Las segundas lecturas

Hay personas que uno lee una sola vez. Las conoce a través de un titular, de una fotografía, de un momento de la historia o de una frase desafortunada, y sin darse cuenta las guarda para siempre en un pequeño archivo mental. Después pasan los años, incluso las décadas, y cada vez que ese nombre vuelve a aparecer, el cerebro abre exactamente el mismo expediente. Ni una página más. Ni una página menos.
Es curioso. Nos gusta creer que las personas cambian. Lo repetimos constantemente. Les decimos a nuestros hijos que aprendan de sus errores. Admiramos a quienes logran levantarse después de una caída. Celebramos las historias de superación. Pero cuando llega el momento de aplicar esa misma lógica a alguien que conocemos por un error público, entonces ocurre algo extraño: le negamos el derecho a una segunda lectura; hacemos lo que nunca admitiríamos en voz alta: cerramos el libro. Decidimos que ya conocemos a esa persona para siempre. Como si los seres humanos fueran novelas de un solo capítulo.
Hace unas semanas me ocurrió algo inesperado. Estaba leyendo un artículo de Kevin Casas. Lo encontré por casualidad y decidí leerlo completo. No porque esperara encontrar algo extraordinario, sino porque hacía muchos años que no leía algo escrito por él.
Y mientras avanzaba entre los párrafos, me sucedía una sensación difícil de explicar. No estaba leyendo al hombre que recordaba. Había algo distinto en la manera de observar el país. Una preocupación por la polarización. Un tono menos combativo y más reflexivo. Una forma de escribir que ya no parecía querer convencer a nadie, sino comprender algo.
Cuando terminé el artículo, me descubrí pensando en una posibilidad que nunca me había permitido explorar. ¿Y si el Kevin Casas que yo tenía archivado ya no existía? No lo sabía. Y precisamente porque no lo sabía, escribí un artículo.
En él dije algo muy sencillo. Que me daba la impresión de que la vida lo había hecho madurar. Pero también dije algo igual de importante: que no tenía ninguna prueba. Porque yo no conocía a Kevin Casas. Y terminé el artículo con una invitación casi imposible. «Kevin… llamame”.
Lo escribí sin esperar absolutamente nada. Era una de esas frases que uno lanza al universo con la misma probabilidad de recibir respuesta que una botella lanzada al mar. Dos días después, el universo respondió desde Suecia.
Kevin me escribió. Lo primero que hizo fue agradecer. Lo segundo fue decir una frase que todavía sigo releyendo: «Me leyó bien”.
No sé por qué esa frase me produjo tanto efecto. Tal vez porque todos queremos ser comprendidos. Y tal vez porque comprender a alguien no significa absolverlo. Significa verlo completo.
Luego vino el resto del mensaje. No encontré un hombre justificándose. Tampoco encontré un político intentando reescribir la historia. Encontré algo mucho más difícil. Encontré a una persona conversando con quien ella misma fue veinte años atrás.
Me habló del Tratado de Libre Comercio. Me habló de la polarización. Me habló de cómo convirtió aquella discusión en una especie de guerra santa. Y después escribió una frase que merece quedarse mucho tiempo dando vueltas en la cabeza de cualquiera que haya participado alguna vez en una pelea política: «Ahora lo lamento”.
No dijo que el pasado no existiera. No dijo que otros tenían la culpa. No intentó borrar nada. Simplemente aceptó que había aprendido. Y eso me hizo pensar en algo.
Hay personas que creen que pedir perdón consiste únicamente en pronunciar dos palabras. Yo nunca lo he creído. Lamentar algo no transforma el pasado. Lo único que puede hacerlo es la manera en que vivimos después de haberlo lamentado.
Por eso, cuando le respondí, le escribí algo que también salió sin pensarlo demasiado. Le dije: “Yo no soy un verdugo; soy la tarjeta del Monopoly para salir de la cárcel”.
Porque la justicia necesita memoria. Pero la humanidad también necesita puertas.
No sé qué hará Kevin Casas en el futuro. No sé si volverá a la política. No sé si algún día aspirará a un cargo público. No sé siquiera cuándo nos tomaremos ese café que quedó pendiente. Y, curiosamente, hoy eso me parece secundario.
Lo importante ocurrió antes. Lo importante fue descubrir que, detrás del personaje que todos creíamos conocer, existía un ser humano dispuesto a revisar su propia historia. Eso no borra el pasado. Pero sí cambia la conversación.
Hace años escribí que quería conocer a Kevin Casas. Hoy sigo queriendo conocerlo. No para preguntarle por el memorándum que todos conocen. Sino para preguntarle cómo hizo un hombre para sentarse, veinte años después, frente a la versión más impulsiva de sí mismo y tener el valor de decirle: «Estabas convencido. Pero no tenías toda la razón”.
Porque quizá la verdadera madurez no consista en no equivocarse. Quizá consista en dejar de enamorarse de las propias certezas. Y si algún día Costa Rica aprendiera eso como país, tal vez descubriríamos que las personas, igual que los libros, merecen una segunda lectura. Y esa segunda lectura quiero dársela a Kevin Casas. Porque quizá el problema no es que las personas no cambien; quizá el problema es que nosotros seguimos mirándolas con los ojos que teníamos hace veinte años. Las personas avanzan, tropiezan, aprenden, envejecen… y nosotros seguimos sosteniendo una fotografía vieja, convencidos de que sigue siendo un espejo.
Mientras escribo estas líneas, todavía no lo conozco. No hemos compartido un café, no hemos estrechado la mano, no hemos conversado frente a frente. Todo lo que tengo son unas páginas escritas, un mensaje llegado desde Suecia y la intuición —esa que a veces se equivoca, pero que también a veces acierta— de que detrás del personaje público existe un ser humano al que vale la pena escuchar.
No sé qué pensaré de Kevin cuando finalmente lo conozca. Tal vez confirme todo lo que hoy intuyo. Tal vez descubra cosas que aún ignoro. Pero hay algo que ya cambió para mí: dejé de ver únicamente al hombre que fue y comencé a interesarme por el hombre que parece ser hoy.
Y si en este artículo logré transmitir lo que realmente sentí al leer sus palabras, sospecho que muchos de ustedes experimentarán la misma curiosidad que hoy me acompaña. No para conocer al Kevin Casas del memorándum. Sino para conocer al Kevin Casas que veinte años después tuvo el valor de sentarse frente a su propia historia, mirarla sin evasivas y reconocer que también había cosas que aprender.
Porque todos admiramos a quien nunca cae. Pero quizá deberíamos admirar todavía más a quien, después de caer, encuentra el coraje para levantarse siendo una mejor persona.
Y esa… esa siempre será la historia que más vale la pena leer.
No escribo este artículo para que alguien cambie su opinión sobre una persona que formó parte de su pasado. Lo escribo para hacer una invitación mucho más amplia: que, antes de condenar a alguien para siempre, nos demos la oportunidad de preguntarnos si estamos viendo quién es hoy, o si seguimos mirando una fotografía tomada hace veinte años. El pasado no cambia. Las personas, a veces sí.