Cuando la conversación se pierde… y lo que eso dice de nosotros

Hay algo que me viene llamando la atención desde hace tiempo, pero que en estos días se volvió especialmente evidente. No tiene que ver con quién gana una elección, ni con qué partido obtiene más votos, ni siquiera con cuál visión de país logra imponerse en las urnas. Tiene que ver con algo más sutil, pero también más determinante: la manera en que estamos conversando. Porque una cosa es debatir ideas con apertura, con intención de comprender al otro, y otra muy distinta es cambiar el sentido de lo que se dijo para poder ganar una discusión que, en realidad, nunca se quiso tener de forma honesta.

En los últimos días publiqué un texto que no hablaba de resultados electorales, ni cuestionaba la legitimidad del voto, ni pretendía descalificar a quienes tomaron una decisión en las urnas. Hablaba de otra cosa. Hablaba del tono del país, de la forma en que nos tratamos, de ese deterioro silencioso que no aparece en los porcentajes, pero que se siente en la convivencia diaria, en las redes sociales, en las conversaciones familiares y en la manera en que cada vez más personas se relacionan desde la reacción antes que desde la reflexión.

Sin embargo, la respuesta que vino —y que no es un caso aislado, sino parte de una tendencia creciente— no fue sobre ese tema. Fue una defensa numérica, una reafirmación de mayorías, un recordatorio insistente de que “el pueblo decidió”, como si ese hecho, por sí solo, bastara para invalidar cualquier reflexión sobre lo que ocurre después de la elección. Y ahí es donde vale la pena detenerse, no para discutir quién tiene la razón, sino para observar con más cuidado qué tipo de conversación estamos teniendo.

Porque cuando alguien habla del clima emocional de un país y la respuesta es un dato electoral, no estamos frente a un desacuerdo real, sino frente a un cruce de planos. Son dos conversaciones distintas que no se encuentran, pero que se presentan como si una anulara a la otra. Y no es así. Una democracia puede ser plenamente legítima en sus resultados y, al mismo tiempo, estar atravesando un deterioro en su forma de convivencia. Ambas cosas pueden coexistir, aunque a algunos les incomode aceptarlo.

La democracia no se agota en el acto de votar, ni se protege únicamente contando votos. La democracia también se construye —o se erosiona— en la forma en que nos hablamos, en la tolerancia que mostramos hacia quien piensa distinto, en la capacidad de sostener una conversación sin necesidad de ridiculizar, descalificar o reinterpretar al otro para hacerlo encajar en una versión más fácil de atacar. Cuando esa capacidad se pierde, algo empieza a cambiar, no necesariamente en los resultados, sino en el ambiente que habitamos como sociedad.

Lo que más inquieta no es el desacuerdo. El desacuerdo es sano, necesario, incluso deseable en una democracia viva. Lo que inquieta es otra cosa: la tendencia creciente a no responder a lo que el otro dijo, sino a lo que resulta más conveniente decir que dijo. En ese momento, la conversación deja de ser un espacio de encuentro y se convierte en una estrategia. Se vuelve una postura, una especie de competencia por imponer una narrativa, donde lo importante ya no es entender, sino vencer.

Y cuando esa lógica se instala de forma repetida, no solo en un intercambio puntual, sino como una práctica extendida, el país empieza a cambiar de una manera que no siempre es evidente al inicio. Se vuelve más áspero, más reactivo, más dividido, y, sobre todo, menos dispuesto a escucharse a sí mismo. Tal vez por eso, más allá de cualquier resultado electoral, vale la pena volver a una pregunta más simple, más humana e incómoda: si realmente estamos conversando… o si simplemente estamos esperando nuestro turno para responder.

Porque la calidad de una democracia no se define únicamente por cómo vota su gente. También se define, y quizá con mayor profundidad, por cómo se habla.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio