
Estamos prontos a cambiar a los diputados de la Asamblea Legislativa, aquellos que elegimos democráticamente hace cuatro años, por otros que, de una forma similar, hemos elegido para que nos representen en el siguiente período. Es un momento que, más allá del movimiento político, tiene algo profundamente humano: el cierre de un ciclo. Un espacio donde termina una etapa y comienza otra, donde las decisiones, los aciertos, los errores y las intenciones quedan atrás como parte de un proceso que, nos guste o no, define el rumbo del país.
Desde Apacigua tu ser interior, surge un agradecimiento sincero. No como un gesto automático, ni como una formalidad, sino como una forma de reconocer que detrás de cada curul hubo una persona, un equipo, asesores, decisiones diarias y una responsabilidad que no siempre es sencilla de sostener. A los 57 diputados y a quienes los acompañaron en este período, gracias por el trabajo realizado. Porque más allá de las diferencias, de las posturas y de las lecturas que cada uno pueda tener, hay un valor en haber estado ahí, en haber asumido un rol que implica exposición, presión y toma constante de decisiones.
Y dentro de ese grupo, hay también un reconocimiento más profundo para quienes hicieron su trabajo a conciencia, desde sus valores, o desde aquello que podríamos llamar valores universales. Para quienes, en medio de la dinámica política, buscaron aportar, construir, mejorar. Porque no todo se mide en leyes aprobadas o en discursos pronunciados; también se mide en la intención, en la forma, en la coherencia con la que se ejerce el poder.
Al final, hay una evaluación que no depende de titulares ni de encuestas.
Es una evaluación interna.
Cada uno, cada diputado, sabrá —en un espacio que no necesita público— si este paso por la Asamblea lo hizo crecer, si lo hizo mejor persona, si salió con más claridad o con más dudas, si su paso por ahí lo enalteció o simplemente lo transformó. Y esa evaluación, aunque no se vea, es probablemente la más importante de todas.
Porque los cargos pasan. Las decisiones quedan. Pero lo que cada persona hace con esa experiencia… eso sí permanece. Tal vez por eso, más allá del cambio de nombres, de rostros y de discursos, este momento también puede verse como una oportunidad para algo más silencioso: observar, aprender y, desde ese lugar, elegir con más conciencia cómo queremos participar como ciudadanos.
Respirá un momento. Cerrá este ciclo con calma. Y preparate, desde adentro, para el que viene.