
I – El valor de lo que no importa
Esta mañana no amanecí mal, pero tampoco bien. Fue uno de esos despertares donde el cuerpo se mueve por inercia, mientras el alma aún no decide si quedarse en el mundo o tomar un atajo por la nostalgia. Sentí el impulso —o quizás la obligación— de seguir ordenando los discos duros de mi computadora. Seis terabytes de datos. Seis terabytes de vida fragmentada, comprimida, almacenada con cuidado, como si eso pudiera sostener el paso del tiempo.
Fotografías de viajes, de amigos, de fiestas, de tardes con luz cálida, de noches con risas o con llanto. Carpetas con nombres como “México 2017” o “Tarde con Gabi”, y otras más crípticas, como “para no olvidar esto” o “borrador finalísimo”. Ahí están todas esas versiones de mí que intenté guardar para luego, como si un día alguien —quién sabe quién— las fuera a abrir y entender. Pero no. Lo sé. El día que me vaya de este mundo, nadie va a revisar esos discos.
A nadie le interesa tanto registro. Nadie va a abrir cada archivo, buscar significados, reconocer las voces que quedaron grabadas, las risas que se filtraron en los audios. Nadie va a escarbar entre los miles de correos electrónicos que intercambié en la última década. Nadie va a buscar entender los apuntes que escribí con desesperación a las dos de la mañana, los párrafos de libros que no llegué a publicar, o las notas sin título que dejé escondidos en una carpeta llamada “basura emocional”.
Y entonces me doy cuenta de algo que no duele, pero pesa: Todo esto que guardo, que ordeno, que cuido… no le interesa o le interesará a nadie.
También pienso en mis acuarelas. Hay más de quinientas, todas originales, todas hechas en momentos distintos, con colores distintos, con emociones que no siempre supe nombrar. Algunas nacieron del silencio, otras del dolor, algunas de la alegría pura de ver una flor o una cara amiga. Están guardadas con cuidado en un depositario, clasificadas, como si un día alguien viniera a reclamarlas. Si hiciera el cálculo económico, doscientos cincuenta dólares por cada una darían unos ciento veinticinco mil. Pero ese cálculo es ridículo. ¿Quién va a comprarlas? ¿Quién va a querer empezar a vender arte de alguien que ya no está? ¿Quién se va a encargar de hablar por mí cuando ya no esté para decir: “esto lo pinté un martes, pensando en mi padre”?
Las cosas que he creado —libros, cuadros, fotos, textos, canciones, memorias, cartas que no envié— quedarán ahí. En una caja, en una bodega, en un disco duro. O peor: podrían terminar en la basura por alguien que, con toda lógica, decida que ya es hora de limpiar.
Y no los culpo. Porque yo también he vaciado casas, he tirado recuerdos ajenos, he mirado objetos sin historia y los he dejado ir. Porque sin el vínculo emocional, un retrato es solo un papel; un texto, solo letras; una acuarela, solo una mancha de color sin contexto.
Y entonces me enfrento a la pregunta: ¿Tiene sentido todo lo que he creado, si al final nadie lo verá, nadie lo guardará, nadie lo honrará?
Por mucho tiempo pensé que el legado era algo que uno construía para los otros. Para que alguien dijera “esto lo hizo Vinicio” y sintiera algo. Pero ahora no estoy tan seguro.
Quizás el legado no es lo que dejamos. Quizás el legado es lo que fuimos mientras lo hacíamos. Lo que nos transformó a nosotros, aunque nadie lo conserve.
II – El acto secreto de seguir creando
Quizás crear no sea una manera de trascender, como tanto nos lo han hecho creer. Tal vez no sea una manera de dejar huella, ni de construir futuro, ni de preservar legado. Tal vez no tenga que ver con el otro. Tal vez crear es apenas una manera de sostenerse. De respirar un poco más profundamente. De poner en orden lo que adentro está en desorden.
Hay algo profundamente tierno en pintar una acuarela que nadie verá, en escribir un poema que nadie leerá, en guardar una fotografía que no será compartida. Hay un acto de cuidado allí, de presencia pura. Es como regar una planta en la madrugada, no porque alguien te lo haya pedido, sino porque sabés que esa planta —como vos— necesita ese gesto silencioso para seguir viva.
He creado en la oscuridad muchas veces. He escrito para no volverme loco. He pintado para perdonarme. He fotografiado porque el mundo, en ciertos instantes, ha sido demasiado hermoso como para no intentar retenerlo. Nunca fui del todo consciente de que estaba creando un “legado”. No. Estaba apenas sobreviviendo. Estaba apenas respirando más despacio. Estaba haciendo espacio para mí dentro del caos.
