He recibido algunos comentarios de personas afines al chavismo —no troles, personas reales— que me dicen: “me gustaría ver su cara el 2 de febrero”, refiriéndose a un posible gane de Laura Fernández. No lo dicen como una opinión política, sino como una especie de satisfacción anticipada frente a la reacción del otro.
Y eso me dejó pensando.
No en el resultado electoral, sino en la forma de vivir la política. Porque hay una diferencia enorme entre querer que gane tu opción y querer que el otro sufra. Una cosa es defender una idea; otra muy distinta es desear la tristeza ajena como trofeo.
A mí, honestamente, no me alegraría ver la tristeza de nadie si pierde el candidato en el que cree. No me produciría placer ver a personas desilusionadas, enojadas o heridas emocionalmente por un resultado electoral. Al contrario. Me gustaría apaciguarlas. Me gustaría que Costa Rica vuelva a ser un país donde, gane quien gane, podamos sentarnos a conversar, a respirar, a reconstruir vínculos.
Tal vez ahí está una diferencia profunda. No política, sino humana.
Hay quienes viven la política como una pelea que se gana humillando al otro. Como un ring donde lo importante no es el país que queda después, sino la cara del derrotado. Esa forma de vivir no conduce a la felicidad. Conduce a una satisfacción breve, amarga y dependiente del dolor ajeno.
Yo prefiero otra cosa. Prefiero una Costa Rica donde la política no sea una excusa para despreciar, sino una oportunidad para pensar distinto sin rompernos. Donde el día después de las elecciones no sea una lista de venganzas emocionales, sino un inicio —difícil, sí— de convivencia democrática.
Tal vez esa sea la diferencia entre construir una vida con sentido y vivir atrapado en el resentimiento. Entre buscar la paz o buscar la burla. Entre querer un país habitable o simplemente querer “ganar”.
Apaciguar no es rendirse.
Apaciguar es negarse a odiar.
Y, pase lo que pase el 2 de febrero, eso no lo voy a negociar.
