Cuando la esperanza cambia de forma

Tengo que decir algo. Algo que no había dicho antes, al menos no de esta forma. Siempre hemos tenido fe. Siempre hemos tenido esperanza. Y no es un discurso vacío, es algo que has sostenido, que has repetido, que has intentado construir día a día, trabajando por una mejor Costa Rica, creyendo que las cosas pueden ordenarse, que pueden mejorar, que pueden encontrar su rumbo incluso cuando el contexto no acompaña. Y quiero ser claro en esto: esa fe y esa esperanza siguen ahí, no se han ido, no han desaparecido, no se han roto. Pero sí han cambiado de forma.

Porque lo que estás viendo ahora —no solo lo que se vio en los últimos cuatro años, sino lo que empieza a mostrarse con más claridad en las últimas semanas y días— no tiene la apariencia de algo pasajero. No se siente como una etapa que se va a corregir sola con el tiempo. Más bien, empieza a dibujarse como un patrón, como algo que podría continuar, que podría intensificarse, que podría instalarse como parte de una nueva normalidad. Y cuando empiezas a mirar eso sin maquillarlo, sin suavizarlo, aparece una sensación distinta, más madura, más silenciosa. No es miedo. No es derrota. Es reconocimiento.

El reconocimiento de que tal vez no tienes todas las herramientas. De que tal vez no estás completamente preparado para enfrentar, desde afuera, todo lo que está ocurriendo. De que hay fuerzas, dinámicas, decisiones y movimientos que escapan a tu control individual, por más intención, por más análisis, por más participación que pongas sobre la mesa. Y decir eso no es rendirse, no es bajar los brazos, no es abandonar lo que crees. Es ubicarse. Es entender desde dónde sí puedes actuar sin desgastarte intentando controlar lo que no te corresponde.

Porque hay algo que, a pesar de todo, se mantiene firme. Algo que no depende de quién gobierne, de qué se diga, de qué se decida, de qué se ataque o se defienda. Algo que no se puede arrebatar desde afuera aunque el entorno se vuelva cada vez más ruidoso o más incierto. Ese algo es el apaciguamiento, no como una idea bonita ni como un refugio débil, sino como una práctica real, como una herramienta concreta, como una forma de sostenerte cuando lo externo se vuelve inestable y te invita constantemente a reaccionar.

Tal vez no puedas controlar lo que está pasando allá afuera. Tal vez no puedas cambiar ciertas decisiones, ni ciertos discursos, ni ciertos comportamientos que se repiten una y otra vez. Pero sí puedes decidir cómo lo atraviesas, desde dónde lo miras, qué lugar interno eliges ocupar frente a eso que no depende de ti. Y eso no es poco. De hecho, probablemente es lo más importante cuando todo alrededor empieza a moverse.

Porque cuando todo se tensiona, cuando todo parece empujar hacia la reacción, hacia la confrontación, hacia el desgaste emocional constante, tener un punto interno que se mantenga en calma deja de ser un lujo o una opción bonita. Se vuelve necesario. Se vuelve una forma de cuidar lo único que realmente puedes sostener con claridad: tu manera de estar en medio de todo esto.

Así que sí, sigues teniendo fe. Sigues teniendo esperanza. Sigues trabajando por una mejor Costa Rica, porque eso no cambia de un día para otro. Pero también, hoy más que nunca, necesitas trabajar intensamente en algo más silencioso, más profundo, más personal. El apaciguamiento. No como escape, sino como base. No como resignación, sino como forma de sostenerte con coherencia en medio de lo que no controlas.

Porque tal vez, en medio de todo esto, eso es lo que permanece firme. Y desde ahí, sin ruido, sin prisa, sin perderte en la reacción… seguir.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio