
Esta mañana, mientras esperaba ser atendido para un procedimiento médico, me senté cerca de un señor que empezó a hablar de temas nacionales. Poco a poco, la conversación fue entrando en política, como suele pasar cuando hay tiempo y espacio para conversar. Yo decidí mantenerme en mi línea, desde la neutralidad, pero también desde una visión democrática y transparente. Él empezó a opinar de los candidatos, y rápidamente pude darme cuenta de que había votado por el oficialismo. No era algo que me incomodara. Seguimos hablando. Comentó de varios candidatos con tono crítico, de todos, excepto de doña Laura. Notoriamente tenía una inclinación clara. Y en ese momento le dije algo simple: que todos los candidatos tienen fortalezas y debilidades, que algunos perdieron, sí, pero que en muchos casos no es solo que alguien pierde, sino que alguien gana. Le expliqué que, desde mi punto de vista, don Álvaro Ramos no perdió las elecciones, sino que doña Laura las ganó. No era su momento, tal vez. Ella conectó más, movió más gente.
En ese punto, el señor soltó una frase que cambió el tono de la conversación. Dijo: “de ese tontico ni me hable”. Y ahí algo dentro de mí reaccionó. Lo interrumpí, con firmeza, pero sin perder el respeto. Le pedí que me dejara decir algo. Él intentó restarle importancia, diciendo que era una expresión sin mayor fondo. Pero no. Le insistí. Le dije que yo no estaba hablando desde una preferencia política, que nadie sabía por quién había votado, que mi posición es defender lo que considero justo. Que así como he defendido a distintas figuras públicas, también podía hacerlo en ese momento. Y entonces le dije algo que no era para confrontarlo, sino para poner un punto sobre la mesa: que referirse así a una persona con una formación y un recorrido académico tan amplio no era justo. Que hay niveles de preparación, de esfuerzo, de historia personal, que merecen al menos respeto en la forma en que hablamos. No era el momento político para esa persona, pero eso no le quitaba lo que es.
La conversación continuó. Cambiamos de tema por un momento, pero luego regresamos a lo político. Yo fui dejando comentarios, algunos señalando aspectos que, desde mi punto de vista, no eran responsabilidad directa del presidente actual. En ningún momento él logró ubicarme políticamente. Me preguntó a qué me dedicaba, le hablé del movimiento, pero nunca le dije por quién voté ni cuál era mi posición ideológica. Y eso, curiosamente, parecía incomodarlo más que una postura clara. Porque cuando uno no encaja en un bando, se vuelve más difícil de leer.
En algún momento le dije que esperaba que doña Laura hiciera un buen gobierno. Él coincidió. Y ahí apareció un punto interesante: más allá de las diferencias, había una esperanza compartida. Pero luego la conversación dio un giro más profundo. Le mencioné que, en el escenario actual, al oficialismo le bastaría convencer a siete diputados para alcanzar ciertos niveles de decisión importantes. Él me respondió que eso era muy fácil. Y entonces le planteé una posibilidad. Le dije: imagínese que esos siete votos se consiguen, se impulsa una constituyente, se modifica la Constitución, y con ese cambio se habilita el regreso del presidente en 2030, con condiciones que le permitan quedarse más allá. En ese momento, el señor se quedó en silencio. Abrió los ojos y dijo: “caramba”.
Y le respondí: exacto, caramba.
Porque a veces lo que falta no es información, sino perspectiva. No es mala intención, es falta de dimensión. Ese momento no fue para ganar una discusión. Fue para mostrar un escenario. Para ampliar la mirada. Para que, por un instante, dejara de hablar desde la simpatía y empezara a observar desde las posibles consecuencias.
Después de eso, el silencio fue distinto. Más consciente. Más presente. Y ahí es donde nace la reflexión.
No todo el mundo habla desde el conocimiento completo de lo que apoya. Muchas veces hablamos desde la emoción, desde la afinidad, desde lo que sentimos correcto en ese momento. Y eso es humano. Pero también es peligroso cuando no nos damos el espacio de cuestionar, de profundizar, de ver más allá de lo inmediato.
Porque no se trata de tener razón. Se trata de entender el impacto. Y quizá, en medio de una conversación cualquiera, en una sala de espera, la vida nos pone frente a alguien no para convencerlo… sino para que ambos podamos ver un poco más claro.
Tal vez eso también es ciudadanía. Y tal vez, cuando logramos detenernos un momento, bajar el impulso y mirar con más amplitud, algo dentro de nosotros también se ordena.
Y desde ahí… la conversación ya no pesa igual.