La historia de las fotos con “los chicos lindos”

En medio de la algarabía y las ilusiones del primero de febrero, después del dolor y de esos días de luto silencioso que siguieron a los resultados, hay una historia que no conté. Tal vez porque parecía menor frente a todo lo que estaba pasando, o tal vez porque necesitaba reposarse un poco antes de ser dicha. Es la historia de las fotos con “los chicos lindos”.

Ese domingo en la mañana fui a votar temprano y me quedé un rato en la escuela. Saludé a gente conocida del barrio y a otras personas que me conocían de las redes. Entre ellas, una magistrada que se detuvo a saludarme con cariño. Fue un momento sencillo, pero significativo. De esos que te recuerdan que el vínculo humano existe más allá del ruido.

Después fui a una iglesia que no conocía. Me habían invitado directamente y me pareció un buen momento para jugar a ser candidato sin candidatura, para armarme una agenda de actividades “proselitistas” ese día. Un par de días antes me habían dicho que, si podía, llegara con camiseta blanca, porque esa era la consigna que andaba circulando en redes. Les dije que sí. Lo que no les dije es que esa consigna había salido de mí, así que llegaría tan blanco como una paloma.

De la escuela regresé a casa para darle desayuno a mi mamá, luego fui a la iglesia y volví otra vez para llevarla a votar. Fue un día especialmente bonito. Desde hace un tiempo, casi siempre que salgo alguien que no conozco me saluda. El día del debate de Canal 7 la gente me pedía selfies en la calle y me saludaba desde los carros. En la escuela, el día de las votaciones, pasó algo muy parecido. Y fue igual de hermoso.

Todo eso yo se lo cuento a mi mamá. Ella parece disfrutarlo, aunque no lo haya vivido directamente. Se lee los comentarios bonitos que ustedes dejan en mis artículos y los siente como propios. Así que fuimos a votar y, al regreso, pasaríamos por algo de comida para almorzar ya tarde.

Estando en la escuela, mi mamá fue testigo de todas esas muestras de cariño. La gente me saludaba a mí y la felicitaba a ella por mí. Perdónenme la vanidad, pero lo cuento desde lo que ella vivió. Por eso decidí que nos quedáramos un rato más, para saludar gente y para que ella también viviera la fiesta.

De pronto vimos una masa de gente moviéndose lentamente de este a oeste por la acera. Alguien dijo que ahí venía Carlos Alvarado. Era imposible saludarlo. Mucha gente, mucha prensa. Solo nos corrimos para que pudiera entrar a la escuela.

Yo me he escrito con él, pero no nos habíamos visto en persona. Iba a dejarlo pasar, pero en un impulso pensé que podía usar mi “caudal político” mientras estaba acuclillado junto a mi mamá. Me puse de pie, me elevé de puntillas por encima de la masa y grité: “¡Carlos!”. Mi voz es fuerte, soy alto y fue casi un grito. Él giró la cabeza, seguramente pensando que era alguien que lo conocía o algún insolente.

Cuando nos vimos a los ojos, le dije mi nombre. Sonrió y extendió la mano para saludarme. Entonces le dije que no me saludara a mí, sino a mi mamá. Se salió del grupo, caminó un par de metros y llegó hasta donde ella estaba. Fue un momento muy bonito y muy emotivo. Y sí, también fue hermoso ver a un expresidente cercano, amable y sin seguridad.

Nos quedamos un rato más. No recuerdo si Carlos ya se había ido cuando ocurrió algo parecido, esta vez de oeste a este, pero por media calle. Venía caminando Álvaro Ramos, con un tumulto similar. Ese parecía más difícil. Él pasaría directo hasta la entrada del centro de votación y nosotros estábamos en la acera. Pensé que no valía la pena molestarlo y me di por pagado.

Pero apareció otra vez esa idea mezquina y ambiciosa de usar el caudal político. Y la usé.

Me acerqué a la calle, por el anillo exterior del grupo que lo acompañaba. No grité. Extendí el brazo con el dedo índice levantado y capté su atención. Jalé el dedo hacia mi cara y su mirada chocó con la mía. Sin emitir sonido alguno, moviendo apenas los labios, le dije: “mi mamá está en la acera, justo allá”.

Álvaro levantó y extendió su brazo. Yo hice lo mismo. Nos tomamos de las manos. Se aferró a mí y se jaló usándome de palanca. El círculo se rompió. La gente se abrió. Le hicieron un túnel desde el centro de la calle hasta la acera, unos cinco metros que caminó sin tropiezos, sin frenos, ante la mirada expectante de todos. Se acuclilló junto a ella, le tomó las manos y le conversó unos segundos.

Perdón por extenderme en algo tan personal. Tenía que ser contado. Y, sobre todo, porque mi mamá va a leer todos los comentarios.

Je je.

Cuidado con lo que me dicen.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio