
Normalmente intento mantenerme al margen de lo político como terreno principal, no porque no importe, sino porque muchas veces termina desviándonos de lo esencial: lo humano. Pero hay momentos en los que lo que ocurre en ese escenario no se puede observar únicamente como dinámica de poder, sino como un reflejo directo de nuestros valores. Y este es uno de esos momentos.
Hay un diputado en ejercicio señalado por un caso de acoso sexual. Se conformó una comisión, se investigó, se construyó un informe. La Asamblea Legislativa debía votar si procedía o no una sanción. Hasta ahí, el proceso parecía seguir un cauce institucional. Pero lo que realmente estaba en juego no era solo un procedimiento, sino algo mucho más profundo: la decisión individual de cada diputado frente a un tema que, antes que político, es moral.
Porque aquí no se trata de una reforma, de una ley o de una estrategia de gobierno. Se trata de una conducta. De límites. De dignidad. De la capacidad de cada persona que ocupa una curul de preguntarse, con honestidad, qué es lo correcto a la luz de lo que se ha presentado. Este tipo de votaciones no deberían resolverse en bloques, ni en reuniones previas donde se define una línea común. Deberían resolverse en conciencia.
Y, sin embargo, volvimos a ver lo de siempre.
Antes de la votación, reuniones. Alineamientos. Acuerdos. Decisiones tomadas fuera del espacio donde debían tomarse. Lo que podía haber sido un ejercicio individual de criterio se convirtió, otra vez, en una estrategia colectiva. Y entonces lo moral empezó a diluirse dentro de lo político. Lo que debía ser una decisión íntima, casi silenciosa, terminó siendo una pieza más dentro de un tablero de conveniencias.
Pero lo que ocurrió después es todavía más difícil de ignorar.
Al día siguiente de esa primera votación, se hizo un nuevo llamado. Y no hubo quorum. No se pudo votar. Se volvió a convocar… y nuevamente no hubo quorum. En la última sesión de esta Asamblea Legislativa, un grupo importante de diputados decidió no presentarse. No por imposibilidad. No por accidente. Decidieron no llegar.
Y con esa ausencia, eligieron algo.
Eligieron no votar. Eligieron no asumir una posición. Eligieron no hacerse responsables frente a un tema que exigía, precisamente, presencia y criterio. Cerraron el periodo legislativo de la forma más incómoda posible: no con una decisión, sino con una evasión.
Porque cuando alguien decide no presentarse para evitar votar, también está votando. Está votando por la omisión. Está votando por la conveniencia. Está votando por proteger, directa o indirectamente, una situación que debía enfrentarse con claridad.
Y eso deja un sabor difícil de ignorar.
No se trata solo del caso en sí. Se trata del mensaje. De lo que se comunica cuando, frente a una situación de acoso sexual, la respuesta no es la deliberación ni la toma de posición, sino la ausencia estratégica. Eso erosiona la confianza. Debilita la institucionalidad. Y, sobre todo, genera una sensación incómoda de que hay comportamientos que pueden ser rodeados, diluidos o protegidos por dinámicas políticas.
Entiendo que la política funciona con alianzas, con negociaciones, con equilibrios. Pero hay temas que deberían quedar fuera de esa lógica. Hay momentos donde el cálculo no puede sustituir la conciencia. Donde el silencio no puede ser una opción válida. Donde no estar presente también es una forma de actuar.
Porque al final, no presentarse fue una decisión.
Y esa decisión habla.
Habla de prioridades. Habla de límites. Habla de hasta dónde algunos están dispuestos a llegar —o a no llegar— cuando el costo de decidir puede incomodar.
Tal vez lo único que nos queda, como ciudadanos, es observar eso. No solo lo que se dijo, sino lo que no se hizo. No solo quién habló, sino quién decidió no estar. Y desde ahí, volver a algo más simple, más silencioso, más nuestro… preguntarnos qué haríamos nosotros si estuviéramos en ese lugar, y qué valores no estaríamos dispuestos a negociar, incluso cuando todo alrededor empuje en otra dirección.
Y en medio de todo ese ruido, hacer una pausa. Respirar. Recordar que, aun cuando los escenarios externos se llenan de estrategia y evasión, tú siempre podés elegir desde dónde te posicionás. Porque hay algo que no depende de acuerdos, ni de bloques, ni de ausencias: la forma en que tú decidís sostener tus propios valores, incluso cuando nadie está mirando.