Un país que merecía lucirse mejor

Mucho hemos hablado de que el 8 de mayo del 2026 en Costa Rica fue, para muchas personas, un evento triste en términos de gobernabilidad, institucionalidad y simbolismo democrático. Sin embargo, también es cierto que seguía siendo, una vez más y como cada cuatro años, una celebración de la democracia. Nos guste o no el resultado electoral, un nuevo gobierno llegó al poder mediante las urnas, sin balas, sin armas, sin golpes de Estado y sin incidentes que pusieran en riesgo la estabilidad nacional. Y eso, en América Latina, sigue teniendo valor. Así funciona la democracia: hay quienes celebran porque ganaron y hay quienes sienten tristeza porque perdieron, pero el país continúa avanzando dentro de la institucionalidad.

Pero al llegar el 9 de mayo, después de apagadas las luces, terminados los discursos y bajada la emoción del momento, empieza también el análisis más frío. Y ahí es donde muchos sentimos que el país perdió una oportunidad importante de lucirse ante el mundo. Porque no se trataba únicamente de una ceremonia local. Fueron invitadas 89 delegaciones internacionales de 71 países y 18 organismos, incluyendo figuras de altísimo nivel diplomático y político como el rey Felipe VI de España y los mandatarios de Panamá, Chile, Guatemala, Honduras y República Dominicana. También estuvo presente Israel, en medio de uno de los conflictos internacionales más delicados y cuestionados del momento. Vinieron representantes internacionales importantes, no necesariamente por el poder de convocatoria del presidente saliente —quien, creo yo, no goza de una imagen especialmente sólida en muchos espacios internacionales— ni tampoco por una presidenta que apenas inicia y que todavía deberá construir su prestigio fuera de nuestras fronteras. Vinieron por Costa Rica. Por nuestra tradición democrática. Por la imagen histórica que este pequeño país ha construido durante décadas gracias a la institucionalidad, la estabilidad y el trabajo acumulado de muchas administraciones anteriores. Eso no fue un logro del Ejecutivo saliente ni del entrante. Fue un logro histórico de la nación y, particularmente, de quienes ocuparon la silla presidencial antes que ellos.

Y justamente por eso la ausencia de los expresidentes se sintió y fue notado, probablemente, por las delegaciones invitadas. Un elemento profundamente simbólico que terminó pesando sobre toda la ceremonia: la ausencia de los ocho expresidentes democráticos y constitucionales vivos de Costa Rica. En un país con una tradición republicana e institucional tan fuerte como la nuestra, esa imagen inevitablemente enviaba un mensaje contundente hacia el exterior. Porque no se trataba de una o dos ausencias aisladas. Eran muchas figuras que, independientemente de sus diferencias ideológicas o de sus errores y aciertos históricos, decidieron no formar parte de uno de los actos más importantes de la vida democrática costarricense. Y eso, frente a decenas de delegaciones internacionales, inevitablemente proyecta preguntas, tensiones y lecturas políticas que trascienden nuestras fronteras.

A eso se sumaba una escena internacional particularmente compleja. Compartían espacio figuras diplomáticas y políticas provenientes de contextos profundamente distintos y, en algunos casos, tensionados entre sí. Honestamente, no puedo evitar preguntarme cómo se sentiría Su Majestad el Rey Felipe VI de España compartiendo escenario con un mandatario tan cuestionado internacionalmente como el presidente de Israel, especialmente considerando las posiciones críticas que ha mantenido parte importante del gobierno español respecto al conflicto actual, que llaman genocidio y condenan tajantemente. Son detalles diplomáticos que tal vez pasan desapercibidos para mucha gente, pero que en este tipo de actos sí forman parte del lenguaje silencioso de la política internacional.

Y justamente por eso duele más cuando el resultado no estuvo a la altura de esa tradición. Porque Costa Rica sí sabe hacer este tipo de eventos. Ya lo ha demostrado antes. Basta recordar la histórica Cumbre de Presidentes impulsada por don Óscar Arias en 1989, que ni siquiera era un traspaso de poderes y aun así logró reunir a figuras internacionales de enorme peso político e histórico: George H. W. Bush de Estados Unidos, Carlos Menem de Argentina, Rodrigo Borja Cevallos de Ecuador, Virgilio Barco Vargas de Colombia, Julio María Sanguinetti de Uruguay, José Napoleón Duarte de El Salvador, Vinicio Cerezo de Guatemala, Daniel Ortega de Nicaragua, José Azcona del Hoyo de Honduras, Andrés Rodríguez de Paraguay y Alan García de Perú. También participaron Patricio Aylwin, entonces presidente electo de Chile, Brian Mulroney de Canadá y George Cadle Price de Belice. Aquello sí fue una demostración de convocatoria internacional, producto del enorme prestigio diplomático que Costa Rica y don Óscar Arias proyectaban en aquel momento. Un prestigio construido desde la paz, desde la diplomacia y desde una visión país que trascendía lo local y que, pese a ataques, accidentes o insistencias políticas, nunca ha podido ser verdaderamente manchado.

