
Hay errores que parecen pequeños hasta que uno recuerda lo que representan las cosas. Y la banda presidencial de Costa Rica no es un simple pedazo de tela. No es un accesorio decorativo. No es un detalle menor dentro de una ceremonia elegante. Es uno de los símbolos más visibles de la institucionalidad democrática del país. Representa continuidad republicana, historia, legalidad, transición de poder y respeto por una nación entera. Por eso llama tanto la atención lo que ocurrió con la banda utilizada por la presidenta Laura Fernández.
Según las mismas artesanas entrevistadas por Teletica.com, ellas decidieron modificar las proporciones tradicionales porque la presidenta “es muy delgadita”. Explicaron que cada línea de la bandera medía dos centímetros, para un total de diez, cuando históricamente las bandas anteriores tenían quince centímetros. Y ahí aparece un detalle que no es solamente técnico, sino profundamente simbólico: la bandera de Costa Rica no tiene franjas iguales. La roja es del doble de ancho de las demás. Esa diferencia no es un capricho estético. Forma parte oficial del diseño nacional.
Entonces inevitablemente surge la pregunta: ¿cómo ocurrió esto?
Porque estamos hablando de una pieza que pasa por manos institucionales, protocolarias y oficiales. No de una manualidad improvisada para una actividad escolar. Y sin embargo, la explicación pública termina siendo algo parecido a: “la hicimos diferente porque ella es delgadita”. Y aunque uno entiende el cariño, el cuidado y hasta la intención estética detrás de la decisión, también queda una sensación extraña. Como si poco a poco empezáramos a relativizar incluso los símbolos más básicos del país en nombre de lo práctico, lo visual o lo personal.
Y quizá eso es lo que inquieta de fondo. No la costura en sí. No las señoras. No el error humano. Sino esa sensación creciente de que Costa Rica empieza a perder solemnidad institucional en pequeños detalles constantes que, individualmente, parecen menores, pero juntos terminan construyendo otra cosa. Una especie de desgaste lento del respeto por las formas, por los protocolos, por los símbolos compartidos.
Porque los símbolos importan. Muchísimo más de lo que la gente cree.
Importan porque sostienen identidad. Porque generan continuidad emocional entre generaciones. Porque le recuerdan al país que hay cosas que no dependen del gobierno de turno, ni del gusto personal de quien ocupa el cargo. La bandera nacional no cambia porque una presidenta sea más alta, más baja, más delgada o más robusta. Precisamente ahí está la fuerza del símbolo: en que trasciende a la persona.
Y curiosamente, la propia entrevista transmite algo muy humano y muy costarricense. Se siente el esfuerzo genuino de dos mujeres trabajadoras, orgullosas de su oficio, dedicando horas interminables a bordar detalles diminutos con cariño y concentración. Uno puede incluso enternecerse leyendo cómo hablaban de los granos de café bordados en relieve y de las madrugadas trabajando. El problema no son ellas. El problema es el sistema alrededor que debió revisar algo tan básico y no lo hizo.
Porque cuando las instituciones dejan de cuidar los símbolos, empiezan a enviar mensajes sin darse cuenta. Y aunque algunos dirán que esto es irrelevante frente a los problemas reales del país, yo creo que precisamente los pequeños detalles suelen revelar el estado emocional de una nación. Las sociedades que todavía creen en sí mismas suelen cuidar sus rituales, sus símbolos y sus formas. No por rigidez. Sino porque entienden que hay cosas que ayudan a sostener la idea colectiva de país.
Y tal vez por eso este tema ha generado tanta conversación. No porque la gente esté obsesionada con centímetros de tela. Sino porque, en el fondo, muchos sienten que Costa Rica atraviesa un momento donde todo parece empezar a perder precisión institucional al mismo tiempo. Como si lentamente fuéramos entrando en una etapa donde “más o menos” empieza a sustituir el cuidado profundo de las cosas.
Y cuando eso pasa, no solo se deforma una banda presidencial.
También empieza a deformarse la relación emocional entre un país y sus propios símbolos.