discusión. A veces, simplemente no es para vos. Y eso también es parte de la libertad.