Cuando las palabras construyen mitos

Hay discursos que no solo informan, sino que moldean emociones, elevan figuras y, en algunos casos, intentan instalar verdades antes de que la realidad tenga tiempo de confirmarlas. El reciente mensaje del presidente Rodrigo Chaves sobre la presidenta Laura Fernández es uno de esos casos. No por su contenido político explícito, sino por la forma en que está construido: cargado de simbolismo, de espiritualidad, de historia… y de una intención clara de dejar una narrativa sembrada.

“Yo me voy en paz. Le doy gracias a Dios que nos iluminó a ustedes a elegir a quien yo sigo repitiendo y repitiendo, será la mejor presidente de la historia de Costa Rica después de Juanito Mora. Perdón que la ponga de segunda, señora. Y la razón, doña Laura, es que yo no quisiera que tuvieran que probar el material de que usted está hecha con violencia. Yo sé que usted fue la escogencia de un pueblo iluminado por Dios. Eso me hace irme en paz, tranquilo, orgulloso. Yo me voy.”

Cuando uno escucha esto por primera vez, puede sentirse incluso conmovido. Hay algo profundamente humano en alguien que dice que se va en paz, que agradece a Dios, que expresa esperanza en quien continúa. Pero cuando uno baja el ritmo, respira, y vuelve a leerlo con calma… aparecen otras capas.

El discurso no solo agradece. Legitima. No solo apoya. Consagra.

Cuando el presidente introduce a Dios como quien “iluminó al pueblo” para elegir, está colocando esa decisión en un plano superior, casi incuestionable. No es solo una elección democrática, es una elección divina. Y eso, aunque suene noble, reduce el espacio para el análisis crítico, porque ¿quién se atreve a cuestionar algo que se presenta como voluntad de Dios?

Luego viene la comparación. No cualquier comparación, sino una con Juan Rafael Mora Porras, conocido popularmente como Juanito Mora. Y aquí es donde el discurso deja de ser emocional para convertirse en estructuralmente potente. Mora no es una figura cualquiera en la historia costarricense. Es símbolo de defensa nacional, de liderazgo en crisis, de una guerra que definió identidad. Es una figura que no solo se recuerda: se siente.

Pero ahí mismo nace la pregunta incómoda, la que no siempre se formula en voz alta: ¿es válida esa comparación?

Porque comparar a alguien que apenas inicia su mandato con alguien que lideró la Campaña Nacional de 1856-1857 es, en el mejor de los casos, una anticipación optimista… y en el peor, una construcción narrativa que busca instalar grandeza antes de que exista evidencia.

Y no, Laura Fernández no se parece a Juanito Mora. No porque sea mejor o peor. Sino porque las circunstancias que los rodean son radicalmente distintas. Mora fue probado en un contexto de guerra, de amenaza externa concreta, de decisiones que implicaban vida o muerte para un país entero. Su liderazgo se construyó en la acción, en el conflicto, en la historia viva. Laura Fernández, en cambio, inicia su camino en un contexto democrático, institucional, complejo, sí… pero completamente distinto.

Decir que alguien será la mejor presidenta después de Mora no es una descripción. Es una declaración de fe.

Y ahí es donde el discurso se vuelve interesante… y delicado.

Porque también introduce una idea sutil pero poderosa: “no quisiera que tuvieran que probar el material con violencia”. Es una frase que sugiere fortaleza, pero también deja entrever una amenaza implícita, como si el país estuviera al borde de necesitar esa dureza. Sin decirlo directamente, instala una narrativa de riesgo futuro que justifica la figura fuerte en el presente.

Finalmente, el cierre: “yo me voy en paz”. Esa frase no solo habla de tranquilidad personal. Es una forma de transferir confianza. De decir: cumplí, entrego esto en buenas manos, y me retiro con la certeza de que lo que viene será correcto.

Pero un país no se construye con certezas heredadas. Se construye con vigilancia, con criterio, con responsabilidad compartida.

Laura Fernández no necesita ser la próxima Juanito Mora. No necesita ser elevada a ese nivel para gobernar bien. De hecho, cargarla con ese peso simbólico puede ser más una carga que un honor. Porque cuando se construyen figuras tan altas desde el inicio, el margen para ser humana, para equivocarse, para aprender… se reduce peligrosamente.

Tal vez la pregunta no es si ella será la mejor después de Mora.

Tal vez la pregunta es si nosotros, como ciudadanos, seremos lo suficientemente conscientes para no necesitar héroes antes de tiempo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio