Cuando el odio se disfraza de despertar

En estos días me han llegado mensajes preocupados. No desde el enojo, sino desde el desconcierto. Personas que leen comentarios en redes donde se pide que otros “se vayan”, donde se señala con nombre y apellido a familias, a grupos, a ciudadanos comunes que simplemente votaron distinto. Mensajes donde el tono ya no es opinión, sino expulsión. Donde la diferencia empieza a verse como amenaza.

Eso merece ser hablado. No desde el miedo, sino desde la calma.

Cuando termina una contienda intensa, algo queda flotando en el ambiente. Una mezcla de euforia en unos, de dolor en otros, y de tensión acumulada en casi todos. Si ese estado no se regula, si no se procesa, suele buscar salida. Y muchas veces la encuentra en el lugar más fácil: las redes sociales.

Ahí el enojo se amplifica. La indignación se vuelve espectáculo. Y el “nosotros” empieza a definirse por exclusión: los buenos y los que sobran. Ese es un terreno peligroso. No porque alguien piense distinto, sino porque el lenguaje empieza a endurecerse.

He leído llamados a “unirse como pueblo” para enfrentar amenazas reales, como el narcotráfico. El problema no es la preocupación. Esa es legítima. El problema es cuando esa unión se plantea desde la rabia, desde la desconfianza generalizada, o desde la idea de que primero hay que señalar enemigos internos antes de construir algo juntos.

La historia nos ha enseñado que cuando el miedo se mezcla con el odio, se pierde claridad. Y cuando se pierde claridad, se toman malas decisiones. No por maldad, sino por saturación emocional.

Apaciguar no significa callar los problemas. Significa hablarlos sin incendiar. Significa entender que Costa Rica no se cuida expulsando a quienes piensan distinto, sino aprendiendo a convivir sin deshumanizarnos. La democracia no se fortalece cuando se grita más fuerte, sino cuando se baja el volumen lo suficiente para poder escuchar.

No todo mensaje que dice “unámonos” une de verdad. A veces une desde el miedo. A veces une contra alguien. Y eso no construye comunidad; construye bandos.

Hoy más que nunca necesitamos recordar algo simple pero profundo: nadie sobra en este país. No sobra el que votó distinto. No sobra el que está confundido. No sobra el que tiene miedo. Cuando empezamos a pedir que otros se vayan, algo se rompe por dentro antes de romperse afuera.

Este no es un llamado a la ingenuidad. Es un llamado a la responsabilidad emocional. A no dejarnos arrastrar por el clima de redes. A no convertir la frustración en desprecio. A cuidar el lenguaje, porque el lenguaje crea realidad.

Si sentimos enojo, revisémoslo. Si sentimos miedo, nombrémoslo. Pero no usemos eso para levantar muros entre nosotros. El país que queremos no se construye expulsando, sino sosteniendo diferencias sin odio.

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