Y eso es lo que quizás no ve nadie desde afuera. Que cada trazo en mis acuarelas no fue una apuesta por la posteridad, sino una forma de reconciliarme con el presente. Que cada línea escrita en mis cuadernos fue una conversación que necesitaba tener conmigo mismo. Que muchas veces el arte me salvó sin que nadie se diera cuenta.
Entonces, sí, puede que todo lo que he hecho termine en una bodega. Puede que nadie lo herede, que nadie lo catalogue, que nadie lo exhiba. Pero eso no significa que no tuvo sentido.
Porque la belleza, cuando nace, ya cumplió su función. No necesita ser recordada.
No necesita ser validada. Solo necesita haber sido vivida.
Crear es una forma de oración, aunque no haya templo. Una forma de danza, aunque no haya música. Una forma de amar, aunque no haya testigo.
Y ahora que lo veo con más distancia, entiendo que todo este esfuerzo por guardar, por ordenar, por clasificar, quizás fue también una manera de protegerme del olvido. Como si al dejarlo todo listo, alguien pudiera un día decir: “Esto fue importante.” Pero… ¿y si el único que tenía que decir eso era yo?
Si yo supe que fue importante. Si yo lo sentí. Si yo lo viví. Entonces, tal vez, eso es suficiente.
III – Mi propósito era la alegría
Hay un momento que me marcó sin hacer ruido. Fue en Egipto. El sol caía lento sobre el desierto africano. El cielo tenía ese color que no existe en las paletas de pintura, un dorado que era más que luz, era memoria. Estaba ahí, mirando el horizonte, y de pronto lo supe.
Ese era mi propósito de vida: ser felicidad de exportación.
Lo decidí sin mucha ceremonia, pero con total claridad: que cada persona que estuviera conmigo, aunque fuera un rato, se fuera un poco más feliz de lo que llegó. No necesitaba cambiar vidas, ni iluminar caminos eternos. Solo quería dejar un rastro de alegría, aunque fuera breve. Una sonrisa. Una ligereza. Una sensación de ternura o de alivio.
Y por mucho tiempo creí que eso solo podía hacerse en presencia. Con palabras, con abrazos, con un café bien servido. Con una conversación. Con una mirada que sostuviera. Pero ahora empiezo a sospechar que… tal vez puedo ir más lejos.
Tal vez esa alegría también puede viajar en mis letras. Tal vez puede ir envuelta en un libro, en un poema, en un ensayo. Tal vez mis acuarelas, colgadas en casas donde nunca he estado, puedan provocar un instante de belleza, de calma, de color inesperado.
Tal vez esa felicidad que intenté entregar en persona ahora pueda convertirse en algo más amplio: una alegría que no necesita que yo esté presente para ser compartida.
Y entonces todo esto cobra otro sentido. Mis libros no deben ser privados, ni cerrados, ni protegidos. Deben poder compartirse, como se pasa una historia entre amigos. Mis acuarelas no deben dormirse en mi bodega. Deben colgarse en casas, en oficinas, en consultorios, en rincones luminosos o tristes. En donde hagan bien. En donde suavicen algo.
Quizás —y solo quizás— mi verdadero propósito no era simplemente alegrar a quien me tuviera en frente. Quizás mi propósito es seguir alegrando, incluso cuando no esté. Y entonces, los libros se vuelven cartas. Las acuarelas, ventanas. Las palabras, abrazos sin cuerpo.
No sé si este sea el propósito final. Pero sé que se parece mucho a lo que siento cuando doy algo con el corazón. Y si eso queda… si eso viaja… si eso transforma…
Entonces todo habrá tenido sentido.
IV – Lo que haré antes de irme
Entonces, si ya entendí que todo lo que he hecho probablemente no importe cuando me haya ido… Si ya asumí que nadie revisará mis discos duros, ni buscará mis correos, ni enmarcará mis acuarelas por amor al arte… Si ya acepté que mi legado no será un monumento, sino una estela fugaz que se disolverá en la vida de quienes me amaron… Entonces me queda solo una cosa por hacer: soltarlo todo mientras aún estoy aquí.
No quiero que mis libros se apilen como escombros en cajas selladas. Quiero regalarlos. Uno a uno. A quien los quiera, a quien los reciba, a quien los necesite, aunque aún no lo sepa. Quiero dejarlos en cafés, en sillas de espera, en casas ajenas, en bibliotecas pequeñas. Que caminen. Que respiren. Que vuelen sin mí.
Tampoco quiero que mis acuarelas mueran en un depositario. Quiero que vivan en paredes ajenas. Que acompañen cenas, que escuchen conversaciones, que sean testigos de nuevas vidas. No me interesa si valen trescientos dólares, cien, o nada. Quiero que lleguen a casas donde hagan bien. Donde alguien las mire una mañana y sienta que hay algo hermoso en este mundo, aunque no sepa quién la pintó.
Quiero regalar mis pensamientos también. Los que escribí y los que aún no. Los que están en notas sueltas, en libretas, en mensajes que nunca envié. No porque crea que son grandes ideas, sino porque tal vez alguien, un día, lea una línea y se sienta menos solo. Si eso ocurre, ya habrá valido la pena.
Y las fotografías… Ah, las fotos sí me las quedo un poco más. Porque todavía me gusta verlas. Todavía me conmueve recordar. Todavía me reconcilio con lo vivido cuando veo esas imágenes. Y mientras siga caminando por estas tierras de Dios, quiero darme el regalo de mirar atrás con ternura. No para quedarme ahí, sino para seguir andando, sabiendo de dónde vengo.
No quiero irme con miedo a que nadie guarde lo que fui. Quiero irme tranquilo de haber compartido lo que amé. No quiero que la muerte me encuentre aferrado a cajas. Quiero que me encuentre liviano, generoso, suelto.
Y entonces ya no me preocupa tanto si lo que hice importa o no. Porque habrá importado hoy. Porque me importó a mí. Porque lo viví en presente, no esperando un futuro que no me pertenece.
Ese será, quizás, mi verdadero legado: haber vivido todo esto con los ojos abiertos, con el corazón dispuesto y con las manos llenas de cosas que ya no tengo miedo de entregar.
V – Si has leído hasta aquí, te merecés un pedacito de mi historia
No escribí esto para causar nostalgia, ni para llamar la atención. Lo escribí porque comprendí algo fundamental: todo lo que tengo vale más si lo comparto mientras estoy vivo. No cuando ya no esté. No cuando sea tarde. Ahora.
Por eso he decidido comenzar a regalar. A soltar con sentido. A entregar con amor y con reglas claras. Porque dar no es deshacerse, y recibir no es acumular.
¿Querés alguno de mis libros?
Están disponibles. Algunos en mi página web, otros en mi perfil de Amazon. Todos en versión digital. Si te interesa alguno, escribime. Te lo regalo con mucho gusto, y te lo firmo digitalmente, como quien deja un trazo, una huella, una complicidad.
Pero te pido algo: que lo leas. Que no lo archivés en una carpeta más. Que no lo dejés para “después”. Leelo con tiempo, con amor, con presencia. Leelo como si estuviéramos conversando vos y yo.
Y una vez que lo terminés —y solo entonces—, podés pedirme otro. Y después otro. Y otro más. Cada libro es un puente. Pero no se cruzan todos de golpe: se caminan, uno por uno. Como la vida.
¿Querés una de mis acuarelas?
Esa parte es un poco más íntima. Más delicada. Más especial.
Tal vez en una primera etapa, voy a regalar mis acuarelas a mis estudiantes de arte.
A estos “chicos y chicas” de almas jóvenes —tan jóvenes todavía— que no solo disfrutan lo que he creado, sino que creen en mí. Que me valoran como artista, pero también como guía. Que vienen semana tras semana a mi taller, confiando en que tengo algo que ofrecer. A ellos les debo gratitud, inspiración, entusiasmo. Y por eso, ellos serán los primeros en recibir una parte de mi obra. No como alumnos, sino como herederos del espíritu con que fue pintada.
Simultáneamente, vendrá el momento de compartirlas con mis amigos. Con los cercanos. Con quienes han estado, con quienes me han amado, acompañado, sostenido.
Pero hay una condición: Si querés una de mis acuarelas, debés comprometerte a enmarcarla en un plazo máximo de un mes.
Porque no quiero que viva en un rincón, ni en un sobre, ni en una bodega distinta a la mía. No quiero que quede olvidada en una repisa o detrás de un mueble. Eso sería lo mismo que dejarla donde está ahora.
Si vas a recibirla, dale un lugar. Dale pared, luz, mirada. Dale contexto. Dale amor.
Porque esta decisión no es solo para mí. Es también una invitación para vos: a no guardar lo que merece ser vivido. A no aplazar lo que puede ser disfrutado ahora. A no perderte la oportunidad de estar presente con algo que nace del alma.
Si has leído hasta aquí, ya sos parte de esta historia. Y si querés llevarte algo de lo que soy, escribime. Y si querés compartirlo con otros, hacelo. Porque mientras sigamos dando y recibiendo con el corazón abierto, ninguna obra quedará verdaderamente sola.
Epígrafe final
No escribí esto como una despedida.
Al contrario.
Lo escribo para sostener, aunque sea por un momento, la inmortalidad.
O por lo menos, la ilusión de que algo de mí seguirá vibrando en lo que dejo.
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