El presidente Rodrigo Chaves ya va de salida. Su mandato concluye en el 2026 y, en esta democracia que todavía se respeta, no puede ser reelecto de manera consecutiva. Eso significa algo muy concreto: tendrá que abandonar el cargo en la fecha establecida, y será el Tribunal Supremo de Elecciones —no una consigna, no una encuesta, no una red social— quien declare a la persona que asumirá la Presidencia de la República.
Las posibilidades de que el presidente actual regrese al siguiente gobierno en algún cargo formal parecen, al menos desde lo institucional, bastante remotas. Por eso, en términos prácticos, debería ser momento de empezar a mirar hacia adelante y dejar atrás su figura. Sin embargo, resulta difícil olvidarlo del todo cuando, según la percepción pública y mi propia lectura, sigue participando activamente en el clima político, enviando mensajes, marcando agenda y manteniendo una presencia que se asemeja más a campaña que a cierre de ciclo.
En ese nuevo escenario aparece doña Laura Fernández, candidata del oficialismo, aunque no por el mismo partido. Ella misma se ha declarado candidata del continuismo, y ahí es donde, a mi juicio, debería concentrarse ahora la atención ciudadana. No en la figura que se va, sino en la figura que pretende heredar una forma de gobernar. Al compararla con otros candidatos que se oponen al continuismo, resulta evidente —en mi opinión— una diferencia importante en preparación, desenvolvimiento público y experiencia en escenarios de debate. Su ausencia en debates y su estilo más limitado contrastan con perfiles que han demostrado mayor solidez técnica y política.
Aun así, sería un error subestimarla. Su nivel de apoyo no nace necesariamente de su trayectoria personal, sino de la popularidad que conserva el presidente saliente entre una parte del electorado. Esa transferencia simbólica de apoyo existe, aunque no sea mérito propio, y por eso mismo la convierte en una figura políticamente relevante y potencialmente peligrosa si no se la analiza con seriedad.
También se han planteado temores sobre una eventual continuidad real del poder detrás del trono. Yo, en lo personal, no lo doy por sentado. Incluso cabe la posibilidad de que, llegado el momento, ella actúe con autonomía y tome distancia de quien hoy la impulsa. La política está llena de giros inesperados y de lealtades que cambian. Pero eso no elimina la necesidad de vigilancia ciudadana.
Lo que sí tengo claro es que ahora corresponde observarla a ella. Escuchar con atención lo que propone, analizar lo que dice que va a hacer, y contrastarlo con lo que no se hizo cuando tuvo poder e influencia. Muchas veces, los discursos de futuro son también confesiones involuntarias del pasado. Y eso merece una lectura crítica, sin fanatismo, pero sin ingenuidad.
El reto que viene no es menor. Derrotar al continuismo no se trata de borrar a una persona, sino de cuestionar una forma de ejercer el poder, un estilo de relación con las instituciones y una manera de entender la democracia. Seguiremos observando, analizando y pensando. Porque si algo ha quedado claro en este proceso, es que Costa Rica no se defiende sola: se defiende con ciudadanos atentos, críticos y dispuestos a no delegar su conciencia.
