
Hay algo que he venido observando desde el traspaso de poderes y que, honestamente, me parece profundamente revelador. Muchísimas personas que votaron por otros partidos políticos no fueron al Estadio Nacional. Y no fueron porque, aunque reconocen el resultado democrático y la legitimidad constitucional de Laura Fernández, eso no significa que tengan que celebrar emocionalmente algo con lo que no conectan ideológicamente. Hay una diferencia enorme entre respetar una democracia y sentirse representado por quien gana. Eso es completamente normal en cualquier sistema democrático sano.
Pero lo que más me llamó la atención no fue solamente quiénes no fueron, sino algo mucho más curioso: la sensación de que la celebración nunca terminó de explotar emocionalmente, como normalmente ocurre cuando una corriente política realmente siente que conquistó algo histórico. El estadio no reflejaba precisamente una euforia colectiva arrolladora. Y aun así, desde el día siguiente, las redes sociales parecían seguir funcionando como si la campaña continuara activa. Provocaciones, burlas, discusiones constantes, intentos de ridiculizar cualquier crítica y una necesidad casi permanente de confrontación emocional.
Y ahí es donde aparece una pregunta incómoda.
¿Qué pasa cuando una victoria no trae tranquilidad?
Porque normalmente, cuando una persona toma una decisión desde una convicción profunda, desde una reflexión propia o desde una línea ideológica clara, suele aparecer cierta serenidad interior. Puede haber pasión, por supuesto. Puede existir defensa de ideas y entusiasmo político. Pero también suele existir estabilidad emocional frente al resultado. La persona entiende por qué votó así y no necesita pasar todos los días buscando validación emocional en desconocidos para sostener su decisión.
En cambio, cuando el voto nace más desde una corriente emocional colectiva, desde el arrastre de una narrativa poderosa o desde una sensación de pertenencia masiva, muchas veces aparece otra cosa: la necesidad constante de reafirmación. Como si el entusiasmo necesitara seguir alimentándose incluso después de terminada la elección. Como si el ruido fuera necesario para sostener la sensación de haber tomado la decisión correcta.
Y esto no es exclusivo de Costa Rica ni de un solo partido político. El populismo emocional funciona muchas veces así. No necesariamente construye ciudadanos profundamente convencidos desde una estructura ideológica sólida, sino personas movilizadas por una narrativa emocional intensa. Personas que sienten que forman parte de una ola, de una rebelión, de un momento histórico que los arrastra colectivamente hacia una dirección emocional determinada.
Pero después llega la realidad cotidiana.
Y cuando baja la adrenalina de campaña, aparece algo más difícil de sostener: la vida normal. Gobernar. Esperar resultados. Enfrentar contradicciones. Descubrir que ningún líder resuelve mágicamente los problemas del país. Y es justamente ahí donde algunas personas parecen sentir la necesidad de seguir peleando batallas digitales que ya no cambian absolutamente nada.
Por eso veo a tantos oficialistas todavía atrapados emocionalmente en una campaña que terminó hace meses. No parecen estar viviendo la tranquilidad de quien siente que ganó democráticamente y ahora espera resultados. Parecen seguir militando emocionalmente todos los días, como si cada comentario distinto amenazara la legitimidad de su propia decisión.
Y hay algo todavía más interesante.
Muchas personas que votaron por otros partidos pueden sentirse frustradas, preocupadas o tristes por el rumbo del país, pero no sienten la necesidad diaria de convencer desconocidos en redes sociales de que su voto fue correcto. Porque una convicción profunda normalmente descansa. Una victoria emocionalmente sólida normalmente trae calma, no necesidad permanente de confrontación.
Tal vez por eso el fenómeno resulta tan llamativo.
Porque no es lo mismo votar después de analizar, reflexionar y llegar a una conclusión propia, que dejarse envolver completamente por una corriente emocional colectiva. No es lo mismo estar convencido que sentirse arrastrado por una sensación de entusiasmo compartido. Y quizás por eso algunas personas hoy parecen tan desesperadas por ganar discusiones que ya ni siquiera modifican la realidad política del país.
Porque tal vez no están intentando convencer al otro.
Tal vez siguen intentando convencerse a sí mismos.