En estos días he estado oyendo y leyendo una serie de comentarios dirigidos hacia doña Claudia Dobles. No voy a entrar en detalles sobre quién los dice o desde dónde se dicen, porque al final eso no es lo más importante. Lo que sí me llamó la atención es el tono. Un tono que intenta colocarla en un lugar específico: el de la gran perdedora. Y ahí es donde vale la pena detenerse.
Porque perder una elección no convierte automáticamente a una persona en una perdedora. Si ese fuera el criterio, entonces la mayoría de quienes participan en política lo serían. Y no es así. La vida de una persona no se define por un resultado electoral puntual. Hay trayectorias, hay historias, hay procesos personales, académicos y profesionales que no desaparecen porque no se alcanzó un cargo.
Por eso, cuando escucho ese tipo de calificativos, más que describir a la persona señalada, me hablan del interés de quien los emite.
Porque cuando alguien insiste en minimizar a otro, rara vez es solo por lo que ya pasó. Muchas veces tiene más que ver con lo que podría pasar.
Y ahí surge una pregunta que no es acusación, sino observación: ¿por qué seguir hablando de alguien que, según ese mismo discurso, ya “perdió”?
Si realmente fuera irrelevante, el silencio bastaría. Pero no hay silencio. Hay insistencia. Y la insistencia, en política, pocas veces es casual.
No se trata de decir que hay miedo, ni de construir teorías. Se trata de reconocer que, en muchos casos, se intenta definir a una persona antes de que esa persona tenga la oportunidad de definirse por sí misma en el espacio donde ahora le corresponde actuar.
Y eso sí merece atención. No para atacar. No para defender ciegamente. No para caer en bandos. Sino para observar.
Porque la ciudadanía no está para repetir discursos, sino para mirar con criterio. Para escuchar, analizar y formarse una opinión propia basada en hechos, no en etiquetas.
Por eso, más que asumir posiciones adelantadas, tal vez lo más sensato sea algo mucho más simple —y mucho más poderoso—: seguir el trabajo que haga doña Claudia en la Asamblea Legislativa. Ver cómo actúa, qué propone, cómo vota, cómo se comporta en el ejercicio real del poder.
Ahí es donde se construye o se cae cualquier narrativa. No antes.
Y si en ese proceso resulta que hace un buen trabajo, será justo reconocerlo. Y si no, también será justo señalarlo. Pero desde la realidad, no desde el ruido previo.
Porque al final, una democracia sana no se sostiene en etiquetas lanzadas desde lejos, sino en una ciudadanía que observa de cerca, con calma, con criterio… y con responsabilidad.
Y eso, más que cualquier discurso, es lo que realmente marca la diferencia.