
Hay días en que uno siente que Costa Rica está cansada.
No lo dice, porque no habla con palabras, pero se le nota en el aire.
Está cansada de que la griten, de que la usen, de que la manipulen como si fuera una bandera vieja a la que se le puede cambiar el color según convenga.
Pienso en este país nuestro —pequeño, terco, milagrosamente pacífico— y me duele ver cómo se le falta el respeto. Cómo, poco a poco, lo están desangrando. No con balas, sino con burlas. No con dictaduras, sino con insolencias.
Costa Rica no se desangra por fuera: se desangra por dentro, en la pérdida del respeto, en el desprecio por las instituciones que nos han sostenido de pie durante más de un siglo.
Cada ataque, cada burla, cada gesto de arrogancia hacia la Constitución o hacia quienes la protegen, es una herida más en el cuerpo de la patria.
Y aún así, hay quienes aplauden.
Aplauden el irrespeto, aplauden la humillación, aplauden el ruido.
Aplauden al que levanta la voz, creyendo que eso es valentía.
Aplauden al que desafía las reglas, creyendo que eso es libertad.
Y no ven —o no quieren ver— que lo que se está rompiendo no es una ley ni una norma, sino el alma misma de la nación.
Yo entiendo que hay estrategias políticas. Entiendo que desde el desorden, a veces se busca el poder.
Pero lo que no entiendo, ni entenderé nunca, es cómo puede alguien mirar a Costa Rica a los ojos y seguir aplaudiendo mientras la hiere.
Cómo puede alguien ver el desgarramiento de nuestras instituciones y no sentir el deber de protegerlas.
Cómo puede alguien ver las gotas de sangre que la patria derrama y creer que es pintura, o que es parte del espectáculo.
A veces pienso que la patria es como una madre que ya no tiene fuerzas para gritar, pero sigue esperando que sus hijos recapaciten.
Que bajen la voz, que se reconozcan, que recuerden de dónde vienen.
Costa Rica no nos pertenece a nosotros: nosotros le pertenecemos a ella.
Y el día que lo olvidemos, la habremos perdido.