
Conversaba con mi tía y, entre sus palabras, hubo una idea que se me quedó dando vueltas más de lo normal. Me hablaba de la importancia de cuidarse, pero no en el sentido superficial ni como una pausa momentánea que se toma para luego volver a lo mismo, sino como una decisión profunda: estar más pendiente de uno mismo que de lo que uno está haciendo, mantener el control interno antes que intentar controlar lo externo, preocuparse por cómo estás antes que por todo lo que tienes que hacer. Y eso, en medio de todo lo que ha venido pasando, hizo eco de una forma distinta, más silenciosa, más difícil de ignorar.
Porque hace un tiempo, antes de las elecciones, todo se sentía como una carrera contra el tiempo. Había una urgencia constante, una sensación de que había que llegar, que había que decir, que había que empujar. Cada día parecía pedir más, exigir más, acelerar más. Pero hoy, con un poco más de distancia, esa sensación cambia. Ya no es una carrera. Es simplemente lo que es. Y cuando logras ver eso con claridad, cuando dejas de empujar contra lo que ya está en movimiento, también cambia la forma en la que decides moverte dentro de ese escenario.
Y ahí fue donde algo se acomodó, no de golpe, sino como cuando algo encuentra su lugar después de haber estado desordenado por un tiempo. Pensé en Apacigua, en su raíz, en su intención original. No como un espacio de análisis constante, de datos, de reuniones, de entrevistas, de recopilación de información, sino como un espacio para algo mucho más simple, pero también mucho más profundo: ayudar a encontrar calma, ayudar a bajar el ritmo, ayudar a respirar en medio de tanto ruido que constantemente te invita a reaccionar.
Porque si soy honesto contigo, todo esto también cansa. Cansa sostener tantas conversaciones, cansa procesar tanta información, cansa estar pendiente de todo lo que pasa, de lo que viene, de lo que podría pasar. Y más aún cuando, en paralelo, hay una realidad que no siempre se ve desde afuera: la de sostener esto prácticamente solo, la de acompañar un movimiento que crece, que conecta con miles de personas, pero que también exige tiempo, energía y recursos que no siempre están disponibles en la misma medida en que se necesitan.
Y en ese punto también aparece algo que no siempre es cómodo de decir, pero que es necesario reconocer con honestidad: los límites. No se trata de rendirse, no se trata de abandonar, no se trata de dejar de creer en lo que se está construyendo. Se trata de entender que no todo se puede sostener al mismo ritmo, ni de la misma forma, ni con la misma intensidad. Que seguir, sí, pero distinto. Más consciente, más sostenible, más alineado con lo que realmente importa.
Por eso hoy, más que un anuncio, esto es una decisión interna. Una decisión que no necesita ruido, ni explicación extensa, pero que sí cambia la forma en la que todo se va a seguir moviendo. Bajar el ritmo no es detenerse, es elegir mejor desde dónde moverse. Volver a lo esencial no es retroceder, es recordar cuál era el punto de partida y por qué empezó todo esto en primer lugar.
Agradezco profundamente cada mensaje, cada muestra de cariño, cada persona que ha estado ahí acompañando, leyendo, sintiendo. Eso no pasa desapercibido, eso se siente, y también se valora más de lo que muchas veces logro expresar. Pero también hay algo que no se puede ignorar si lo que se quiere es sostener esto en el tiempo: para sostener lo que construyes hacia afuera, primero tienes que poder sostenerte tú.
Y ahí es donde todo vuelve a algo muy simple, pero muy real. Respirar. Bajar el ritmo. Volver a ese lugar donde todo empezó, no como un recuerdo, sino como una práctica. Porque tal vez, en medio de todo lo que estás construyendo, también necesitas recordar cómo se siente estar en paz… y darte permiso de quedarte ahí un poco más.