Cuando el ruido intenta reemplazar a la República

Triste ver cómo algunos costarricenses comienzan a inclinarse hacia el discurso vulgar, hacia la descalificación fácil, hacia ese tono agresivo que poco a poco intenta reemplazar el diálogo por el grito. Lo más preocupante no es solo la vulgaridad del lenguaje, sino el tipo de ideas que vienen acompañándolo. Hoy vemos con demasiada frecuencia a personas defendiendo ataques directos contra nuestras instituciones, celebrando que se agreda verbalmente a los poderes de la República, sembrando dudas sobre la legitimidad del Tribunal Supremo de Elecciones, atacando emisoras de radio, desacreditando la Sala Constitucional de Costa Rica, cuestionando la propia Constitución Política de Costa Rica, y disparando críticas destructivas contra instituciones como la Contraloría General de la República. Como si eso fuera poco, también se empieza a escuchar con naturalidad el desprecio hacia los agricultores del país, y ahora incluso aparece un discurso que empieza a justificar conflictos bélicos, hablar de “paz por la fuerza” o normalizar la idea de acuerdos militares en un país que históricamente ha construido su identidad alrededor de la paz.

Cuando uno observa todo eso junto, a ratos la sensación es abrumadora. Hay momentos en los que pareciera que el virus del odio y de la confrontación se ha expandido demasiado rápido, tocando demasiados espacios al mismo tiempo. Uno abre redes sociales, escucha algunas conversaciones públicas o revisa ciertos comentarios y la impresión es que el clima del país se ha vuelto áspero, tenso, saturado de resentimiento. Y en medio de ese ambiente, no es extraño que por momentos aparezca una tentación peligrosa: tirar la toalla, retirarse del debate, dejar que el ruido siga su curso.

Pero no lo vamos a hacer.

Porque rendirse frente a ese clima sería exactamente lo que ese clima busca provocar. Cuando la vulgaridad domina el espacio público, lo primero que intenta expulsar es la serenidad. Cuando el insulto se vuelve rutina, lo primero que intenta callar es la reflexión. Y cuando la política se llena de gritos, lo que intenta desaparecer es precisamente la voz de quienes quieren discutir con argumentos y no con rabia.

Por eso vamos a intentar más. Un poco más.

Y lo vamos a hacer principalmente desde el espacio que hemos construido con Apacigua tu ser interior. No porque creamos ingenuamente que todo se resuelve con palabras suaves, sino porque creemos que el país necesita recuperar algo que se está perdiendo: el tono, el equilibrio, la capacidad de discutir sin destruirnos y la capacidad de defender las instituciones sin caer en el fanatismo ni en la agresión permanente.

Apaciguar no significa quedarse callado. Apaciguar tampoco significa aceptar todo. Significa hablar desde la serenidad cuando otros quieren imponer el caos. Significa sostener la conversación cuando otros quieren romperla.

Y aquí quiero decir algo con mucha honestidad.

Durante mucho tiempo me he resistido —con bastante modestia— a aceptar una afirmación que varias personas han repetido en distintos espacios. Algunos analistas, observadores y personas que siguen de cerca la política nacional han señalado que gracias al movimiento Apacigua tu ser interior se logró influir en el clima político de tal forma que entre dos y tres diputados democráticos terminaron llegando a la Asamblea Legislativa.

Durante mucho tiempo me negué a asumir eso como un logro propio. Me parecía exagerado. Me parecía injusto atribuirle al movimiento un resultado que siempre es producto del esfuerzo de muchas personas, de muchos ciudadanos y de muchos factores que se cruzan en un proceso electoral.

Pero cuando uno empieza a escuchar lo mismo una y otra vez —no en conversaciones casuales, sino en foros serios, en análisis políticos y en boca de personas que saben muy bien de lo que están hablando— llega un momento en que uno tiene que abrirse a la posibilidad de que algo de eso sea cierto.

Y si lo es, entonces hay algo que vale la pena reconocer con serenidad.

El esfuerzo sí valió la pena.

Porque a veces no se trata de ganar todo. A veces se trata de evitar que se pierda todo. Y si entre todo lo que se hizo, se dijo y se trabajó logramos ayudar a que dos o tres voces democráticas llegaran a la Asamblea Legislativa, entonces el camino recorrido ya tiene un sentido profundo.

Eso no es arrogancia.

Eso es reconocer que incluso los esfuerzos ciudadanos, cuando se hacen con convicción, pueden mover pequeñas piezas en el tablero de la historia. Y a veces esas pequeñas piezas terminan siendo más importantes de lo que imaginábamos al principio.

Y sí, repito: no ganamos todo; pero logramos no perderlo todo.
Y hay semillas que germinarán luego de este incendio.

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