Este año, en cambio, la sensación fue distinta. El país no logró lucirse. Y fueron demasiados los detalles que terminaron empañando una ceremonia que debió transmitir orden, solemnidad y altura republicana. Desde incidentes incómodos como el joven que intentó acercarse a la presidenta durante su discurso, hasta el vacío visible en buena parte del estadio, que inevitablemente proyecta imágenes y narrativas hacia el exterior. Porque un estadio semivacío también comunica. Y comunica, posiblemente, que muchos de quienes votaron lo hicieron más desde emociones momentáneas, rechazo o cansancio político, que desde una verdadera identificación ideológica o un compromiso profundo con un proyecto país.

A eso se sumó el lamentable incidente en el Paseo Colón, los gritos, en redes sociales, pidiendo a doña Laura separarse políticamente de Rodrigo Chaves, los problemas de transmisión en algunas plataformas y la pobre solemnidad general del acto. También hubo errores simbólicos importantes, como el manejo de la banda presidencial, permitiendo que la señora Fernández apareciera utilizando una banda cuya bandera no correspondía correctamente a la de Costa Rica. Un detalle que parece pequeño, pero que en actos de Estado no lo es. Porque los símbolos importan. Y si alguien debía asegurarse de que la nueva presidenta luciera impecable en su primer día como jefa de Estado, eran precisamente quienes estaban encargados de cuidar cada detalle.

Luego vinieron otros momentos difíciles de justificar. El episodio relacionado con el decreto firmado sobre un tema donde aparentemente no existía competencia directa del Ejecutivo y que, además, ya funcionaba como el decreto pretendía ordenar. También quedó una sensación incómoda con el desempeño de la presidenta de la Asamblea Legislativa, cuya dicción y manejo del acto, a mi parecer, estuvieron lejos del nivel que requería una ceremonia de esta magnitud. A eso se sumó el comportamiento del nuevo ministro de Justicia y Paz, que por momentos proyectó más la energía de un niño malcriado que la de un alto jerarca de Estado, así como la polémica innecesaria relacionada con el INAMU y otras discusiones que terminaron desviando la atención de lo verdaderamente importante.

Y sí, aunque suene casi jocoso dentro de un análisis político, también creo que alguien debería ayudar mejor a doña Laura con su imagen pública. Porque la ropa comunica. El lenguaje corporal comunica. La presencia comunica. Y el traje blanco utilizado en el estadio proyectaba mucha más autoridad presidencial que varios de los atuendos utilizados en los días previos y posteriores al evento. Costa Rica eligió a una mujer para ejercer la máxima autoridad de la República, y esa imagen también debería proyectar firmeza, liderazgo y seguridad.

Ciertamente no responsabilizo directamente a la señora presidenta por todo este desastre. Primero porque no tengo el derecho de hacerlo. Y segundo porque creo que muchas de estas situaciones responden más a improvisación, falta de experiencia y malos equipos de asesoría. Lo digo con preocupación, sin maldad. Porque gobernar un país requiere rodearse de personas con experiencia, criterio, preparación y madurez política. Personas capaces de anticipar errores antes de que se conviertan en bochornos públicos, con repercusiones internacionales. Y honestamente, creo que doña Laura todavía está a tiempo de tomar decisiones importantes respecto a quiénes la rodean. Incluso alejándose políticamente de figuras o asesores que podrían terminar causándole más daño que ayuda.

Deseo sinceramente que el desastre organizativo de este 8 de mayo no termine convirtiéndose en un presagio de los próximos cuatro años. Prefiero pensar que fue un mal arranque, producto de nervios, improvisación y falta de experiencia. Porque más allá de simpatías políticas, Costa Rica necesita que este gobierno funcione. Necesita estabilidad. Necesita seriedad. Necesita institucionalidad. Y necesita que quienes hoy tienen el poder entiendan que ya no están en campaña, sino conduciendo un país entero.

El lunes empezará realmente el trabajo.

Y ahí será donde comenzaremos a descubrir quiénes estaban preparados para gobernar… y quiénes solamente estaban preparados para ganar.

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